Trump pone aranceles a los pingüinos de la Antártida

En 2017 expertos enviaron una carta pidiendo la activación de la Enmienda 25 de la Constitución, que prevé el procedimiento para deponer al líder de la nación por trastorno mental

03 de Abril de 2025
Actualizado a las 18:32h
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Donald Trump en uno de sus arrebatos de odio.
Donald Trump en uno de sus arrebatos de odio.

La prensa norteamericana no da crédito a lo que está haciendo Donald Trump. “Es un desastre”, titula el New York Times tras constatarse un abrupto desplome de Wall Street. Ni los más pesimistas pensaban que el magnate neoyorquino pudiera llegar tan lejos en sus delirios nacionalistas y autárquicos. Anoche, en un arrebato destructivo, casi nihilista, el presidente norteamericano dinamitó el comercio mundial con sus aranceles disuasorios. No hay razón lógica para este suicidio colectivo en el que todos pierden, incluso Estados Unidos, que se acerca peligrosamente a la recesión.

El primer mandato trumpista fue solo un aviso de lo que estaba por venir. Un primer absceso de la fiebre que parece haberse apoderado del presidente de la primera potencia del mundo. La diferencia es que en 2017 todavía había algunos asesores de la Casa Blanca, consejeros y funcionarios con carrera en Harvard que le paraban los pies al impulsivo emperador. Hoy no existe esa barrera de seguridad o cortafuegos. Trump se quitó de encima a los supuestos expertos y se rodeó de los amigos del bar. La friquipandi de Silicon Valley, los tecnobros del ciberfascismo. Una panda de cuñados gamberros que le ríe las gracias al amo del mundo y le provoca con el “a que no hay huevos a apretar el botón nuclear”.

La primera consecuencia del arancelazo de anoche es evidente. El mundo de ayer ya no existe. El orden económico global, la globalización que ha regido las relaciones entre las naciones, ha saltado por los aires. Y ya solo impera el caos. La ley del más fuerte. La ley de la jungla. Los aranceles a capricho (Trump los pone en función de si le cae bien o mal el país castigado) serán del 20 por ciento para todos los productos europeos, una medida que condena a fuertes pérdidas a sectores estratégicos como la alimentación, la automoción y las tecnológicas. El vino, el aceite y el queso españoles sufrirán el descosido. También los países más pobres, contra los que Trump se ceba especialmente, como el buen supremacista colonial que es. Ni siquiera ha tenido piedad con Birmania, azotada por un reciente terrible terremoto con miles de muertos, ni con los pingüinos de la Antártida, que tampoco se han librado de su tarifazo. Un psicópata. Sin embargo, a su amigo Putin le perdona la guerra comercial, quizá una deferencia por los buenos tiempos, cuando Trump, como agente Krasnov, compartía confidencias para el KGB. Revelador.

Todo este sindiós que está arrastrando al mundo a una edad oscura ha abierto un debate en Estados Unidos. ¿Está este hombre capacitado para llevar el mando, es más, está en sus cabales? En 2017, en pleno primer mandato trumpista, un grupo de 35 psicólogos, psiquiatras y trabajadores sociales remitió una carta a los medios de comunicación mostrando su preocupación por “la inestabilidad emocional” del personaje. “Sus palabras y su comportamiento sugieren una profunda incapacidad para empatizar. Individuos con este tipo de rasgos distorsionan la realidad, para que se adapte a su estado psicológico, y atacan los hechos y a quienes los transmiten, como periodistas y científicos”, se quejaban los denunciantes. Para los promotores de la acción, el cuadro clínico del presidente está claro: Trump es una especie de paranoico convencido de que el mundo conspira y maquina contra él. La “enfermedad del niño pijo” temeroso de que el pobre le arrebate su riqueza y que impide dormir tranquilo a quien la padece. De ahí, de una infancia traumática marcada por un padre acaudalado, frío y severo, podría venirle esa vena u obsesión por levantar muros y alambradas, tanto físicas como económicas.

Congresistas demócratas ya han planteado la posibilidad de invocar la Constitución norteamericana para deponer al iluminado. La Enmienda 25 de la Carta Magna contempla el procedimiento a seguir a la hora de destituir a un presidente por incapacidad, trastorno psicológico o merma mental. En particular, la Sección Cuarta permite que los funcionarios del gabinete declaren por escrito que el jefe del Ejecutivo está incapacitado para ejercer sus funciones. En ese caso, el vicepresidente asume el cargo en funciones. Se trata de un proceso complejo que además requiere de la intervención del Congreso. No parece factible. Trump ha impuesto una especie de régimen de terror MAGA y controla el partido con mano de hierro. Hay miedo a hablar, a disentir, a criticar al autócrata. Cualquiera que lo hace pierde su trabajo automáticamente. O es enviado directamente a Guantánamo. La operación, por tanto, está abocada al fracaso. Haría falta la traición de un puñado de republicanos descontentos. Y no parece que, hoy por hoy, los haya entre las filas conservadoras. 

Es cierto que deponer al presidente es una opción a la desesperada no exenta de riesgos, ya que su aplicación generaría disturbios e incluso el riesgo de una guerra civil entre partidarios y detractores del magnate. El país es una nación armada con millones de fusiles y pistolas circulando libremente. Pero quizá, llegado el momento del cara o cruz, a los norteamericanos no les quede otra que intentar recurrir a ese procedimiento extraordinario para quitarse de encima al incapaz tronado. Estados Unidos, hasta hace poco el gran modelo y referente para las democracias consolidadas de Occidente, se hunde en un tiempo de tinieblas bajo el yugo de un emperador delirante capaz de cualquier cosa. Un pirómano Nerón que sueña con prenderle fuego al mundo o incluso con nombrar senador a su caballo, como hizo Calígula. La primera democracia del planeta convertida en una dictadura paternalista encerrada en la autarquía. Un franquismo a la americana. El Día de la Independencia, como ha bautizado el perturbado al histórico arancelazo, es más bien el Día del retorno al siglo XIX. Con sus odios y sus guerras.

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