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El señor alcalde, los conseguidores y el chino Salchichón

Martínez Almeida insiste en que el feo asunto de las comisiones en plena pandemia es una conspiración de la izquierda podemita contra su persona

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análisis

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Como un inmenso chapapote, la corrupción del PP madrileño llega hasta las costas de Malasia y más allá. Un tóxico vertido que se extiende por todo el mundo. En los últimos días, la Fiscalía Anticorrupción está tratando de localizar a San Chin Choon, el supuesto proveedor de las “más carillas” de Medina y Luceño a quien el pueblo, con su ingenio y gracejo innato, ya ha bautizado como Salchichón. El mote era inevitable, ya que entre fiambres y chorizos anda el juego.

La declaración del supuesto fabricante malayo se antoja de la máxima importancia para averiguar si tuvo relación comercial con el hijo del duque de Feria y su socio; si los presuntos conseguidores trabajaban como agentes exclusivos de la compañía asiática; si algún representante de la empresa oriental firmó los documentos; cómo se calcularon las comisiones; y si la misteriosa sociedad llegó a suministrar el material al Ayuntamiento de Madrid y a qué precio. Sin embargo, a esta hora el tal Salchichón no aparece por ninguna parte (es como el nuevo Fu Manchú de los thrillers policíacos por entregas del PP) y aquí lo único cierto es que el dinero de las mordidas se destinaba “pa’ la saca” de algunos, tal como consta en el sumario judicial. O sea, que ambos intermediarios iban a yates y a Rolexs, que no a setas.

Todo despide un hediondo tufillo a timo chino donde los madrileños, como siempre, eran los primos. De momento, Martínez Almeida echa balones fuera como puede y acusa a la Fiscalía de estar al servicio del Gobierno, desprestigiando un poco más las instituciones. El alcalde se siente “orgulloso” de que Pedro Sánchez, que es un “vanidoso”, le haya puesto en el centro de la diana de las cacerías que organiza la izquierda podemita. De modo que ya se ve a sí mismo como un San Sebastián asaeteado por Dolores Delgado. Ínfulas no le faltan al responsable político de esta alcaldada.

La estrategia de Almeida recuerda mucho a aquellas viejas tácticas que empleaba el retórico Mariano Rajoy para salirse de rositas de todos los marrones con la Justicia. Y a decir verdad, no le fue mal. Todavía hoy recordamos con tristeza y amargura cuando el expresidente gallego, para referirse a las trapacerías de su tesorero Bárcenas y del clan Gürtel, decía aquello de “esto no es una trama del PP como algunos pretenden; esto es una trama contra el Partido Popular, que es una cosa bien distinta”. Hoy el partido va por la tercera condena de la Audiencia Nacional, no una ni dos, sino tres, y lo que te rondaré morena. Pero aquí no pasa nada, ya lo ha dicho Feijóo, a quien esto de la corrupción le aburre soberanamente como también le aburría a Casado. Las corruptelas del PP son como una tediosa maldición con la que deben convivir los españoles por los siglos de los siglos. Baste recordar que a día de hoy aún no sabemos quién fue el misterioso “M. Rajoy” de los sobres en B. Ná, sería uno que pasaba por allí, como el malayo Salchichón.

Bien mirado, a Martínez-Almeida solo le quedaban dos salidas para intentar sortear este feo asunto de las adjudicaciones de mascarillas de oro: o se hacía el tonto (alegando que él no sabía nada) o se hacía el mártir, tratando de convencer a los madrileños de que él es una víctima más de Medina, Luceño y el enigmático San Chin Choon. Al final, ha optado por lo segundo. Interpretar el papel del alcalde que no se coscaba, que no se enteraba de la misa la mitad, que era incapaz de ver que unos fulanos de la biuti de cabello engominado y pañuelo en la solapa entraban y salían de la cocina o kitchen del Ayuntamiento, llevándoselo a espuertas, a capazos, a sacos (y dando el pelotazo del siglo con la muerte y la enfermedad de los madrileños), resultaba demasiado cantoso. No colaba. Así que antes que quedar como un incompetente o inútil para gestionar los asuntos municipales ha preferido quedar como un estafado más, un primaveras, un pringado o bobo que ha caído en las redes de un dúo de finos tramposos, los Medina, Luceño y CIA, que no son sino los nuevos Tony Leblanc y Antonio Ozores de la jungla de asfalto castiza.

El alcalde ha preferido aparecer ante el honrado pueblo de Madrid como la víctima, el cándido, simple o lila de este gran tocomocho planetario que ha sido la compra de material sanitario a precio de riñón. Almeida ha decidido interpretar el rol del inocente incauto que ha caído en las garras de unos pájaros heráldicos de pasado franquista, en las manos muertas de una nobleza sin escrúpulos y de un hombre ladino y tahúr como Sánchez que anda todo el rato urdiendo complots contra él, como si el premier socialista no tuviese otra cosa en qué pensar, como si fuese más importante el pelotazo sanitario que parar la Tercera Guerra Mundial. El presidente está para lo que está, para mover tropas de la OTAN sobre el complejo tablero internacional y salvar al mundo del nuevo führer Adolf Putin. Es verdad que a Sánchez uno no le puede dar la espalda sin que le robe la cartera o le clave algo a traición (que se lo pregunten si no a Ábalos). Pero Almeida se da demasiado el pisto, ya que él para Moncloa supone la misma amenaza que una hormiga para un elefante, no sé si ha caído en la cuenta el señor alcalde.

Por tanto, todas las coartadas se le desmoronan al regidor madrileño, mayormente después de que la Fiscalía Anticorrupción haya sumado, garbancito a garbancito, el importe aproximado de la monumental estafa –ya van por 12 millones de dólares en ganancias ilegítimas y subiendo–, un dinero que no era precisamente del polémico alcalde, sino de los madrileños, así que mal puede considerarse Almeida víctima de nada. Aquí las mordidas de los amigachos y grandes de España no las padece él, sino los sufridos contribuyentes. El edil popular que se deje de sermones de Semana Santa y nos explique a todos los españoles cómo puede ser que un contrato millonario se resuelva en un chat de wasap privado, a dedazo que te crio, sin concurso público y sin pasar por el BOAM.

Medina se declara insolvente y asume un capital de 247 euros en una triste cuenta corriente que no da ni para pipas. El juez se ve impotente para embargar bienes al heredero del duque de Feria. Ayuso se mofa de todo y de todos. Mucho nos tememos que, al final, este pato lo va a terminar pagando el misterioso chino ese, el malayo con nombre de embutido que no aparece por ninguna parte y que es el único que podría arrojar algo de luz a todo el oscuro tinglado. ¿Se apuestan ustedes algo a que no lo encuentra ni la Interpol?  

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