Nadie (salvo la Rusia de Putin, por algo será) se ha salvado de los aranceles Trump. Ni siquiera aquellos países donde en los últimos tiempos se han instaurado gobiernos autoritarios de la cuerda trumpista. A la Hungría de Viktor Orbán, el magnate neoyorquino le ha colocado un 20 por ciento de gravamen, para que vaya haciendo boca. A la Argentina del entregado y fiel Milei, un 10 como el dorsal del añorado Maradona, para que espabile. A El Salvador de Bukele (el nuevo carcelero de Estados Unidos que custodia a los inmigrantes deportados) otro tanto del ala. Y a la Italia de Giorgia Meloni, lo mismo. Toma pasta boloñesa, nena. Hasta Mohamed VI, que alberga el sueño húmedo de que Washington instale allí sus bases militares algún día, ha tenido su parte.
Todos están recibiendo del ricino trumpista. Al Brasil hasta hace no mucho gobernado por el ácrata camarada Bolsonaro lo calca con el impuestazo. Al Reino Unido, hermano de sangre, le mete el consabido paquete arancelario. Y tampoco a España, donde Trump tiene a un buen aliado en el partido Vox de Santiago Abascal, le ha perdonado la multa, de modo que nuestros productos tendrán que aflojar un durísimo 20 por ciento, con el consiguiente perjuicio para el vino, el aceite y el queso (que ya hay que ser bobo para cerrarle la frontera al rioja, alegría de la vida).
Pero sin duda, de toda la comunidad internacional no es la UE ni China quienes salen peor parados del cabreo de multimillonario iluminado, sino San Pedro y Miquelón, un alejado archipiélago situado en América del Norte, frente a las costas canadienses de Terranova, a cuyos pacíficos habitantes el oligarca de Manhattan les ha endosado un injusto 50 por ciento de gravamen, la peor tasa de todo el ranking global. Estos pobres no salen de su asombro después de que les caya caído el gordo (nunca mejor dicho). ¿Qué le han hecho ellos a los norteamericanos? ¿Qué pecado han cometido más que vivir de la pesca del bacalao durante siglos sin meterse con nadie? Quién sabe. Cabe la posibilidad de que Trump sufriera una intoxicación de pescado en las islas y desde entonces se la tenga jurada a sus habitantes. O quizá le perdieron la maleta en uno de sus viajes de placer y les ha echado las cruces para siempre. Un misterio. Así son los aprendices de dictadores. Caprichosos, veleidosos, imprevisibles.
En cualquier caso, lo único cierto es que ni los aliados de Trump se van a salvar de la quema de sus economías porque le hayan hecho la pelota o reído las gracias al presidente yanqui. En cierta ocasión, Nayib Bukele presumió de su relación con el amo del mundo: “Presidente, ¡adelante juntos!”, dijo exultante y llevado por el fervor ultraderechista. Pues tome usted un arancelazo de padre y muy señor mío y ale, vamos caminando que se hace camino al andar. Y ayer mismo, Javier Milei recibió con alegría y alborozo que el inquilino de la Casa Blanca vaya a enviar a la ruina a unas cuantas empresas argentinas. Incluso posteó la canción Friends will be friends (“Los amigos siempre serán amigos”), de Queen, tras comerse el pertinente 10 por ciento de los aranceles. La relación entre ambos “continúa intacta”, dice el fanático de la motosierra. Parece gustarle que le den bien duro en una especie de masoquismo político.
Está claro que entre la pandilla de la internacional ultraderechista es mayor la devoción que le tienen al patrón que el interés por defender los intereses económicos de sus paisanos. Todos ellos van de heroicos salvapatrias, pero a la hora de verdad no son más que lacayos del Tío Sam, hermanos de la mafia inmobiliaria neoyorquina, y cuando los invitan a la Casa Blanca se postran a los pies de Melania diciéndole aquello de “un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo”, en plan José Luis López Vázquez.
Y luego está el personaje de aquí, el nostálgico del régimen anterior, el Caudillo de Bilbao. Este es otro abducido capaz de cualquier cosa para defender a su amo, dueño y señor: negarlo todo (que para eso es negacionista), mentir hasta el final y cumplir con su papel de primer engañabobos de la nación. Y si estalla la guerra contra USA, no ya la comercial, sino la de verdad, él se enrola en los marines y a muerte con los yanquis. ¡Viva España, Estado 51 de la Unión! En una de estas se nos va nadando al Peñón, como Ortega Smith, y se pone al lado de la Pérfida Albión al grito de Gibraltar inglés. Primero fastidiar a Sánchez para trincar un ministerio; después el todo por la patria.
Ayer, producía auténtico sonrojo y vergüenza ajena escuchar cómo el diputado voxista José María Figaredo defendía lo indefendible. “Los aranceles de Trump son la forma de negociar”, soltó sin inmutarse. Y luego acusó a la UE de contestar a la ofensiva trumpista con una “escalada de la violencia”. ¿Pero este es tonto o qué? ¿Qué le han echado en el agua a este marciano? ¿O acaso pretende tomar por estúpidos a los españoles? Si le parece al señorito, nos quedamos quietos y callados, sumisos y obedientes, mientras el tronado del tupé rubio nos mete los aranceles por donde amargan los pepinos.
Definitivamente, hay que ser medio idiota o idiota y medio para votar a esta ralea ultra que promete acabar con la civilización humana. Y que lo hayan hecho 65 millones de norteamericanos no les resta un ápice de idiocia a cada uno de esos votantes. La democracia es el menos malo de los sistemas políticos y trae consigo distorsiones y pestes. Vox es una de ellas. Lo de esta tropa es una patraña tras otra, un ridículo tras otro, un esperpento tras otro. Y luego van de patriotas. Patriotas de pacotilla que pretenden dar miedo y dan risa. Si Franco levantara la cabeza, los ponía a llevar piedras a Cuelgamuros.