Ciudadanos: de supuestos regeneradores a oligarcas y caciques

10 de Diciembre de 2021
Actualizado el 02 de julio de 2024
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Albert Rivera e Inés Arrimadas en un acto de Ciudadanos.

Llegaron como el gran partido centrista y liberal, el antídoto definitivo y regenerante contra la corrupción, y han terminado en una ferralla inservible. Ciudadanos está que lo tira, lo vende todo a precio de saldo y se encuentra a un paso de colgar el cartel de “cerrado por defunción”.

Albert Rivera emergió ante el pueblo español como el “cirujano de hierro” que iba a extirpar los cánceres del país, el gran regenerador de la política nacional. Para ello quiso recuperar conceptos del viejo regeneracionismo de principios del siglo XX, pero con el tiempo se ha confirmado que aquello no fue más que una operación de mercadotecnia abocada al fracaso. De alguna manera, cada vez que en este país ha surgido un partido supuestamente renovador para estructurar la nación, superar el atraso secular, la decadencia, el caciquismo y el sistema turnista de partidos, el proyecto ha terminado haciendo aguas, disolviéndose o vendiéndose al mejor postor (en este caso Inés Arrimadas se ha entregado descaradamente y descarnadamente al PP).

Hoy ya podemos decir que, pese a las expectativas que en su momento se crearon en el electorado liberal, ningún líder de Cs ha llegado a alcanzar la dimensión política, histórica e intelectual del gran regeneracionista Joaquín Costa, cuyo programa político para la España del futuro se resumía en una frase genial: “Escuela, despensa y siete llaves al sepulcro del Cid”. De esta manera, Costa venía a decirnos que un país no puede avanzar sin una escuela pública de calidad capaz de alfabetizar a las masas, sin condiciones laborales dignas para los trabajadores y sin mantener a buen recaudo el monstruo nacionalista que hoy retorna con fuerza. Aquel ideario fue asumido por los políticos e intelectuales más brillantes de la época, de modo que Costa pasó a ser el gran arquitecto político de la modernidad en nuestro país. Rivera se proclamó sucesor de todo aquello, pero la idea más brillante que dejó para la historia del liberalismo español fue aquello de que él no veía “ni rojos ni azules, solo españoles”, con lo cual está todo dicho. Qué diferencia tan abismal entre Costa y Rivera.

Ciudadanos se ha desviado en todo de ese supuesto regeneracionismo patriótico que han predicado falsamente. Respecto al problema educativo, se lo han quitado de encima con cuatro manifestaciones en defensa de la concertada y del castellano en los colegios catalanes, desfilando codo con codo con los grupos ultrarreligiosos más caducos y trasnochados. En cuanto a la despensa de la que hablaba Joaquín Costa, o sea los abusos e injusticias seculares del mercado laboral, como en Cs no creen en la lucha de clases han estado años dándonos la matraca con los autónomos (ahí vieron filón electoral), como si en este país no hubiese asalariados en precario y pasándolo mal. Y en cuanto al fantasma del Cid, o sea el españolismo irredento posfranquista, qué podemos decir que no hayamos visto con nuestros propios ojitos: hoy Ciudadanos gobierna alegremente con la extrema derecha en regiones como Madrid, Andalucía y Murcia y ni siquiera son capaces de votar a favor de que la gran Almudena Grandes sea nombrada Hija Predilecta de la Ciudad de Madrid. Se conoce que se saltaron una lección fundamental del liberalismo moderno, el espíritu krausista (tolerancia ideológica frente al dogma), y por eso nuestra escritora más galdosiana y profunda debe parecerles una roja peligrosa.

En conclusión, que de regeneracionismo sincero y auténtico Ciudadanos tiene la etiqueta que ellos mismos se pusieron y poco más. Un regeneracionista de verdad de los que seguían a Costa en sus teorías políticas avanzadas a su tiempo siempre empezaba su discurso con un “conscientes del atraso del país respecto de otros europeos”, con lo cual ya anticipaba que le dolía España y la africanización del país. Estos supuestos regeneradores naranjas de Ciudadanos siempre se han quejado de los vicios y la corrupción de la vieja política, pero han terminado como oligarcas y caciques, tal como denunció Costa.

Sin embargo, el gran error del movimiento naranja no ha radicado en la falta de empaque político, que también, sino en la torpeza estratégica que han demostrado sus líderes y primeros espadas. Cuando hasta un ciego veía que tenían que pactar con Sánchez ellos le pusieron un cordón sanitario al PSOE.Y cuando se imponía salir corriendo y no firmar nada con el PP, contagiado por el franquismo de Vox, ellos pasaban por el aro y se nazificaban también a calzón quitado. Ni Rivera ni Arrimadas han acertado, aunque solo fuera una sola vez, y siempre han estado en el lado equivocado de la historia.  

Con el gran objetivo de extirpar los males de la patria, el regeneracionismo de entresiglos de Costa fue un movimiento transversal que infiltró savia nueva a conservadores y progresistas, a tradicionalistas y federalistas, a monárquicos y republicanos. Ciudadanos en ningún momento ha tenido esa capacidad de influencia política, sino que han quedado como meros comparsas, recaderos y mozos de cuadra del bipartidismo. Definitivamente, este invento naranja ha quedado en un bluf, en un lamentable espectáculo circense como el que están dando estos días en Andalucía, donde van llorando y mendigando por los pasillos para que el PP cierre con ellos una coalición electoral de cara a las autonómicas. A Juan Marín le salen rivales de debajo de las piedras (ya son cuatro los candidatos que se postulan en las primarias, disputándole la silla) y el gallinero que tienen montado es monumental.

Nacieron como gran alternativa al encasillado turnista del Régimen del 78, herencia de Cánovas del Castillo, y han terminado cayendo en lo peor de nuestra historia. Lamentablemente para ellos, al partido le quedan cuatro telediarios. Unos acabarán en el PP, otros en Vox. A Arrimadas la vemos de chica para todo de Isabel Díaz Ayuso, quizá en algún chiringuito como Toni Cantó, un rol que le pega bastante. De esta gente guapa ciudadana ya solo cabe esperar que bajen la persiana, vuelvan a sus flamantes despachos de abogados (de donde no debieron salir nunca) y dejen de hacer el ridículo. Por el bien de España.

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