Cuando el Estado de bienestar se hunde, la extrema derecha sube

05 de Diciembre de 2023
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Vox vuelve a subir en las encuestas insuflado por el malestar de buena parte de los españoles tras la amnistía. La fiebre ultraderechista que ataca a nuestra enferma democracia es así. Unas veces estará más alta, otras, disminuirá en función del grado de cabreo de la ciudadanía en cada momento determinado. Ahora toca que el termómetro esté a más de cuarenta y subiendo.

Tras el aquelarre fascista ante la sede de Ferraz, los de Abascal andan crecidos en los sondeos. De ahí que hayan visto el momento propicio para escenificar una ruptura con el Partido Popular, una táctica que no deja de ser puro postureo, ya que los diferentes bifachitos en las comunidades autónomas y ayuntamientos no se tocan y permanecen intactos. En Vox son ultras, pero no estúpidos, y el poder, en su versión local, regional y estatal les gusta como al que más. Van de defensores de la España “una, grande y libre”, de grandes detractores del modelo territorial descentralizado establecido en la Constitución del 78. Despotrican mucho del Estado de las autonomías, pero a la hora de la verdad, como a nadie le amarga un dulce, como nadie le hace ascos a una peladilla, firman lo que tengan que firmar para meter cabeza en gobiernos y consejerías y levantarse un buen parné. Con una jugosa nómina a final de mes, más pluses y dietas por desplazamientos y demás complementos, ser patriota se saborea mejor.

Ayer, el secretario general voxista, Ignacio Garriga, anunció que su formación rompe con los populares bajo el argumento de que Génova se niega a entrar en una estrategia conjunta contra Pedro Sánchez, denunciando lo que ellos ven como “ataques y desprecios” por parte de los populares. Como Feijóo rechaza frenar la ley de amnistía en el Senado, y también es remiso a emprender acciones legales en común con Vox, los ultras ya le han vuelto a colgar el sambenito de tibio, blandengue y cobarde (el mismo que en su día le colocaron a Mariano Rajoy). Desde el PP, quien mejor ha leído la estrategia errática de Vox es Borja Sémper, para quien es “difícil seguir” a los ultras, ya que un día Ortega Smith llama “gallinas ponedoras” a los populares (por no tener “huevos” para frenar a Sánchez) y al siguiente piden un gran pacto de las derechas contra el sanchismo.

Pero más allá de las habituales incongruencias de la extrema derecha, lo cierto es que Vox sube en las encuestas y es el partido que mejor rentabiliza la polvareda social por la amnistía. Y aquí la gran pregunta es: ¿qué está pasando en las sociedades democráticas occidentales para que el neofascismo posmoderno arraigue de esa manera tan profunda? Pues pasa que muchos ciudadanos están hartos de sentirse abandonados por el Estado de bienestar. Pasa que cuando van a un hospital público, reciben una atención médica deleznable y han de operarse de algo, grave o leve, la palman antes de entrar en el quirófano por las malditas listas de espera. Pasa que cuando tienen que tomar un Cercanías para estar a la hora en punto en el trabajo, el tren no llega nunca. Pasa que cuando se ven obligados a recurrir a la Justicia para reclamar lo que es suyo, la sentencia tarda meses en dictarse, o años, o no llega nunca (todo ello mientras los magistrados conservadores y progresistas se cosen a puñaladas traperas en luchas políticas intestinas). Pasa que cuando llaman a la Policía porque se sienten acosados por una banda de pandilleros, al final los malos siempre ganan y son ellos mismos los que tienen que defenderse de la mafia en una especie de ley de la jungla donde sobrevive el más fuerte (pronto veremos comandos ciudadanos patrullando aquellos barrios en los que ya no entran las fuerzas de seguridad). Pasa que las basuras se amontonan comiéndose algunos guetos sin que nadie los limpie. Pasa que, a pesar de los esfuerzos del Gobierno Sánchez, sigue habiendo hambre y miseria, salarios tercermundistas, explotación laboral y contratos precarios. Pasa que los pobres están pagando el pato del calentamiento global mientras los ricos se ríen de todo en la Cumbre Climática de Dubái convertida en un mercadillo de jeques y petróleo al por mayor. Pasa que la escuela pública se cae a trozos y de allí ya no salen mentes preparadas para el futuro, sino pequeños fachas que adoran a Franco y jóvenes influencers que solo piensan en forrarse y en largarse con la pasta a Andorra. Pasa, en definitiva, que el Estado de bienestar ha claudicado en todas sus áreas y servicios públicos para transformarse en Estado de malestar.

Demasiadas cosas funcionan defectuosamente en nuestra joven democracia y en medio de ese caos aterrizan ellos, los proselitistas del odio con sus ideologías machistas, racistas y homófobas para darle a la gente la falsa promesa de un futuro mejor. En Comanchería, la última gran película que uno ha tenido la oportunidad de ver con agrado, dos hermanos planean una serie de robos de bancos en cadena y en plan kamikaze en la desertizada y paupérrima Texas de hoy. Y todo para reunir el dinero suficiente con el que poder salvar la granja de la familia, amenazada por las deudas y la hipoteca. No se trata solo de un thriller rural o un wéstern policíaco, sino toda una denuncia social sobre la gran estafa del sueño americano. Quien quiera saber por qué Trump puede volver a ganar las elecciones en Estados Unidos, verá en esas casas ruinosas de la película donde antes había un jardín con máquina cortadora de césped y ahora hay un vertedero de chatarra, en esa tierra tejana cada vez más yerma y estéril, en esos pozos de petróleo que ya solo extraen hambre para el pueblo, en resumen, en esos personajes descarriados y borrachos que pululan por grasientas gasolineras y bares de mala muerte, el gran colapso del Estado de bienestar yanqui. Aquí, al otro lado del Charco, en Europa, también vamos camino de nuestra propia comanchería. 

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