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BNET: Para hacer freestyle sólo te necesitas a ti mismo

Javier Puebla
Javier Pueblahttp://www.javierpuebla.com
Cineasta, escritor, columnista y viajero. Galardonado con diversos premios, tanto en prosa como en poesía. Es el primer escritor en la historia de la literatura en haber escrito un cuento al día durante un año, El año del cazador, 365 relatos que encierran una novela dentro.
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análisis

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Me dirán que soy un mentiroso compulsivo, peor incluso que Holden Caufield, pero lo que voy a contar aquí es verdad, y tal como lo narro sucedió el miércoles quince de marzo del año dos mil veintitrés.

Lo correcto sería empezar por el principio, pero a mí lo correcto tiende a hacerme bostezar, así que comenzaré por el final: YO ESTUVE EN EL CONCIERTO DE BNET EL QUINCE DE MAYO; en un pabellón de la Casa de Campo (durísimo de encontrar) en Mad Madrid.

¿Y eso qué tiene de excepcional?

En primer lugar que solo había 250 personas, y también que no había nadie, absolutamente nadie de mi edad, porque lo de la edad es una dictadura que nunca he estado dispuesto a aceptar: se puede ser un anciano sin ganas de vivir a los diecisiete (seguro que te ha pasado) y un chaval a los noventa (si conocieras a Javier Panizo y te lo explicase él no lo dudarías ni un segundo). Lo relevante es que a mí me encanta Bnet, es genial y además yo soy igual que él desde los diecinueve, cuando improvisaba conciertos enteros con tanto placer como facilidad; no a ritmo de rap, que tampoco es complicado, pero sí a ritmo de puritito inventar e improvisar. Pero resumiendo, y para no enrollarme, repito que me encanta Bnet, que lo descubrí gracias a mi hijo Max, y que Max iba a ir al concierto y había comprado dos entradas.

Pues entonces ya estaba hecho, fuiste con tu hijo Max…

No, noooo. No fui con mi hijo Max. La otra entrada era para Fer, uno de sus más íntimos amigos, y naturalmente no iba a pedirle que descabalgara a su colegazo, a Fer, para ir yo en su lugar.  Pero podía comprarme yo la mía.

Pues no quedan entradas, dijo Max.

Miré, y en efecto no había entradas. Volví a mirar al día siguiente y habían puesto a la venta un puñado más. Pero no compré ninguna. La Casa de Campo… me dio pereza, la verdad.

Cambié de opinión el día anterior al concierto. Sí que quería ir aunque fuese en el mismísimo Japón del Campo. Entré en internet, pero ya era tarde; nasti de plasti de entradasti.

¡Me acreditaré como prensa!

¿Sí? Ya veremos. Te informo que para determinados eventos en la actualidad no es tan fácil, chaval. A un teatro o un auditorio se puede llamar. Pero ahora todo es virtual, y hasta para ir a la SS (que nazi queda lo de las iniciales de la Seguridad Social) hay que atravesar un bosque de redes virtuales y llamadas a las que nadie responde jamás). Imposible averiguar quién organizaba el chou de Bnet o siquiera cómo conectar.

Llamaré a Scarpa, me dije.

Scarpa, el poeta, bro de mil recursos y siempre de fiar que se relaciona con todo tipo de gente. Quizá él conociese a alguien de la organización, o al menos a alguien que fuese a descargar los camiones, o que estuviese controlando el acceso de entrada.

Lo pensé pero no lo llamé. Aunque sí le escribí un guasap. Le escribí un guasap y me olvidé, porque quería escribir un relato dedicado a Domingo Villar, el escritor al que Wikipedia marcó con un “fue” menos de una hora después de que falleciera (es una falta de respeto, y un escritor siempre ES; Cervantes es). Era un relato importante para mí, porque jamás le he cedido ni un solo milímetro a la muerte; mi objetivo era que Domingo se sintiese aquí, que sus lectores y cercanos lo sintiesen aquí. Cuando se emprenden semejante tipo de batallas el reloj, con sus manecillas de horas, minutos y segundos, deja de existir.

Volvió a existir, el reloj, a las 19,35.

Abrí el guasap.

Un mensaje de Gonzalo. Scarpa de primer nombre se llama Gonzalo. El mensaje era de horas antes.

Scarpa me decía que sin duda el concierto sería muy interesante, y que él había pensado ir con Miguel, (Miguel Santamaría, también poeta), pero que iba a tener que perdérselo porque le tocaba dar una clase.

-Miguel tiene dos entradas, llámale, aunque imagino que ya habrá colocado la segunda entrada. Pero ¡dile!

Seguían siendo las 19,35 -soy verdaderamente rápido cuando hace falta ser rápido- y ya había localizado a Miguel en el esmarfon y dado un golpecito con el dedo sobre su nombre para llamar.

-Pues sí, tengo dos entradas.

-¿No has colocado la segunda?

-No.

-Pues entonces fenomenal, me la quedo.

-Vale, muy bien, pero tranquilo, que es mañana.

-No, no es mañana, tío. Es hoy, es ahora mismo. Dentro de veinticinco minutos.

Lo comprobé en la esquina superior izquierda del esmarfon. Soy rápido, pero la conversación ya se había comido un minuto entero. Faltaban veinticuatro minutos exactos para que comenzase el concierto.

-¿Qué dices? Voy a mirar.

Diez segundos de silencio.

-¡Es verdad, es hoy!

-Pues vamos ya. ¿Cómo lo hacemos?

-Yo vivo cerca de la Casa de Campo (luego me enteré que le pidió a su padre que le llevara, porque en efecto vive cerca pero tampoco es que fuese en el bar de al lado).

-Pues manda la ubicación y salto al coche y voy para allá.

Dicho y hecho. Eran las siete y cuarenta y uno y yo ya estaba en el coche con los zapatos sin atar, una gorra New York guapísima que tengo, y la ropa de estar por casa: el jersey de hace doscientos años de color granate agujereado por los mordiscos de polillas varias generaciones, un vaquero aceptable y… ¿qué más da cómo fuese vestido? ¡Iba a ir a Bnet!

Lo complicado que es moverse por Mad Madrid con un coche viejo: no votaré a Almeida jamás; aterrorizado todo el tiempo por si rozaba Madrid Central o alguna zona de bajas emisiones. Pero llegué. Llegué y eran las ocho y tres minutos. Sólo tres minutos tarde, quizá no hubiese empezado todavía.

Me mosqueó un poco que fuese tan fácil aparcar. A la primera. Y había sitio por delante y por detrás. Enfrente de un cuartel de la policía municipal (seguro que no se dice cuartel para referirse a los municipales, pero tengo prisa y ahora no me voy a poner a corregir). Tengo prisa y no veo ningún pabellón, bueno, veo un pabellón, pero está medio apagado y desde luego no hay gente haciendo cola ni nada similar. Un coche de la policía municipal pasa junto a mí. Miro el guasap. Hay otro mensaje de Miguel.

ESTA UBICACIÓN MEJOR.

Y un mensaje de voz: Te he mandado varias ubicaciones porque hay muchas partes cortadas por la Casa de Campo y la última que te he mandado es la que más cerca queda.

Definitivamente nunca votaré a Almeida.

Miro la nueva ubicación y el maps me dice que está a diez minutos andando. Por eso no había nadie. Pero mejor no mover el coche e ir andando.

Me zambullo en la obscuridad y veo dos tíos que vienen en dirección hacia mí y que tienen pinta de que también van al concierto.

-¿Sabéis donde es lo de Bnet?

-El Uber nos ha dejado más adelante, pero un municipal nos ha dicho que está todo cortado, que no se puede pasar ni siquiera a pie, y que hay que dar la vuelta.

Me voy con ellos del mismo modo que me fui con Iñaki Fernández, el cantante de Glutamato, a ver a Pau Riba, cuando ambos cogíamos peras en Torres de Segre (pero esa es otra historia, ahora toca apretar el paso que el concierto habrá empezado ya).

Se nos cruza otro munipa, con pinta de joven. Le llamo y le pregunto.

-¿Sabes dónde es lo de Bnet?

Intenta mandarnos a Corea (no olvidemos que estábamos en Japón del Campo). Pasamos de él de común acuerdo, los dos chavales y yo. Y andamos y caminamos… y por fin allí está.

Alargo el brazo mientras enseño el código en el móvil.

Una alguien me pone una pulsera en la muñeca.

El concierto aún no ha empezado.

Dios existe y ama a Bnet; y a mí me dejó que acudiera ese concierto sin igual.

¿Qué posibilidades había de que Scarpa en verdad conociera a nadie? A nadie conocía. ¿Qué posibilidades existían de que la segunda entrada que había comprado Santamaría no se la hubiese adjudicado nadie todavía?

Pero lo más fuerte e inverosímil era que Miguel Sánchez Santamaría pensase que el concierto sería al día siguiente.

Dios también le ama a él y me utilizó a mí para que mi amigo Miguel no pasase luego el resto de su vida lamentándose por haberse perdido el concierto.

Todo lo anterior -como he dicho al principio de este texto acelerado- es verdad. La pulserita que me puso la chica en la muñeca derecha con tanto mimo como si me estuviese pidiendo en matrimonio aún no se ha caído, a pesar de que todos los días la meto una hora en la piscina cuando voy a nadar y que han pasado muchas semanas ya. Al final del concierto me encontré con Max y con su amigo Fer; fliparon a tres bandas (como era natural)

Fue maravilloso, inverosímil y bli bli blí bli bli blá. Cuanta felicidad. Naturalmente grabé un video, bueno: varios, pero de momento sólo he subido uno al canal de LA PIRINDOLA en Youtube: se percibe en las imágenes el buen rollo que existía entre todos los que estábamos allí.  Estábamos en casa, y Bnet era nuestro anfitrión: SÓLO TE NECESITAS A TI MISMO PARA HACER FREESTYLE, nos recordó a todos nada más empezar.

La vida es algo genial.

VER VIDEO:

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