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Patológico

David Márquez
David Márquez
Escritor de artículos y ficción. Colabora con diversas publicaciones periódicas y ha publicado: ¿Y? (microrrelato) y DAME FUEGO (el libro) (microrrelato, poesía y otros textos), ambos trabajos inconfundiblemente en línea con el pensamiento y estilo que manda en sus artículos, donde muestra su apego a la libertad total de ideas, a lo humano y analógico, siempre combativo frente a cualquier forma de idiotez. amazon.com/author/damefuego
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análisis

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El Homo o la Femme sapiens neurotiza todo lo que toca o imagina: perros (con los gatos no se atreve), toros, caballos, aves, animales de circo. Neurotiza ballenas y tortugas y hasta cucarachas. Neurotiza y estresa plantas, árboles, frutos. Neurotiza y etiqueta como “enfermo”a aquel ser humano al que no entiende, lo empastilla y si hace falta lo encierra. Sobre todo, neurotiza niños, pues estos no pertenecen aún a su especie: están, como las criaturas del Paleolítico, exentos de toda referencia “cultural”, de todo prejuicio, y ven los objetos y asimilan sus imágenes tal como en realidad son, hasta que un docente acreditado en neurotización les advierte: “esto es muy serio”.

El Homo o la Femme sapiens ha evolucionado en la dirección neurotizante, paranoide, histérica. Y la base de su neurosis cuaja en la mentira y el miedo: negación de evidencias para escurrir bultos, pánico al autoconocimiento, ego subidito y muy malas ideas. Su “música”, esa bazofia digital, esa estafa llamada Reguetón espolea su neurosis desde que amanece, ya a todo volumen dentro del turismo, de camino al trabajo que odia, y después, en el gimnasio-discoteca. Sus películas de acción-ficción, presididas por la sangre, los tatuajes, los músculos y las armas en general, mantienen y estimulan la neurotización de un espectador mayormente idiota. El bombardeo constante de sus dos o tres anuncios de perfume en campaña navideña, uno-tras-otro, los mismos, ad infinitum, representa, sin duda, la alegoría, el colmo de la neurotización desatada. Su obsesión por la “imagen”, esa manía de salir bien en todas las fotos (lo cual es imposible) acrecienta en modo elevado su neurosis, llevándole a crisis de ansiedad y hasta tentativas de suicidio, cuando no a delirios de naturaleza violenta, antisocial, para el Homo o la Femme sapiens de lo más común y aceptado: no olvidemos que la legislación, la política, la neurociencia y el neuromarketing y la televisión están en sus manos. Gracias a esto se atreve a camuflar un “no quiero besarte” (por miedo, pánico) bajo un asqueroso “no se pueden dar besos”, por decreto: que alguien me diga si esto no rebosa neurosis, como mínimo.

Al último paraíso, al lugar más apartado y virgen, silvestre, mágico, delicado, allí quiere, necesita el Homo o la Femme sapiens acudir en masa, agencia de viajes mediante, con un guía que le explique, para, básicamente, llevar a efecto un puñetero selfie y colgarlo en sus neuróticas redes antisociales, por un lado, y explotar la marca “verde”, por el otro. Y cuando ese lugar ya no sea lo que fue mientras permaneció desconocido, seguirá nombrándolo, catalogándolo como “virgen” y hasta “protegido”, y neurotizará su fauna inyectando localizadores, aplicando etiquetas, introduciendo sondas y ciñendo sofisticados collares. El caso es verlo, frecuentarlo todo, pisar Marte, porque el Homo o la Femme sapiens necesita visualizar (ahora en pantalla) una idea para constatar que existe; de ahí su manía de fabricar sofisticados y “potentes” herramientas en ambas direcciones: telescopios y microscopios, en esencia, que no le muestran nada, porque los aborda con afán destripajuguetes, en plan autopsia.

El Homo o la Femme sapiens ha neurotizado, politizado y mercantilizado el conocimiento y la ciencia, convirtiéndolos en estafa y negocio, respectivamente. Perdida la humildad socrática, sacad a una Femme u Homo sapiens de su esfera “profesional”, neurótica, y brillará por su ignorancia en un mundo desconocido. Solo a veces, cuando se fuma un buen porro o se pasa de cañas, le parece al Homo o la Femme sapiens rozar la clarividencia: quizás, en esa neurotizada semilla, sobreviven trazas de una fruta ancestral, paleolítica: una inyección de original, salvadora naturaleza.

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