El delirio de grandeza del juez Peinado

El magistrado ha pedido coche oficial de Moncloa y entrar por la puerta grande, sin que lo identifiquen, en su próximo viaje a Moncloa para interrogar al ministro Bolaños por el máster de Begoña Gómez

03 de Abril de 2025
Actualizado a la 13:44h
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El juez Peinado a la salida del juzgado, donde instruye el caso contra Begoña Gómez.
El juez Peinado a la salida del juzgado, donde instruye el caso contra Begoña Gómez.

Cuenta Eldiario.es, en un jugoso artículo de Esther Palomera bajo el titular La última extravagancia de Peinado, que el magistrado empeñado en empapelar a Begoña Gómez ha hecho una serie de extrañas exigencias antes de tomar declaración a Félix Bolaños, la última víctima en su incansable cruzada contra el sanchismo. “El juez que investiga a la mujer del presidente del Gobierno exige un chófer de la Moncloa para ir al recinto a tomar declaración al ministro y que le devuelva después al juzgado en una providencia que destila rencor y animadversión, además de claros síntomas de narcisismo. Reclama acceso directo por la puerta grande y sin identificación previa”.

Detallemos punto por punto esta exigencia y analicemos si hay tal delirio narcisista. Que Peinado pida un conductor de Moncloa ya se antoja algo raro, puesto que los jueces tienen sus propios medios de transporte para desplazarse a los destinos que exige el desempeño de sus cargos. Cabe por tanto la posibilidad de que el instructor esté creyéndose más que nadie, más que el jefe del Ejecutivo español, más que el rey. Ese sentirse por encima de los demás poderes del Estado, ese verse como una especie de dios o dictador judicial, no deja de ser un síntoma grave y preocupante. A fin de cuentas, un juez de instrucción no deja de ser un funcionario público pagado con los impuestos de todos los contribuyentes. O sea, un servidor de la democracia.

A esta hora, se desconoce si Moncloa va a ponerle un coche presidencial a su señoría, lo cual supondría un antes y un después en nuestra historia reciente. Y no solo porque sería algo anormal en las relaciones institucionales entre poderes del Estado, algo que no ha ocurrido nunca, sino porque Peinado podría cogerle el gustillo a la cosa y si hoy se encapricha del tapizado caro del vehículo oficial mañana puede entender erróneamente que la Moncloa es su hotel particular y ya se queda a vivir allí para siempre, echando a Sánchez y a Begoña a patadas y consumando el golpe blando que pretende Manos Limpias. De modo que el asunto del coche no es baladí, ya que rezuma algo de endiosamiento y, por qué no decirlo, también algo de ánimo de venganza, rencor y animadversión, tal como dice el referencial artículo de Palomera. En esa petición se respira cierta inquina, no cabe duda. Es como si su señoría le estuviese enviando un recado con muy mala baba al premier socialista y al propio Bolaños: os voy a empapelar por rojos y me vais a pagar hasta el taxi. Si fuera realmente un héroe dispuesto a poner de rodillas al autócrata del PSOE, viajaría a Moncloa en bus, pagándose el billete de su propio bolsillo y demostrando que él no es como otros que tiran de Falcon para ir a por tabaco o a por el pan. Eso agrandaría su leyenda de neoliberal alérgico a los gastos superfluos. Pero por lo visto, su señoría se ha tomado este trámite como su particular desfile de la victoria, ahora que se cumple aniversario del triunfo de los nacionales en la Guerra Civil. De ahí la posibilidad del delirio.

Pero hay más indicios que nos hacen temer que este hombre se ha subido a la parra y ya se ve a sí mismo como el amo del país. Que quiera entrar por la puerta grande (y casi a hombros, como un torero inmortal idolatrado por los fans de la afición ultra) es algo que la democracia no puede, no debe, consentir. Habrá que recordarle a su señoría que está instruyendo un caso judicial, el de la pijada del cursillito universitario de la primera dama, y no organizando un festejo taurino. La Moncloa no es la Maestranza para que él pretenda que lo entren y lo saquen a hombros como al gran Manolete de la judicatura. Para torero bueno El Juli, que batió el récord de seis Puertas del Príncipe y 36 orejas y lo llevaba con mucha más modestia y elegancia que el juez.

En cuanto a que los guardias de la garita no le pidan la identificación, eso ya pasa de castaño oscuro. El nombre del juez Peinado es mediático, eso es verdad, pero en la calle es uno más. No lo conoce nadie. Cuando el instructor se pasea por la Gran Vía de Madrid no lo van parando por ahí para pedirle autógrafos, en olor de multitudes y para agradecerle su gran sacrificio a España por haber liderado el levantamiento nacional antisanchista. De modo que los agentes de seguridad de Moncloa tienen la obligación de pedirle el DNI como a uno más, como a todo quisqui que pasa por allí, ya sea juez o peatonal. La cosa está muy mal y cualquier día Putin le manda un sicario con plutonio a la familia monclovita, así que no se debe bajar la guardia de la seguridad. Si su señoría se ha creído que puede entrar y salir de palacio como Pedro por su casa (nunca mejor dicho), se equivoca de todas todas. Y si lo que pretende es que Moncloa se convierta en su balneario particular, donde puede moverse libremente, en pantuflas, con albornoz y sin que nadie le pida explicaciones de qué hace allí, es absurdo. Hasta ahí podíamos llegar.

Realizado el pertinente análisis, cabría preguntarse si detrás de toda esta performance hay un hombre arrastrado por el delirio narcisista o de grandeza, tal como sugiere la compañera de Eldiario.es. Y hombre, teniendo en cuenta que Peinado se queja de que, la última vez que fue a Moncloa a interrogar a Sánchez le hicieron esperar largo rato, como a un mensajero de Amazon que toca el timbre y no le abren, por ahí parecen ir los tiros. En fin, juzguen ustedes mismos.

 

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