El libro que abre un debate sobre la Cristiandad

15 de Julio de 2024
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El libro que abre un debate sobre la Cristiandad

Un esfuerzo titánico ha debido ser escribir Cristiandad para Peter Heather (Editorial Crítica). Como él mismo ha dejado por escrito, guiado por la perspectiva del largo plazo histórico, ha intentado (y logrado) «explorar desde la base las razones exactas que hicieron que Europa se convirtiera en la cristiandad». Hoy en día, de forma interesada, hay muchos autores que expresan un tipo de cristiandad que los hechos históricos no reflejan. En muchos casos hay una especie de mito sobre una construcción, más allá de la intervención del emperador Constantino, que parece una leyenda artúrica con sus monjes y sus caballeros. Y no, la historia muestra que no ha sido así.

Es inexplicable, salvo por un apoyo divino, que los cristianos llegasen a ser algo más que una pequeña secta judía. Al menos algo que supusiese una molestia para el poder político del Imperio romano. La historia anterior a la cristiandad muestra que los cristianos fueron captando adeptos, poco a poco, no tanto por su irreverencia ante la religión oficial, sino por su constitución como comunidad y la capacidad de soportar el martirio del que eran objeto por no transigir con los dioses romanos. Es conocido que san Pablo habló a los helenos del “dios sin nombre” que tenía su propio espacio en la acrópolis ateniense, pero eso no existía en Roma. La religión era política y la política tenía una connotación religiosa.

Esa mezcla de creencias y poder político fue lo que utilizó Constantino para establecer el cristianismo como religión oficial. Ese simple gesto suponía que toda la red de poder del Imperio romano debía entregarse al cristianismo si quería seguir siendo influyente y poderoso. Antes de que llegasen las comunidades cristianas a lo largo y ancho de las fronteras, el simple gesto del emperador suponía que habría cristianos (aunque fuese de boquilla) en todos los núcleos de poder. Sin este paso, explica Heather, no podría haberse producido el desarrollo posterior. El cristianismo se fue expandiendo a lomos del poder político. Eso fue así. Guste o no guste. Y gracias a ese apoyo político, que estuvo a punto de desaparecer con Justiniano y algún que otro invasor con el declive imperial, se irían asentando las comunidades y las iglesias cristianas.

Un segundo impulso fue producido por el Sacro Imperio Romano Germánico. Más como conservador de toda la estructura eclesial, que ya había logrado domeñar las almas de los habitantes de Europa (son interesantes las páginas dedicadas a la conversión de las tribus de la isla británica), y como ariete de lucha contra las invasiones islámicas. Al final las particiones, el lento desarrollo de lo que devendrá el Estado, irán minando el poder político, pero lo cristiano persistirá en todos los reinos. La Cristiandad era el pegamento de todas esas tribus y feudos repartidos en tan magna extensión de tierra.

En el libro encontrarán una perfecta explicación de todos esos dimes y diretes que tan ocultos han estado a la cultura popular. Nada de momentos de oscuridad y cerrazón intelectual. Heather expone claramente todos los debates que se tenían sobre temas como el Credo (especialmente el niceno) y otros debates teológicos en los concilios. Puede resultar extraño al lego que se convocasen concilios y más concilios, generales o parciales, para resolver todas las posibles herejías o las relaciones con el poder político. Los obispos eran, realmente, los que mantenían en pie a la Iglesia. Sin una autoridad principal hasta el “acuerdo” entre el obispo de Roma (siempre especial por ser el heredero de san Pedro, pero no más allá) y el emperador para elevarse por encima de sus iguales. Sí, el papado tal y como lo conocemos hoy en día es algo muy de mediados de la Edad Media.

La creación de las órdenes religiosas, el magisterio de san Agustín y otros padres de la Iglesia están recogidos en el libro como apoyo para el hilo principal, el cual se asienta más en las redes de poder político y religioso. Eso sí, alguno podrá sorprenderse al observar que los “curas” podían estar casados y tener familia y que existieron, pocas, diaconisas. O que las cruzadas fueron, en cierto modo, utilizadas por el papado para significarse entre los demás obispos, alejando el mito de algo de carácter divino.

Si algo hay que reprochar al autor es su aroma anglicano. En ciertos momentos sobrevuela algo de la leyenda negra y la postura antipapal, pero en términos generales es un muy buen libro para personas interesadas en la historia medieval y del cristianismo. Lástima que termine hacia el año 1200, justo cuando comenzaría a moverse el suelo en la cristiandad. Cuando todo viraría hacia el humanismo. Cuando llegaría el debate nominalista. Cuando, pocos siglos después de su preeminencia, el papado sería puesto en cuestión por muchísimos cristianos recordando que antes, desde la muerte de los apóstoles, el poder del obispo de Roma no había sido así. El Estado comenzaba a forjarse y con ello la cristiandad perdía su apoyo imperial, pero siguió habiendo cristiandad más allá. Hasta que el racionalismo y el iluminismo acabaron fueron laminando sus bases… políticas y sociales. Un muy buen libro que permite un debate serio sobre la cristiandad.

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