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Contra los equidistantes

Braulio Llamero
Braulio Llamero
Escritor. Su última novela, recién publicada, “Lo que nunca se contó de Artemio”. Su último libro para niños, “¿Puedo borrarme de vampiro?”. También es periodista y ha trabajado en medios locales y regionales de radio, prensa y televisión. Fue columnista diario durante décadas en La Opinión de Zamora (donde también fue director) y Tribuna de Salamanca, entre otros. Más información en www.brauliollamero.com
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análisis

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La llamada equidistancia es, en efecto, tóxica, venenosa y contraproducente. Según la RAE, que tampoco es que se lo haya currado mucho, se define como «Igualdad de distancia entre varios puntos u objetos”. Aunque yo obviamente, estoy hablando en un sentido diferente, el político. Y en este aspecto la definición debería ir más bien por “igualdad de distancia entre las distintas opciones o posturas o propuestas políticas”. Así lo ven quienes se declaran equidistantes en cualquier conflicto.

—Yo, ni de izquierdas ni de derechas. Ni del PSOE ni el PP. Ni machista ni feminista. Ni fascista ni comunista…

Si soy sincero, mi definición personal de la figura sería: última trinchera de los cobardes. Eso, en plan duro. En plan más fino: pereza de pensar. Para los equidistantes todos son extremistas salvo ellos, almas puras, desprendidas y ajenas a cualquier tipo de posición. Son el fiel de la balanza, mientras los demás somos sectarios que se inclinan hacia un lado u otro. Nunca señalan culpables en los temas conflictivos. ¿Que las instituciones se pudren por incumplimiento del deber de renovación por parte de un partido muy concreto llamado PP? Ellos, beatíficos, llaman a la paz universal:

—A ver si los partidos, hombre, son sensatos y renuevan.

¿Los partidos? Oiga, que solo es uno el que bloquea, porque cuando pierde elecciones no el viene bien a sus intereses…

—A ver si los partidos, hombre, dejan de crisparnos, se ponen a trabajar por el bien de todos y dejan los gritos e insultos.

¿Los partidos? ¿En general? Solo hay dos partidos que crispan, gritan, insultan y descalifican. Los demás aguantan el chaparrón. ¿Por qué no diferencia usted entre quienes trabajan y quienes insultan?

—Todos los políticos son iguales y van a lo que van.

¿Todos? ¿De veras? ¿No hay ni uno que sea diferente? ¿Los conoce usted uno por uno con ese grado de precisión? ¿No será más lógico que, como en botica, haya de todo, también ahí?

Nada. Ellos son inmunes a cualquier pregunta. No se mojan nunca. Jamás salen de lo genérico, porque así pueden ir de duros por la vida sin que nadie pueda decir que se metieron con los suyos. Pura cobardía. Y pura, sobre todo, pereza de pensar. Porque, claro, para poder opinar con algo de fundamento sobre cualquier asunto se necesita obtener información, entenderla, procesarla, razonarla y llegar a alguna conclusión lógica y explicable. Qué pereza, ¿no? Con lo cómodo que es no informarse, aceptar acríticamente cualquier lugar común o charloteo de amigotes. Y es que, como decían en mi pueblo cuando yo era pequeño:

—Cuesta menos creer que comprobar.

Total, que esto se nos ha llenado de equidistantes, que engolan la voz pidiendo bondad universal, sin detenerse a diferenciar los que ya son buenos de por si y quienes practican la maldad con contumacia. Y yo, ante ellos, me siento como un dios. En sentido literal. La Biblia lo proclama bien clarito: Jehová escupirá de su boca a los tibios. No a los pecadores, ojo; a los tibios. O sea, a los ni fu ni fa, a los ni carne ni pescado, a los equidistantes. Pues yo, como un dios de andar por casa, igual. Me parecen de lo más tóxico que hay.

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