«Por la llanura, bajo una noche sin estrellas y un espesor de tinta, un hombre solo avanzaba por la carretera de Marchiennes a Montsou, diez kilómetros de adoquines a través de los campos de remolacha. Delante, ni siquiera veía el suelo negro y sólo adivinaba el inmenso horizonte por el viento de marzo, ráfagas amplias como un mar, heladas tras haber barrido leguas de marismas y tierras desnudas».
«Embrión», «semilla», «simiente», «grano» y «rudimento» son todos sinónimos que el Diccionario de la lengua española de la RAE sugiere como términos equivalentes a «germen». Esta palabra tiene mucho que ver con Germinal, el título de la novela de Émile Zola que la Real Academia Española define como: «Perteneciente o relativo al germen», es decir, a la «Parte de la semilla de que se forma la planta» o al «Microorganismo, especialmente el patógeno». Ambas acepciones contrastan enormemente por ser sólo la primera amable y primaveral.
Lamentablemente por lo que implica, pero también oportunamente, la obra francesa Germinal fusiona la acepción menos higiénica («microorganismo patógeno») con el «Principio u origen de una cosa material o moral» que la RAE también atribuye a «germen». En esta historia, se combina lo «patógeno» y grotesco con lo ético, induciendo al lector a preguntarse por el «origen» de esa confrontación que, tantas veces, el cine y la literatura han representado entre trabajador y empresario. Émile Zola nos ofrece un retrato (el de una parte de la sociedad francesa) en el que, entre el blanco y el negro, el lector encuentra bastantes grises.
A continuación, explico mi experiencia personal con la lectura de Germinal y los motivos que me han llevado —como también lo ha hecho la biografía María Antonieta, de Stefan Zweig— a afirmar que no pongo la mano en el fuego ni por el pueblo ni por la clase dirigente, sino por quienes conozco en lo personal y por quienes yo decido correr el riesgo individual de quemarme.
Breve encuentro con el autor
Hijo de un ingeniero italiano, casi a mediados del siglo XIX, Émile Zola vio la luz por primera vez en Francia. Al quedar huérfano de padre a temprana edad, la responsabilidad de gestionar la precaria economía familiar recayó en su madre. Con tal de no ser una carga para ella, tras dejar los estudios, É. Z. entró a trabajar como dependiente en una librería. A partir de este momento, dedicó parte de su tiempo a la escritura, desarrollando una labor muy próxima al periodismo. No obstante, fueron sus novelas las que le granjearon la fama.
Precisamente, entre estas obras está Germinal, que se integra en un grupo de otros tantos libros del mismo autor protagonizados, todos ellos, por trabajadores de la clase obrera. En el caso que nos ocupa, los protagonistas son los miembros de tres generaciones de mineros que, junto a otras tantas familias dedicadas al mismo oficio, se declaran en huelga. El fin, conseguir que la compañía de accionistas para la que trabajan les ofrezca las mejoras que ellos, los mineros, estiman necesarias. El medio, interrumpir la ejecución de sus tareas en las minas.
La literatura de Émile Zola obtuvo el favor de unos y el cuestionamiento de otros. Los «unos» apreciaban justo lo que los «otros» criticaban negativamente. Lo que está claro es que la exactitud y pormenorización con las que É. Z. describió, en sus diversas novelas, a la sociedad francesa del momento no dejó indiferente a nadie.
Se sobreentiende que toda sociedad, en líneas generales, tiene un anverso amable y un reverso desagradable. Sin embargo, aunque esta es la divisa de toda nación, cuando un escritor pone el dedo en la llaga y muestra la parte cruda del comportamiento social, muchos se sienten incómodos y acuden como buitres a la carroña. El autor ha destapado una realidad que nadie quiere admitir —como es lógico, dada su naturaleza amarga—. La diferencia es clara entre quien hace acopio de valor, y enfrenta estos aspectos descorazonadores, y quien, por el contrario, los oculta por intereses políticos o de otra índole cuestionable.
Émile Zola no duda en mostrar la faceta rancia de la sociedad: el hambre, la prostitución, los asesinatos, la miseria… Y lo hace a lo largo de los diversos libros que escribe, de los cuales sólo he leído Germinal —aunque conozco los detalles de las otras novelas que me permiten afirmar que su literatura escoció (y seguirá hiriendo) a quienes se empeñan en mostrar que la realidad transcurre tranquilamente cual río libre de aguas fecales—.
«Germinal»
No hay ningún río que atraviese como tal el área donde se encuentra el barrio en el que viven los personajes principales de Germinal. En su lugar, se expanden extensos campos de remolachas que irrumpen la aridez del paisaje, ennegrecido por las minas de carbón. Las descripciones que del entorno y las personas que lo habitan realiza Zola a lo largo de todo el libro sobrecogen.
Los críticos que alaban la literatura de este escritor coinciden en la aptitud
que tenía el autor francés para transformar la palabra en arte y pincel. Yo doy fe de ello: Germinal es una novela que ineludiblemente se concibe, tanto si se quiere como si no, en la mente del lector. Tales son la minuciosidad y precisión con las que É. Z. detalla el escenario y los acontecimientos que al lector no le queda otra que reproducir imágenes mentales por cada página que lee. Estas fotografías cerebrales se suceden una tras otra, como si de una película se tratara. Por ende, nos encontramos ante una novela muy visual, con una prosa rica (sin ser pedante) y, en cuanto a ideologías, bastante divergente.
Con respecto a esto último, es importante matizar que, aunque la historia que presenta Émile Zola puede servir para reivindicar el derecho del trabajador a realizar sus tareas en unas condiciones dignas y a cambio de un salario igualmente decente, no se obvian aquellos factores que tampoco favorecen al trabajador y que no dependen de los accionistas de la mina, sino de la mismísima clase minera.
Esta capacidad de É. Z. para mostrar el descontento justificado de los mineros de su historia y ser capaz de resaltar a la vez las faltas de la propia clase trabajadora es, con todas las de la ley, lo que más me ha cautivado del libro. Con ello, Zola se configura como un hombre que analiza y reflexiona, que se erige como un testigo bastante objetivo del sistema social y laboral que inspiró Germinal, y que tiene en cuenta las virtudes y los defectos de accionistas y trabajadores —algo muy necesario en la España de estos últimos años, que se ha pasado al extremo de no detenerse a analizar el esfuerzo que algunos empresarios han tenido que hacer para levantar sus negocios—.
Zola se vale de sus diversos personajes para mostrar las distintas perspectivas, antagónicas pero complementarias, de un contexto que irradia muchos puntos de vista. La única forma de hacerle justicia a la Germinal de Zola es leerla sin atribuirle ningún color político, porque la porquería que aquí sale a la superficie pertenece a los dos bandos: a la clase trabajadora y a la clase empresarial. Además, citando unas palabras de Carmen Iglesias Cano, «La culpa tiene nombre y apellidos […]». En nuestro caso, los nombres y apellidos de los personajes de Zola y de quienes, en la realidad, siguen sus pasos.
Étienne Lantier es un joven maquinista que salta a la fama cuando su creador, Émile Zola, lo escoge como protagonista de su novela. Habiendo sido despedido de su trabajo anterior por asestarle un buen golpe al jefe, Étienne es admitido en una cuadrilla de mineros junto a los que dejarse la piel en la extracción del carbón; una tarea sumamente ardua que resulta especialmente difícil para quienes apenas tienen algo que llevarse a la boca (a decir verdad, la mayoría).
El alimento es energía, el maná que los mineros necesitan sin falta y que, sin embargo, no abunda en el barrio obrero. La subsistencia de los mineros y sus familias depende del talante de quienes tienen negocios destinados a la venta de comida, los mismos que deciden si fiarles o no las compras.
Es indiscutible que las condiciones de los mineros son del todo inadecuadas. A pesar de las enfermedades físicas que genera trabajar reiteradamente en posturas tan anómalas y bajo tierra —apenas reciben la luz del sol; las temperaturas oscilan entre el frío y el calor más absolutos, según la zona de la mina; el material de protección individual brilla por su ausencia; los desprendimientos no son peligros potenciales, sino peligros tangibles…—, las minas han visto desfilar a todas las generaciones de la familia de Maheu. Todos sus miembros —a excepción del bebé, los dos niños más pequeños (chico y chica) y la madre— madrugan para descender cientos de metros bajo la superficie y ganar una cantidad de dinero insuficiente por cada carreta de carbón bueno que extraen de la mina.
Aunque la vida es dura de por sí, su sequedad se magnifica aún más cuando la cuadrilla de mineros a la que pertenece esta familia —de la que Étienne ha entrado a formar parte— no realiza correctamente el apuntalamiento, una labor imprescindible para prevenir desprendimientos allá donde se ha extraído el carbón. Incumplir esta tarea conlleva un gran riesgo que muchos mineros están dispuestos a correr, antes de invertir tiempo en algo por lo que no les pagan. En lugar de apuntalar, prefieren seguir extrayendo el carbón, que es con lo que sí ganan dinero.
La multa que recibe la cuadrilla de Maheu aumenta todavía más el descontento. Lo que se había mantenido latente hasta entonces, pugna ahora por salir a la superficie. Finalmente, los mineros dejan aflorar su frustración, disgusto y desesperación en la huelga que Étienne promueve; una protesta colectiva durante la cual dejarán de trabajar hasta que la compañía mejore las condiciones de los trabajadores.
Sin embargo, el ansia de poder no es sólo un rasgo característico de la compañía: algunos mineros oprimidos quieren ser el opresor y vivir igual de bien que él. Cuando ya han logrado que la compañía pague el apuntalamiento, del mismo modo en que ya abonaba la carreta de carbón, los mineros se ratifican en la huelga y solicitan más medidas.
Gracias a esta protesta que Émile Zola escenifica con ayuda de sus personajes, el lector se percata de cómo la clásica lucha entre jefes y empleados aleja cualquier posible entendimiento entre ambas partes cuando ninguna de las dos
sabe detenerse a tiempo, incumpliendo así sus respectivas obligaciones y vulnerando los derechos del otro dentro de la jerarquía laboral que comparten.
Opinión personal
Étienne conduce a los mineros a la muerte: quiere alargar una huelga de la que muchos empiezan ya a dudar. Los mineros han depositado su confianza en alguien que, al igual que ellos, delega toda esperanza de cambio en el odio y en el afán de venganza. El líder que no sabe serlo, pero ansía serlo, y la masa de mineros —que ya no buscan un acuerdo, sino sustituir a los mandamases en su rol de ganar dinero sin trabajar— son los ingredientes que conducen a la mina hacia una auténtica explosión.
¡Posible SPOILER! (Busque donde pone: Fin)
Esta explosión simbólica es la responsable de que la esposa de Maheu se vea viuda y privada de tres hijos. Todos ellos fallecen y sólo permanece el intenso dolor y la desalentadora sensación de que nada ha merecido la pena.
Fin del posible spoiler
Hay varios aspectos que Émile Zola aborda de una forma muy acertada en la novela y que, desde mi punto de vista, permiten evitar que ésta caiga en la categoría estereotipada de obra revolucionaria que incita a un alzamiento masivo y sanguinolento de las masas:
- En primer lugar, Émile Zola da voz al obrero que presta sus servicios laborales en un entorno ya de por sí duro, en un contexto que exige del minero una fuerza física animal para enfrentar unas condiciones indiscutiblemente difíciles. Estas circunstancias complicadas vienen dadas por la propia orografía, además de la falta de recursos que la compañía propietaria de las minas debería proporcionar a sus trabajadores. Sin los empleados, las minas no producirían la riqueza que generan. Todo esto cabe unirlo a una remuneración insuficiente que no hace justicia a las dificultades y al desgaste físico que el trabajo en la mina conlleva.
- En segundo lugar, Zola asigna a Étienne el papel del líder revolucionario que carece de la formación y, sobre todo, de la información adecuadas, para dirigir con éxito y sin grandes incidentes a un colectivo numeroso de personas exhaustas. Aunque Étienne hace lo posible por adquirir el conocimiento que le convertiría en el héroe capaz de orientar y mejorar el futuro del minero, no logra entender cuanto lee para lograr un propósito honorable que no tarda en tornarse una lucha por invertir los roles opresor-oprimido. Como consecuencia, la ideología que Étienne se forja es una ensaladilla de ideas sueltas que unos y otros intelectuales han emitido en sus respectivas épocas y que, muy mal digeridas por parte de Étienne, van a arrastrarle a él y a los mineros por un camino indeseable.
- Émile Zola se vale de Étienne para mostrar el caos que los cambios producen cuando se pretende alterar el orden social en muy poco tiempo y no se espera a disponer de los recursos adecuados con los que mantener económicamente (en este caso) a los mineros durante toda la huelga —sobre todo, cuando ésta se prolonga en el tiempo—.
- La responsabilidad de Étienne es una responsabilidad compartida. Aunque algunos mineros procuran ser moderados, esa visión tan codiciada de ponerse en el lugar de los accionistas del libro y disfrutar de los grandes lujos les hace ambicionar el mismo modo de vida que el de ellos: cobrar sin mover un dedo. De aquí, podemos extraer la siguiente moraleja: el poder es igual de peligroso en las manos del opresor que en las manos del oprimido que, para hacer justicia, considera oportuno comportarse (con quienes no lo merecen) del modo en que lo ha hecho su opresor.
Acto seguido, comento los otros aspectos que quiero destacar.
La natalidad en Germinal
Otro tema al que Zola también alude en la novela es la natalidad. La familia de Maheu está constituida por un hombre anciano, niños pequeños que aún no están en edad de trabajar y jóvenes que se desloman (igual que el padre) en la mina. Aunque la compañía les ha dado una casa —como también ha hecho con los otros mineros—, el salario no alcanza para alimentar tantas bocas.
En la casa de Maheu comparten techo nada más y nada menos que un total de siete hijos, un dato que no le pasa desapercibido a su propia esposa, quien considera que, de ser menos bocas, podrían vivir con la nueva tarifa que — especialmente después de la huelga— la compañía propietaria de las minas paga.
La clase obrera tiene sus vicios
Émile Zola no deja de lado los vicios de los hombres de la clase trabajadora, como tampoco lo hizo Vicente Blasco Ibáñez en La barraca. Parte del escaso sueldo de los mineros va a parar a las bebidas alcohólicas en esta y aquella taberna. Algún defensor de lo indefendible podría decir que estas bebidas ayudan a entrar en calor —un eufemismo muy halagador que encaja aparentemente bien en una época en la que no existía la calefacción del siglo XXI—, pero me temo que en aquel entonces ya había alternativas para entrar en calor sin depender del alcohol: se podía hervir agua, consumir café, invertir el dinero que se fundía el alcohol en comprar ropa de abrigo... Estas otras opciones habrían reducido el número de mineros ebrios que se convirtieron en una pieza más del mobiliario de las tabernas.
En cuanto a las mujeres de Germinal, las hay que abrazan los cuerpos de quienes no son sus maridos; circunstancia que también puede extrapolarse a los mineros y capataces, que tampoco dudan en yacer con mujeres ya casadas. La prostitución es también otro tema que sale a colación. Catherine (la hija mayor de Maheu) teme entrar a formar parte de la casa donde están las mujeres que se prostituyen, cuya existencia nadie ignora; mujeres, a menudo viudas de mineros o jóvenes de familia pobre, que van a parar allí después de no encontrar trabajo para ellas en ningún oficio. No es el caso de Catherine, quien conoce bien el subsuelo terrestre y las minas.
Adiós infancia, adiós…
Otro de los puntos interesantes que Émile Zola saca a colación en Germinal es el trabajo infantil. Mientras que algunos niños en la novela —y, por extensión, en la realidad— asisten a la escuela, otros —como los hijos de Maheu— tienen que ponerse a doblar el lomo en lugar de estudiar. Sus padres los han traído al mundo para que sirvan como mano de obra que ayude a aportar algo al puchero. En según qué pasajes, los hijos de los Maheu — representantes de la infancia obrera en general— se muestran ante la mirada angustiosa del lector como la inversión de unos padres que ven en su prole la forma de sostener su futuro y también el de su descendencia.
Por descontado, los Maheu quieren a sus hijos y desean que sobrevivan —que no mueran de desnutrición—, pero se comportan con ellos de forma despótica. Tanto han llegado a normalizar esta actitud vejatoria que no se percatan de que, cada vez que actúan así, están más cerca de parecerse a las mismas personas que pretenden derrocar.
También hay ángeles en el infierno
Por último, es importante apuntar que, entre los accionistas de las minas, hay un propietario en concreto que sí se ha ganado el puesto que ocupa. Émile Zola crea un personaje disruptivo que ha trabajado codo con codo al lado de sus mineros, involucrándose en aquello en lo que ha invertido su capital y que, al igual que Zola, ha escalado la pirámide social comenzando desde la base.
Indudablemente, cuando el trayecto ascendente para alcanzar la cima parte de la falda de la montaña, hay dos opciones: jugar sucio (como hicieron algunos accionistas) o seguir un proceso más lento, pero también más honesto, para el que me pregunto —después de haber leído la novela— si mineros como Étienne habrían tenido suficiente paciencia, porque el itinerario por el que se decantan parece acercarles más bien a sus opresores.
Una reflexión personal
El pago que los mineros recibían por trabajar en las propiedades de los accionistas, y arriesgar su salud hasta el punto en el que el esfuerzo se tornaba en sacrificio, era completamente desproporcional. No obstante, tampoco se puede obviar que tener más descendencia de la que se puede mantener favorecía la pobreza, dificultando la salida de la misma. Las infidelidades amorosas y las cogorzas a las que algunos (y algunas) se entregaban con fruición es otra parte más de la oscura realidad de la miseria que, igual que se ha dado en las altas esferas, también se ha producido en las clases más bajas.
Pienso que É. Z. reivindica los derechos de una clase obrera maltratada, pero sin caer en el error de blanquear las malas conductas que parte de los mineros que se alzan en protesta en su libro mantenían en su día a día (amoríos, consumo desenfrenado de alcohol y trato despectivo a los niños). El escritor francés concibe la huelga minera como un conato que intenta poner punto final a toda una línea generacional de trabajadores explotados que, a principio de la manifestación, buscan un consenso que mejore sus circunstancias para, más adelante, reemplazar esta noble intención por un deseo peligroso de ponerse en el lugar del accionista.
A medida que la huelga se extiende en el tiempo, el odio que corroe a los mineros les lleva a olvidar las herramientas fundamentales que sí les favorecería: la educación académica, el control de la natalidad y una protesta mejor organizada y debidamente argumentada. Tal llega a ser la inquina acumulada, que los trabajadores se enfrentan entre sí, se dañan, se dividen… La derrota llega cuando los intereses individuales de los mineros pesan más que sus intereses colectivos.
En Germinal, la clase obrera se fractura frente a una clase de accionistas enriquecidos que permanecen unidos en la defensa de sus intereses. La vía del diálogo habría supuesto una opción menos sangrienta para ambas partes (accionistas y mineros).
Agradecimientos
[...] decía Cervantes: saber sentir es saber decir. Palabras de Luis Landero en su libro El huerto de Emerson. Yo espero haber sabido decir lo que esta lectura me ha hecho sentir. Muchas gracias por dedicar tiempo a este artículo. ¡Nos vemos en la siguiente ocasión!
Esta reseña fue escrita originalmente en 2022 o 2023, y revisada y pulida en en 2025.