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De la república del RIF a la saharaui democrática

Pedro Antonio Curto
Pedro Antonio Curto
Escritor. Colaborador del periódico El Comercio y otros medios digitales. Autor de los libros, la novela El tango de la ciudad herida, el libro de relatos Los viajes de Eros, las novelas Los amantes del hotel Tirana (premio Ciudad Ducal de Loeches) y Decir deseo (premio Incontinentes de novela erótica). Premio Internacional de periodismo Miguel Hernández 2010. Más de una docena de premios y distinciones de relatos. Autor de diversos prólogos-ensayo de autores como Robert Arlt y Jack London, así como partiipante en varias antologías literarias, la última “Rulfo, cien años después”.
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análisis

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Una guerra tapa otra guerra. Son esos conflictos que se perpetuán en el tiempo, que no tienen relevancia en los grandes espacios informativos, salvo cuando hay sangre, cuyas reivindicaciones están sometidos a los intereses de la realpolitik. Pueden tener, como ocurre con el Sahara, el reconocimiento de la propia ONU, lo cual no le sirve de gran cosa pues es uno de esos pueblos que parecen tener en su contra la historia y la geografía. Aceptando la soberanía del reino de Marruecos sobre el territorio saharaui por parte del gobierno español, bajo la premisa de una autonomía, el pueblo del Sahara, los hijos de las nubes, han recibido un golpe, otro más, de su antiguo colonizador. Y no es casualidad, República y Autodeterminación son los fantasmas del Régimen del 78, que han estremecido siempre al bloque histórico del poder, pues la cosa viene de lejos.

   En 1921 Mohamed Ben Abdelkrim El Jatabi, proclamaba la República del Rif. Lo hacía tras haber derrotado al reino de España en lo que ha sido calificado como el desastre de Annual. El año pasado se celebró el centenario del acontecimiento y el relato oficial fue calificar aquello de una masacre y el preguntarse por qué sucedió aquella derrota; Abdelkrim no ha salido muy bien parado, el enemigo número uno de la esencia española, un Puigdemont de la época, además a lo bestia. Se olvida que esa derrota fue la de una potencia colonial contra un territorio colonizado frente a quien se utilizó armas químicas contra la población civil, gas mostaza, uno de los primeros países que lo hizo. Hay datos que hablan de poblaciones enteras masacradas, pero la historiografía oficial española mira a otro lado. Y es que los nacionalismos de estado esencialistas suelen ser victimitas, aunque tengan una larga tradición victimaria. 

La República del Rif llegó a tener su propia moneda, una Asamblea Popular, una administración y una estructura basada en las cabilas. Aunque se aplicaron leyes islámicas se hizo de forma moderada, se puede decir que fue un régimen avanzado para la época, posiblemente aún hoy lo sería.  Incluso para los propios colonizadores, una monarquía encabezada por un tal Alfonso XIII, que debía creer que la modernidad era hacer películas porno. El sueño duró cinco años y para acabar con ella el reino de España necesitó el decisivo  apoyo de Francia. En los años 1958-1959 un reino de Marruecos recién independizado y reconocido sofocó un levantamiento rifeño bombardeando la zona con napalm, bombas de fragmentación y fosforo blanco. La monarquía marroquí asumía la herencia española. En 2016 nuevamente los rifeños se lanzaban a las calles y eran otra vez reprimidos ante la indiferencia de la llamada comunidad internacional; en las protestas llevaban banderas amazigh de la República del Rif y retratos de Abdelkrim. La opresión persiste, la rebeldía también y con ella la memoria de un pueblo. Si no hay justicia, al menos hay justicia poética.

 Si la República del Rif llegó demasiado pronto (antes que la descolonización y los procesos de liberación), la República Árabe Saharaui Democrática lo hizo demasiado tarde, cuando el mundo ya estaba muy repartido y las zonas de influencia eran corazas de hierro. Quizás los hijos de las nubes no estaban muy interesados en construir una nación, aunque de alguna forma ya lo fuesen. Porque cuando se es nómada, los territorios, más aún los desiertos, son lugares infinitos a los que las fronteras al uso, les terminan encerrando. Pero cuando la dictadura franquista  descubrió las minas de fosfato, redoblando un dominio colonial aunque  fuese cargado de paternalismo y nacionalcatolicismo, se percataron que para sobrevivir en un  mundo de estados, potencias y grandes corporaciones económicas, se necesita tener un estado-nación. No es una fórmula mágica, pero ayuda. Por eso en 1973 nació el Frente Polisario y en 1976 se proclamaba la República Árabe Saharaui Democrática. Es de sobra conocido el abandono por parte de España entregando su colonia a Marruecos, con la agonía del dictador que ya ni siquiera ejercía cediendo el mando al príncipe Juan Carlos, su sucesor. Por causalidad, otro Borbón.

 En ese mismo 1976 un  tal Felipe González visitaba el territorio prometiendo a los dirigentes polisarios y de la RASD, que apoyaría sus demandas y el derecho de autodeterminación.  Si los gobiernos del PSOE apenas hicieron algo más allá de retórica, el de Pedro Sánchez le ha dado la puntilla: nada de independencia y república, autonomía bajo una monarquía medieval. Algo que nadie se cree, ni siquiera la ONU.

Marruecos es un estado tapón mimado por dos de las grandes potencias que operan en África, Estados Unidos y Francia. Eso unido a los intereses por el control de los flujos migratorios y el gas, dibuja lo que ha sido y es, la furia española, al menos la oficial: sumisa ante los grandes, poderosa ante los pequeños.

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