Cayetanos y negacionistas vuelven a la carga, esta vez contra el plan de ahorro energético de Sánchez

03 de Agosto de 2022
Actualizado el 02 de julio de 2024
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Cayestanos en Ferraz

Uno está dispuesto a poner el aire acondicionado a 27 grados para ahorrar energía y ser solidario con sus paisanos en medio de una guerra como la que nos ha declarado Putin. Uno (llámenme antiguo porque aún me siga guiando por el bien común), acepta recortar el número de duchas semanales si ello sirve para aliviar el problema de la pertinaz sequía que padece España. Uno incluso puede tolerar las frivolidades de Pedro Sánchez, que desde esta semana va sin corbata a todas partes porque no la necesita, que para eso es Mister Handsome y le sobra percha y cuerpo serrano, no como al resto de los mortales que sin corbata no somos nadie. Pero con lo que uno ya no está dispuesto a tragar ni a transigir es con las sandeces de toda esa legión de ácratas de derechas, libertarios ultras, cayetanos de yate y misa de doce, anarcofascistas, rebeldes antisistema, señoritos feudales contra el Estado de bienestar, negacionistas iluminados y demás fauna ibérica que, tal como ya hicieron durante la pandemia, se han propuesto darnos la brasa y la turra de nuevo con el discurso de la libertad mal entendida, esta vez para negarse a cumplir las medidas de ahorro energético propuestas por el Gobierno de coalición.

No por favor, ya tuvimos bastante mierda ideológica durante el confinamiento. ¿Lo recuerdan? Sí hombre, cómo olvidarlo. Las manifestaciones en coche promovidas por Vox al grito de libertad, libertad; las caceroladas de héroes de pacotilla contra la supuesta dictadura bolivariana-sanchista; el absurdo no a la mascarilla; el tabernario movimiento ayuser movilizándose como un solo hombre en los bares de medio país para darnos lecciones baratas de filosofía, de derecho constitucional, de derechos humanos. Soportar otra vez la misma pesadilla, el mismo circo de los cínicos sin miedo al ridículo, la misma pantomima, el mismo delirio trumpista y terraplanista, puede ser demasiado para el cuerpo. No podremos superarlo, enloqueceremos sin remedio. Y mira que se ve venir.

Preparémonos para una movilización general de hordas insolidarias, egoístas y fanatizadas unidas única y exclusivamente por el odio a Sánchez que bajo el pretexto de que nadie puede recortarles la libertad se echarán a la calle para defender su sacrosanto derecho a convertir su casa en un iglú con la refrigeración a veinte bajo cero y a dejar el grifo abierto para despilfarrar agua si les viene en gana. Que se vaya olvidando Sánchez de que su plan de ahorro sea un éxito de cara al crudo invierno que se avecina si Putin cierra el canal del gas. Que abandone toda esperanza de que su apelación a la responsabilidad de cada ciudadano para hacer frente al peor de los escenarios, como dice la ministra Calviño, cale en las mentes de esas élites que van a su aire al margen del Estado. España siempre fue un país individualista donde cada cual hace la guerra por su cuenta. España es ese extraño lugar donde un fanático es capaz de ponerse tres corbatas en pleno mes de agosto, una encima de otra, con doble nudo si hace falta y aún a riesgo de morir ahogado de calor por el sol de la Castellana, solo para fastidiar al presidente que no es de su cuerda.

Algunos comerciantes del sector textil y de las boutiques grandes y pequeñas ya han empezado a realizar los primeros movimientos subversivos contra el plan gubernamental de ahorro de energía. Se quejan de que subiendo unos grados el aire acondicionado, tal como ordena Moncloa, les espantarán a la clientela, que acabará buscando otras tiendas donde haga más fresquito. Dicen que la economía del siglo XXI funciona así. A esa monumental estupidez nos ha llevado la posmodernidad. A ese mundo de bobos neurotizados que no paran de quejarse por todo hemos llegado tras décadas de superficialidad, banalidad, deshumanización, pérdida de valores, hedonismo ególatra, individualismo insolidario y sociedad de consumo posindustrial. Hemos alcanzado un punto insoportable de degradación moral y cretinismo en el que, mientras el mundo está a punto de irse al garete por una guerra nuclear entre superpotencias (lo de Taiwán pinta muy mal), el mayor problema que parecen tener algunos es que Sánchez les obliga a pasar un poco de calorcillo por el bien de su país.

A veces tenemos tendencia a pensar que todo este estúpido movimiento supremacista y de la negación ha surgido con el loco Trump, pero no es así. ¿Recuerda el lector de esta columna cuando nuestro ínclito Aznar, rebelándose contra una campaña de concienciación de la DGT para reducir el número de muertos en carreteras, dijo aquello tan chulesco y arrogante de “¿y quién te ha dicho que quiero que conduzcas por mí?”. Pues de aquellos polvos libertarios estos lodos, esta ola de alérgicos al principio de autoridad, estos pijos disidentes siempre dispuestos a desobedecer la ley, a no respetar nada que no sea su santa voluntad, a pisotear al otro, a saltarse las normas, a cagarse en los principios fundamentales de la democracia y del Estado de derecho. Ayer mismo, sin ir más lejos, la insumisa Isabel Díaz Ayuso, musa de la nueva hornada de seres delirantes que sueñan con un mundo caótico sin gobiernos y sin reglas, en plan Mad Max, ya avisó de que no piensa cumplir la orden de ahorro de Sánchez, rebelándose de nuevo como ya hiciese contra las normas sanitarias durante la pandemia. A IDA no le gusta que se apague el alumbrado de los edificios públicos y los escaparates de las tiendas porque la medida ahuyentará el turismo y Madrid será una ciudad “oscura, pobre y triste”. Esta mujer es peor que un dolor de muelas.

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