El horizonte quimérico de Martín Llade: narraciones con contrapunto y fuga

28 de Septiembre de 2022
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Martín Llade
Martín Llade

El horizonte quimérico es el título con el que Martín Llade nos regala sesenta relatos fantásticos (en todos los sentidos de la palabra fantástico) sobre personajes de la historia de la música, publicado en Musicalia Scherzo. La realidad documentada junto a la imaginación desbordante del autor conforma el contenido de unas narraciones muy bien hiladas que provocan curiosidad, asombro, reflexión y, a veces, sonrisa. Y tanto da que Satie descubra el aleph que después contemplará Borges, que Beethoven recupere el oído, que Chaikovski se ponga los calcetines de Bob, que José Luis (Pérez de Arteaga) se encuentre con todos los grandes “in the haven”, que Mozart niño se sintiera prisionero encerrado durante siete días en una estancia y demostrara que sabía componer o que la última obra de Strauss fuera la ‘Polka de la Parca’, que dejó a medias, pues durante el proceso se lo llevó a bailar una dama desconocida… Son algunas historias de las cinco docenas de narraciones sorprendentes que nos ofrece, sin quimera alguna, el menú degustación horneado en el fogón literario del autor donostiarra. Y siempre está la música y las opiniones sobre ella y la delectación que dicho manjar le puede causar aún escuchante apasionado, como le ocurre a Charles Baudelaire en el relato que da título al volumen, ‘El horizonte quimérico’.

La mente lladiana es enciclopédica y recuerda los hechos más nimios del universo de la música, de un compositor o de una partitura, de un concierto o de una interpretación en algún lugar recóndito. Sobre la realidad construye relatos, unas veces surrealistas, otras laberínticos, que vienen a ofrecernos una visión cubista o caleidoscópica de las personas o las circunstancias. Con inteligencia barroca, que se abre a la riqueza de horizontes ingeniosos, Martín Llade realiza un verdadero aprovechamiento literario de lo que sabe y lo que imagina y es capaz de ensamblar lo real y lo imaginado en ágiles narraciones, con un lenguaje en el que entreteje lo coloquial con la terminología musical y reproduce el ritmo propio de la espontaneidad de la expresión oral. Él es muy ducho en escribir para leer en voz alta, como apreciamos cada día en Sinfonía de la mañana, en Radio Clásica, y ese ritmo se transmite al lector en estos textos, que cuando se leen, se tiene la sensación de que se está escuchando al locutor que los escribe y los dice.

En los cuentos de El horizonte quimérico parece como si se quisiera diluir la realidad y contrastarla con lo insólito, en un contexto de humor o misterio, para reconstruir la historia del personaje del que se trate. El hecho es que esa mixtura termina por atrapar al lector. Es entonces cuando pensamos que estamos ante una obra no solo de alguien que sabe mucho de música y nos lo cuenta, sino de quien que está haciendo intencionadamente literatura. Y es ahí, en el hecho literario de contar historias, donde mejor se manifiesta esa característica de la obra de Martín Llade de tratar lo fantástico o traer al relato elementos inexplicables que pueden rayar en lo inverosímil, lo absurdo o el desvío de la lógica razonable, pero que sirven como contraplano para la realidad a la que se hace referencia. Todo tiene su razón de ser.

En una lectura superficial y anecdótica se podría pensar que estamos ante un escritor ocurrente y fantasioso, pero nada más lejos de la realidad. Los textos de El horizonte quimérico son estructuralmente congruentes, están bien cohesionados alrededor de un tema central fundamental que da unidad y sentido a lo real y lo imaginado. La suma de detalles, los hechos que se cuentan (verídicos o no), las reflexiones, las anécdotas y las suposiciones toman sentido al integrarse perfectamente en el eje/tema clave, creando una verdadera coherencia compositiva, en la que hay que entender el sentido de lo ucrónico e incluso lo distópico. Mutatis mutandis, y ya que estamos en el mundo de la música, podríamos decir que en esta forma de narrar algo hay de contrapunto que equilibra armónicamente las distintas voces o planos de lo real y lo fantástico, y, a la vez, algo de fuga, con la presencia del tema principal de inicio en cada una de sus voces (personajes), que permanece presente a lo largo de la narración.

En la advertencia previa ya se nos avisa sobre el contenido del libro y sobre su intencionalidad (literaria), cuando Llade escribe: “Todas las historias aquí contenidas han de ser tomadas como lo que son. Ni más ni menos que fugaces visiones, distinguida a golpe de vista, en el horizonte quimérico. Que la realidad irrumpa con su lógica simplista y escasamente imaginativa sería muy poco deseable para el autor, y este espera que, también, para el lector”. Así pues, cada cuento nos parecerá arrancado de un sueño o de un duermevela, en el que se despliega un imaginario riquísimo, cuasi cinematográfico, que proyectará en la pantalla de las páginas a Mozart, Stravinsky, Satie, Bach, Haydn, Vivaldi, Sibelius, Chopin, Wagner, Janácek, Cherubini, Mendelssohn, Ravel, Chaikovski, Beethven, Strauss, Dvorak, Rossini, Haendel, Lully, Kórsakov, Mahler, Boulanger, Albéniz…y muchos otros nombres y circunstancias.

 Aunque la coherencia estructural es evidente, el desarrollo de cada relato mantiene su libertad. Nada más lejos de pensar que nos vamos a encontrar sesenta cuentos clónicos, porque su trasunto sea el mismo en todos: el universo de la música. La diversidad impera. Si bien, en general, los finales suelen ser sorprendentes, hay piezas especiales que atrapan por algún flash sorpresivo que es muy propio del estilo de Llade. Por citar alguno, casi al azar, ahí tenemos ‘Stravinsky goes pop’, ‘Desde el cable’, ‘Lo más prudente era matarlo’, ‘Calderilla’ o ‘El hombre de las tres manos’.

El horizonte quimérico no es un libro específico solo para melómanos, es una obra adecuada para cualquier lector con curiosidad que aprecie los contrastes y sepa huir de los dogmas. La vida es como es y también se puede imaginar cómo pudo ser. La hipótesis y el ser no se contradicen, se complementan en esta obra de Martín Llade, que, además de estar bien escrita en estilo llano, ilustra, entretiene, perturba, alegra y asombra. Estoy seguro de que su lectura no dejará a nadie indiferente.

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