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La paz social de España

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análisis

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Pedro Sánchez no cabía en sí de gozo cuando en un último pomposo discurso ha recalcado, cinco veces, que España disfruta de una paz social envidiable, en comparación, indudable, con los disturbios y huelgas que trastornan Francia y empiezan a ser imitadas en Alemania. Porque entre la irritación que muestran los trabajadores franceses y la pasividad contenta o resignada de los españoles hay una diferencia evidente  en conciencia social.

Esa exaltación de Pedro de la paz social me recuerda los  discursos franquistas en la celebración de lo que la dictadura en 1964 llamó “Los veinticinco años de paz”, que los resistentes  apodábamos “la paz de los cementerios”.

El desiderátum de un gobernante: ¿Qué más puede desear que que su pueblo  vaya a trabajar puntualmente cada día, sin protestar ni organizar huelgas ni algaradas, aunque su salario no le dé para pagar ni la vivienda ni la electricidad ni la comida? Que se resigne a las deficiencias del sistema sanitario y educativo y se conforme con las vacuas declaraciones de la ministra del ramo. Que aunque la sequía y las deficiencias del sistema de distribución le aboquen a restricciones de agua, permanezca silencioso y quieto. Que cuando se ha aumentado la edad de jubilación a 67 años no haya mostrado ni aún una expresión de disgusto, mientras los franceses están incendiando los ayuntamientos  porque la suya ha aumentado a 64 años.

Una de las mejores viñetas de El Roto es la que muestra al Diablo, enmarcado por las llamas, contemplando a una mansa multitud, mientras dice: “Es fácil mantener a la gente en el Infierno, no hay más que convencerla de que no hay otro lugar”.

Ante la nueva convocatoria electoral que motiva los discursos triunfalistas del PSOE y los análisis falsos y las predicciones catastrofistas de la oposición, desesperada por alcanzar nuevamente el poder, queda oculta o tergiversada la verdadera situación económica y social española.        

Cuando en un ejercicio de nostalgia, en el que no debería caer, recuerdo la sociedad en la que crecí, me eduqué y luché por salir del siniestro túnel fascista, evoco el impulso que nos movía para arriesgar la libertad, la salud, y hasta la vida, por conducir aquel país destrozado y triste hacia el futuro luminoso que deseábamos y que la derrota de la República había hundido en la represión, la pobreza, el atraso cultural y social. Los arriesgados militantes antifranquistas estábamos seguros de que aquella siniestra etapa tenía un final que creímos, llevados por nuestro afán, más cercano de lo que fue. Era evidente que la muerte del dictador acabaría con la dictadura y que los países europeos, dirigidos por EEUU, nos conducirían mansamente a entrar en la era democrática. Como así fue.

Pero ahora, en este primer cuarto del siglo XXI, que tan lejano nos parecía entonces, la política que nos dirige no permite abrigar muchas esperanzas de que vayan a cambiar las permanentes lacras de nuestra sociedad. La desigualdad económica condena a millones de hombres, mujeres, niños y mayores a vivir en precarias condiciones que marcarán su vida, sin esperanza de cambio. Asistimos impotentes a las catástrofes medioambientales que se han hecho crónicas, la inflación nos lleva a la pobreza, mientras los discursos huecos de nuestros gobernantes tienen que tranquilizarnos como los mantras religiosos.

Los avances en los derechos y libertades de las mujeres que creímos conquistados para siempre están retrocediendo. Resulta desolador comprobar que desde que se aprobó la primera ley de aborto en 1983 no se ha avanzado nada en este interminable camino por conseguir la igualdad y la libertad para la mujer. Se pone de ejemplo, por las optimistas, la ley de Igualdad de 2011, y se arguye que dicha ley impide despedir del trabajo a una mujer embarazada. Para quienes, como yo, hemos ejercido el derecho laboral durante veinticinco años, bajo las leyes franquistas, resulta patético que medio siglo después se considere un avance esa norma. Porque la ley de Contrato de Trabajo de 1944 ya garantizaba tal seguridad y del mismo modo impedía que se despidiera a un trabajador enfermo.

¿Qué han hecho creer a las generaciones educadas en democracia para que consideren un avance que en 2011 se aprueben derechos que en pleno franquismo, cinco años después de terminada la Guerra Civil, ya tenían los trabajadores? ¿Cuándo se suprimieron esos derechos, que ha hecho falta aprobar una nueva ley que, tan tímidamente, vuelve a reconocerlos? ¿Dónde está el sindicalismo que desafió al franquismo, a costa de palizas, encarcelamientos y asesinatos de trabajadores? ¿Y los sindicatos de estudiantes qué papel juegan hoy, cuando hace cuarenta años eran el germen de las principales protestas en el país?

Y este es solo un ejemplo de la involución que han sufrido la mujer y los trabajadores en esta época posmoderna. Ya ni siquiera podemos afirmar que somos mujeres. Esa es una categoría que ahora también reclaman los hombres. Ninguna esperanza para lograr la abolición de la prostitución ni la prohibición de la pornografía ni la persecución de la trata de mujeres para fabricar niños en un vientre alquilado. Y cada semana asesina a una mujer un degenerado machista, sin que se pueda esperar más que un homenaje de un minuto a la víctima, en la puerta del Ayuntamiento. Pero, ¿para qué cansarse en legislar semejantes temas que sólo les preocupan a unas cuantas feministas? Y si algunas se rebelan en el PSOE se las despide.

Muy contento ha de estar Pedro Sánchez constatando que a pesar de que estas situaciones sociales no se han mejorado un ápice en los últimos cuatro años, en España reina una paz social envidiable por los gobiernos de los demás países europeos.

En la inmediata confrontación electoral comprobaremos qué partidos políticos asumen la defensa de las mujeres y de los trabajadores e incorporan a sus programas los temas que he relacionado. Porque el feminismo está en primera línea de lucha por mantener los derechos y principios por los que se ha batido durante dos siglos,  y ha llegado el momento de enfrentar la difícil confrontación electoral con los partidos del poder, para demostrar que no se conforma con la paz social que tanto gusta a Sánchez.

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