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José Antonio Vergara Parra
José Antonio Vergara Parra
Licenciado en Derecho por la Facultad de Murcia. He recibido específica y variada formación relacionada con los trabajos que he desarrollado a lo largo de los años.
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análisis

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Sé de un cura de nombre Antonio y apellido capitalino, Murcia, que, a medida que avanzan las calendas, mejor me cae. La diplomacia o la lisonja no le adornan pero va al meollo de la cuestión. Sus reflexiones, escuetas aunque sesudas, son medulares. Sí. Troncales, también molestas pues la verdad no es fácil de oír. Nunca lo ha sido y no atisbo razones para que deje de serlo.

En los que a las redes sociales atañe, ejercita lo que él llama feisbukerías. Podríamos definirlas como reflexiones telegráficas que no acostumbran a dar puntá sin hilo y que, a la postre, buscan la remoción de zonas de confort decididamente fraudulentas y/o la provocación de un debate valioso. Rezuma un ápice de altivez intelectual que estimo como una falta muy menor, pues sus conocimientos y formación son tan vastos que no pueden ni deben contenerse en las profundidades. Lo que más admiro en él es su coraje pues, por defender aquello en lo que cree, satisface facturas mundanas que, aunque cotizan en el mercado secundario, por inmerecidas serán finalmente condonadas. Tras este sucinto panegírico, he aquí su última feisbukería:

El cristiano tiene la obligación de «meterse en política» siguiendo la directriz  meridianamente formulada por su maestro en Mateo 20,26.

Me fui a donde Mateo 20,26 y hallé esto:

Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo; como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.

Y en esto que las musas andaban despistadas y dióme Don Antonio pie para este artículo. Ambos tenemos una edad, la suficiente como para comprender las infinitas limitaciones del hombre.  Compartimos al mismo tiempo, o así lo creo, una mezcla de rebeldía y esperanza. Jesús de Nazaret fue un revolucionario de su tiempo y de todo tiempo aunque, a diferencia de James Dean, lo fue con causa. Su maravillosa rebeldía fue oral, también obrera, en tanto que su verbo y obras supusieron un torpedo en la línea de flotación de una sociedad invidente, soberbia y farisea. Nada aprendieron entonces y nada aprendimos antes de ayer pues las circunstancias de aquel tiempo son, en síntesis, las de hoy. El pronunciamiento del Nazareno no quedó reducido a la mera censura sino que nos ofreció el camino a seguir y la meta a alcanzar. Frente a otras tantas revoluciones del hombre que, aunque insoslayables, se marchitaron como un lirio de día, Jesús nos ofrece la VIDA en vida y la VIDA para después.

La pregunta que habremos de responder es si Jesús demanda soldados. Nada tengo contra la fe contemplativa e intramuros y no seré yo quien desdeñe o ignore el inmenso poder de la oración, aún cuando otros lo hagan por y para nosotros. Reconozco, de igual modo, la necesidad de que seamos espejo en nuestras más cercanas e inmediatas dehesas familiares, laborales o vecinales. Pero, aún cuando nuestra meta más postrera y definitiva sea otra, no parece muy razonable inclinar el mentón con humillante insistencia, o permanecer impasibles ante tan manifiestos abusos y maldades; cercanas unas; lejanas, y no por ello menos dolorosas, otras. En cierto modo, el mal es la inacción del bien que, tibio y tembloroso, aguanta los zarpazos en piel propia y ajena. Llámenlo como quieran; teología de la liberación o liberación teológica pues si todo mal es ajeno a la voluntad de Jesús, la legítima defensa colectiva tampoco debería molestarle en exceso. No hablo desde sesudos conocimientos teológicos (de los que carezco) pero sí desde intuiciones muy enraizadas. Al fin y al cabo, henchida anda la teología de interpretaciones disonantes con la palabra que nos ha llegado. En el supuesto, claro está, de que los archivos no silencien más de lo que conocemos. Mi teología no es a la carta ni ácrata ni nada que se le parezca. Es intuitiva y sensorial. Bebí de fuentes convencionales pero después he ido moldeando mis creencias a la par de circunstancias, sucesos y experiencias particularísimas. Los soldados a los que yo me refiero jamás impondrían misa diaria ni ayuno por cuaresma. Tendrían asuntos más serios de los que ocuparse.

No creo que el edén esté aquí abajo pero estamos llamados a presentirlo y anticiparlo cuanto nos sea posible. No podemos devolver la vista a los ciegos, ni hacer andar a los muertos, ni multiplicar los peces pero tenemos el manual y la oración.

Sí, Don Antonio. Definitivamente, hacen falta soldados de Dios para los hombres. Por armadura, el ejemplo; por espada, SU palabra; por medallas, la humildad y por conquistas, la justicia. Soldados para servir y no para ser servidos; para ser los últimos de entre el rebaño. Pero Jesús habría de poner algo de su parte; ungirlos y darles la fuerza y coraje necesarios. De no hacerlo, pasará lo de siempre; que tendrá mercenarios. Tal como yo lo veo, la Cruz es una intersección de caminos, el ágora del entendimiento y la paz. La Cruz que a mí me susurra al oído es mucho más, infinitamente más que la cruz templaria o que la cruz griega con sus respectivas crucetas. La Cruz de Cristo es ecuménica pues no podría ser de otra manera. Y sólo de madera, como la del cobertizo en el que quiso venir al mundo y como la que empleaba su padre para ganar el sustento de la familia.

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