Decenas de países temblando ante la ruina inminente, las principales Bolsas en caída libre y al borde de la recesión y Donald Trump jugando al golf en su mansión de Mar-a-Lago. El populismo ultranacionalista era esto.
Mientras Estados Unidos se va a la ruina, y con él el resto del mundo mundial, el bulero mayor de la historia sigue dando bebedizos y crecepelos a los abducidos que creen en él ciegamente. “Todo va bien. Los mercados van a explotar, las acciones van a explotar, el país va a explotar”, asegura el magnate neoyorquino. Y ahí no engaña a nadie el iluminado: explotar vamos a explotar todos, pero no de riqueza y dólares, sino de hambre y odio. El país se hunde y el presidente sigue tirando de metáforas baratas propias de cuñado con ínfulas, como cuando compara el terremoto ocurrido en las últimas horas en Wall Street con la reforma de una cocina: primero surgen algunos inconvenientes e incomodidades, después todo serán ventajas. O con un paciente enfermo y en las últimas al que le han extirpado un tumor. Y enseguida se nos viene a la cabeza la imagen de ese cirujano loco con la risa nerviosa y desencajada, la bata llena de sangre y las tijeras desbocadas de las películas paródicas sobre hospitales. Trump es como el doctor Hugo Z. Hackenbush, aquel falso médico hilarantemente incompetente interpretado por Groucho en Un día en las carreras.
Trump el tramposo, Trump el trampantojo, Trump el trompetista de la mentira. Ya sabíamos que el hombre era una máquina de fabricar bulos y embustes; ahora también sabemos que es un chapuzas, el Pepe Gotera u Otilio de la economía mundial. Su genialidad financiera de ayer ha costado a los norteamericanos la friolera de 2,4 billones de dólares. Y eso solo en 24 horas. Dicen los expertos que USA tardará años en recuperarse de semejante estropicio. ¿Pero qué le importa a él, si su principal preocupación en la vida es embocar la bola en el hoyo 17? Su suicida juguete arancelario va a salirle muy caro al mundo. Los países ricos verán frenar su crecimiento; los pobres serán más pobres. Todos pierden, él gana. Gana en más conflicto internacional, en más odio, en más guerras. Y ya se sabe que a río bélico revuelto ganancia de pescadores armamentísticos, o sea sus amigotes de Lockheed Martin, Boeing y Northrop Grumman.
Asusta la frivolidad del magnate a la hora de jugar con el sufrimiento humano. Pocas veces se ha visto un psicópata de ese calibre. Resulta difícil ver dónde están las ventajas de un caos global como no se recordaba desde la crisis de 2008 (algunos economistas advierten de que este seísmo no ha hecho más que comenzar y que va a ser más fuerte aún que el Crack del 29). Y sin embargo, quizá, queremos pensar en nuestra ingenuidad, quién sabe si esto no es más que el principio del fin de Donald Trump. Cuenta el Times (siempre nos quedará el Times), que miles de ciudadanos empiezan a despertar del mal sueño americano en el que habían caído por los efluvios lisérgico/demagógicos y emanaciones populistas de la secta MAGA. Trump no lleva ni tres meses en el cargo y ya ha conseguido aglutinar a todo un ejército de cientos de miles de estafados, de damnificados, de resentidos y arruinados. De récord. Unos son votantes demócratas que vieron lo que se les venía encima y apostaron por Kamala a la desesperada; otros son exsimpatizantes trumpistas a los que se les ha caído la venda de los ojos. Estos últimos veían en el nuevo papá proteccionista al abuelete inflexible y duro que los iba a sacar del fango. Un gurú infalible que lo sabía todo; un tótem; casi un dios.
El secreto del éxito del trumpismo ha sido saber convertir la política en una secta. Y ya se sabe que donde manda el maestro, el guía, el amado líder, no manda marinero. Se anula la voluntad propia y la libertad y se le entrega todo al mesías. El alma, el cuerpo, el dinero y las propiedades. Todos ellos, los náufragos prematuros del trumpismo, empiezan a asociarse en diferentes movimientos. Y están por todas partes. En la calle y en el mundo virtual de las redes sociales. Son los indignados que, bajo el lema Manos Fuera, saldrán a protestar en las grandes ciudades, de costa Este a costa Oeste, este mismo sábado. Mujeres feministas, inmigrantes, negros, estudiantes, homosexuales, ecologistas, propalestinos y proucranianos. La sociedad civil movilizada en defensa de los derechos humanos pisoteados por el hombre-Dorito. Y luego están las víctimas directas del trumpismo, los 200.000 funcionarios despedidos por el capricho de Elon Musk, los miles de asistentes sociales que cuidaban de personas mayores y enfermos que han terminado en la cola del paro, los defenestrados de la escuela pública, las oenegés y asociaciones humanitarias clausuradas, los timados de las criptomonedas, los contagiados de sarampión por culpa de las mentiras del antivacunas Robert Kennedy Jr., los ganaderos que han perdido sus gallinas por la gripe aviar (la docena de huevos está a precio de oro) y en general aquellos a los que el engañabobos prometió riqueza y bienestar y lo han perdido todo. O sea, las víctimas del trumpismo a los que la pandilla MAGA/Qanon ha tratado como carne de cañón para sus maquiavélicas patrañas conspiranoicas.
Se prevé un gran tsunami opositor en los próximos tiempos. Una revolución popular en la que hasta hace no mucho tiempo se consideraba la primera democracia del mundo. Mientras tanto, el iluminado sigue jugando al golf, plácidamente, sin dar marcha atrás a su delirio. Ya se sabe que cuando el tonto coge una linde, la linde se acaba, pero el tonto sigue.