Este “Ágora” no es ejemplo de nada, pero, desde luego, lo que no tiene son autocensuras ideológicas, una enfermedad que ha infectado a los medios de comunicación en España. En este espacio se ha criticado a Pedro Sánchez, Alberto Núñez Feijóo, Isabel Díaz Ayuso, Pablo Iglesias, Irene Montero o Santiago Abascal, por citar algunos de los que han pasado por aquí. Ser de izquierdas no implica callar ante los errores o malas decisiones de los líderes progresistas ni, por supuesto, no es colaboracionismo con la derecha. Ser de izquierdas tampoco implica ponerse una venda porque eso es sectarismo. El periodismo, ya sea informativo o analítico, se convirtió en el cuarto poder por su función de controlar al poder. Desde luego no existe ningún poder en callar ante lo que no se puede callar por una cuestión de sesgo ideológico. Sin embargo, el escenario actual lleva a esa situación.
Los medios de comunicación son considerados por un importante porcentaje de la ciudadanía como cómplices del escenario de crisis social y económica sistémica que se vive desde la crisis de 2008. Eso se nota en que la gente se está informando cada vez más a través de redes sociales, plataformas de streaming y aplicaciones de mensajería porque, según el mensaje que ha calado, ahí no hay filtros ni nadie se calla nada. La frase “lo que no cuentan los medios” cala en la ciudadanía hasta el punto de que, en muchas ocasiones, los periodistas callan porque una noticia no se puede contrastar, filtro deontológico que no existe en las redes.
Si un medio de comunicación no publica una información por falta de contraste es lícito, lo que no es legítimo es que el silencio venga por una cuestión ideológica.
En las redacciones modernas, la censura rara vez se impone desde arriba. No hace falta un burócrata con tijeras ni un censor ministerial que subraye párrafos incómodos. Lo que opera hoy en buena parte de la prensa es más sutil y más eficaz: la autocensura.
Dependiendo de la orientación ideológica de un medio, ciertos temas se magnifican hasta el exceso mientras otros se silencian por completo. La dinámica no es nueva, pero se ha intensificado en un ecosistema mediático dominado por la polarización política, la competencia por la atención en redes sociales y la presión de audiencias cada vez más segmentadas.
El sesgo de lo que no se cuenta
En democracias maduras, la crítica habitual se centra en lo que los periódicos dicen o en cómo lo dicen. Sin embargo, el verdadero poder del periodismo radica tanto en lo que se publica como en lo que deliberadamente se omite. Así, un diario conservador puede dedicar portadas a los excesos de gasto público mientras minimiza la corrupción empresarial; un medio progresista, en cambio, denunciará con vehemencia la corrupción política de la derecha, pero ignorará las polémicas que afectan a partidos cercanos a su electorado.
El resultado es un relato fragmentado de la realidad, donde el ciudadano que solo consume un espectro mediático percibe un país radicalmente distinto del que se dibuja en el otro lado.
Corrupción selectiva y silencios estratégicos
En España, esta dinámica es visible en torno a la corrupción. Durante años, medios conservadores minimizaron la gravedad de la Gürtel o los sobresueldos del Partido Popular, mientras destacaban con insistencia cada caso vinculado a la izquierda, desde los ERE en Andalucía hasta la gestión de Podemos en ayuntamientos. La otra orilla, por su parte, dio amplio altavoz a los “papeles de Bárcenas” pero pasó de puntillas por los escándalos que afectaban a sus aliados políticos, como las investigaciones sobre la financiación de partidos emergentes o los privilegios en torno a algunas alcaldías progresistas.
Ahora se minimiza el hecho de que se hayan utilizado recursos públicos para negocios privados o se señala que la corrupción de la derecha es cosa del pasado para poder atacar los casos del PSOE o del entorno de Sánchez.
En el debate territorial ocurre algo similar: ciertos medios madrileños subrayan las contradicciones del independentismo catalán mientras silencian los excesos de centralismo en la gestión estatal. Los medios catalanes más alineados con el procés, en cambio, amplifican cualquier agravio simbólico pero reducen al mínimo la cobertura de divisiones internas o casos de corrupción en su propio campo político.
La ilusión de la pluralidad
La multiplicación de cabeceras digitales ha creado la apariencia de un debate público vibrante y plural. Pero esa diversidad es más estética que real. Las audiencias tienden a replegarse en cámaras de eco, y los medios que las alimentan refuerzan sus sesgos mediante la selección estratégica de silencios. Lo que un sector del espectro considera un escándalo nacional apenas asoma en las páginas del otro.
En el corto plazo, esta dinámica beneficia a ambos bandos: refuerza la lealtad de la audiencia y otorga al medio un papel de referencia dentro de su tribu política. En el largo plazo, sin embargo, erosiona la confianza en el periodismo en su conjunto. Cuando los ciudadanos detectan que la prensa calla selectivamente, concluyen que ningún medio es fiable. El terreno queda abonado para la desinformación, el cinismo y la política del odio.
La polarización como motor del silencio
Si la autocensura ideológica de los medios es visible en lo que callan, sus raíces profundas se encuentran en la polarización y la crispación del debate público. Cuanto más dividida está una sociedad, mayor es la presión que sienten los periodistas y editores para alinearse con su audiencia natural y evitar cualquier relato que pueda interpretarse como una traición.
En este contexto, la autocensura no nace únicamente de convicciones ideológicas dentro de las redacciones. La lógica es sencilla: en un entorno crispado, las audiencias premian la fidelidad tribal y castigan la disidencia. El periodista que publica una investigación incómoda para su propio campo político pierde credibilidad ante su supuesta base de lectores, sufrir campañas de descrédito en redes sociales o incluso ver cuestionada su continuidad en el medio.
La crispación, además, convierte los matices en sospechas. Una cobertura equilibrada, que intente reconocer errores de ambos lados, corre el riesgo de ser etiquetada como equidistante, tibia o, directamente, de traición. Para evitar esa penalización, los medios optan por reforzar el relato de su bloque político y silenciar los puntos de fricción.
En España, la dinámica es palpable: cada escándalo político se convierte en un campo de batalla mediático donde los periódicos y cadenas televisivas actúan como extensiones de los partidos. Es decir, quien tiene la obligación de controlar al poder se ha transformado en un departamento más de los departamentos de comunicación o de los órganos de propaganda de los partidos. La polarización no solo condiciona lo que se publica, sino lo que se decide callar, porque en un entorno crispado el silencio selectivo puede ser más rentable que el riesgo de ser acusado de “jugar para el otro bando”.
En democracias polarizadas, como es la española, la prensa se convierte en un espejo deformado: amplifica el ruido del debate público y oculta deliberadamente las notas que podrían desafiarlo.
El dilema pendiente
En teoría, la función del periodismo es precisamente incomodar, señalar incoherencias y fiscalizar al poder, venga de donde venga. En la práctica, cada vez son menos los medios dispuestos a asumir ese riesgo.
La prensa española seguirá siendo rehén de sus propios silencios. Porque, como recordaba George Orwell, el periodismo consiste en publicar aquello que alguien no quiere que publiques. Lo demás, añadía con mordacidad, son relaciones públicas.