Lo que pudo haber sido y no fue

Reseña de La dama de las camelias, de Alejandro Dumas hijo, escritor francés. Su padre es conocido, entre otros libros, por El conde de Montecristo

01 de Abril de 2025
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Lo que pudo haber sido y no fue. La dama de las camelias

Puesto que es una novela con tintes biográficos, he procurado informarme bien de la historia real. Sin embargo, circulan datos distintos y, a veces, contradictorios sobre algunos aspectos. Por ejemplo: aunque muchos artículos acerca de «La dama de las camelias» no indican cuándo enfermó de tisis Marie Duplessis —lo que nos impide saber con certeza si Alejandro Dumas hijo la conoció ya enferma—, he hallado uno que sitúa el año en 1841 y que corroboraría lo que refiere el prólogo de la edición que yo tengo: que Marie Duplessis ya tenía tuberculosis cuando el escritor francés la conoció. Señalo esto porque, como los testimonios documentales sobre la propia Marie no se deben a ningún diario de su puño y letra (sino a quienes, como Dumas hijo, han escrito sobre ella), hay ciertos huecos que, para rellenar, sólo admiten hoy día la especulación, la lógica que se le pueda dar a esas conjeturas y el sentido que las suposiciones adquieren cuando se contrastan con la novela «La dama de las camelias». Todo consiste en un intento de establecer paralelismos entre la realidad y esa ficción con trasfondo real que pinta Dumas en su libro. Yo me he esforzado en ser lo más exacta posible dentro de la subjetividad que tiñe mi reseña.

¡Reseña minuciosa, no apta para todos! (Contiene spoilers sin avisar)

Si hacemos caso a la novela, Alejandro Dumas hijo cayó prendado de Marie Duplessis cuando ella estaba ya enferma de tuberculosis, la misma dolencia (también llamada «tisis») que mató a su madre. Aunque Dumas hijo no era lo suficientemente rico como para costear los gastos tan exagerados de Marie Duplessis, la cortesana más famosa de París —una prostituta letrada que se movía entre hombres de clase social elevada— aceptó el amor del autor francés, quien, para mantenerla viva en el recuerdo colectivo, y quizás también para redimirla de sus pecados, decidió escribir La dama de las camelias, una obra que ha sido convertida en ópera. La Traviata, cuya música compuso Verdi, bebe de La dama de las camelias, que Dumas hijo escribió y publicó después de enterarse de la muerte de Marie Duplessis. En los tres casos: en la vida real, en la ficción literaria y en la versión cantada e instrumental, la protagonista ha tenido el nombre de una flor. Desde el principio, son las flores un elemento característico de Marie Duplessis; por algo, es La dama de las camelias. Sólo su identidad como cortesana se escapa del tiesto: en la vida real, nació como Rose-Alphonsine Plessis; en el libro de Dumas hijo, se convirtió en Margarita (Marguerite Gautier), y en la ópera italiana, se transformó en Violeta (Violetta Valéry). Sin embargo, como nombre «artístico», escogió «Marie» y añadió a su apellido (Plessis) un «Du» que le concedió cierto refinamiento.

Puesto que la novela parte de un hecho real, y sus dos protagonistas también han existido, he decidido escribir la reseña abordando a la vez fantasía y realidad en un intento de dilucidar qué pertenece a la verdad y qué es cortesía de Dumas hijo. Después de haber leído La dama de las camelias, y tras haber investigado en blogs y haber revisado vídeos y pódcast de literatura, explico hasta qué punto es históricamente cierta la relación que Dumas hijo narra entre Armando Duval (su «alter ego») y Margarita Gautier (Rose- Alphonsine/Marie Duplessis) en la obra más conocida del escritor francés.

Hay una autora, Julie Kavanagh, que ha escrito una biografía sobre la «auténtica» Marie Duplessis. No la he leído, pero dejo el dato por si a alguien le interesara.

De la nada a lo más alto

Tanto Alejandro Dumas hijo como Marie Duplessis tuvieron una infancia complicada. Él era el hijo ilegítimo de Alejandro Dumas padre y una modista. Ella era, en cambio, la hija de un hombre violento que bebía y maltrataba a su madre. El autor de El conde de Montecristo y Los tres mosqueteros —obras que, por lo visto, escribió en colaboración con Auguste Maquet— no reconoció oficialmente a su hijo al principio. Más adelante, todavía siendo Alejandro Dumas hijo un niño, Alejandro Dumas padre se lo llevó consigo para instruirle y darle una formación académica adecuada. Este cambio a mejor (en lo que respecta al desarrollo intelectual del muchacho) implicó poner distancia entre la madre de Alejandro Dumas hijo y su niño; una separación física que hizo mella en la modista, cuya figura y situación social el autor de La dama de las camelias reivindicó en otro libro suyo. En dicha obra, A. D. hijo manifestó esa idea tan importante de que el hombre que tiene coito con una mujer y un hijo con ella ha de dotar a esa unión de la dignidad del matrimonio, especialmente, en aquella época, cuando los hijos bastardos estaban mal vistos (aunque los abusos sexuales y las relaciones extramatrimoniales permanecían a la orden del día).

Para Alejandro Dumas hijo, ser el bastardo y crecer lejos de su madre supuso una lacra a la que hubo de añadirle las burlas y el rechazo de ciertos individuos de la sociedad que no le querían por ser hijo y nieto de mulatos. Su progenitor, Alejandro Dumas padre, era a su vez nieto de un noble francés blanco que tuvo relaciones sexuales con una esclava negra con quien no consta que se casara. Así pues, el abuelo de Alejandro Dumas hijo (Thomas-Alexandre) fue un hombre mulato —de origen aristocrático por la línea paterna— al que su propio progenitor (el marqués francés) vendió como esclavo para conseguir dinero; posteriormente, el noble lo compró y volvió a poner en libertad. Thomas-Alexandre Dumas sí contrajo matrimonio y tuvo a Alejandro Dumas padre, quien nació en el seno de una familia pobre (a pesar de los servicios que Thomas-Alexandre prestó a Napoleón Bonaparte). De no haber sido por el sacerdote que se hizo cargo de él, A. D. padre no habría podido llegar a adquirir un puesto de trabajo como escribiente de un duque gracias a su caligrafía (bien bonita según el gusto de aquel entonces).

Lamentablemente, A. D. padre no adquirió inmediatamente el compromiso que la paternidad le exigía. Cuando lo hizo más adelante, el círculo social que le esperaba a su hijo ilegítimo se amplió, lo que le permitió a Alejandro Dumas hijo, en plena juventud, conocer en persona a Marie Duplessis. La cortesana tuvo que escalar también socialmente, pero lo hizo por una vía distinta. El camino que recorrió fue más carnal y menos intelectual que el de Alejandro Dumas hijo, si bien es cierto que éste también tuvo una adolescencia «movidita», condicionada por ser el bastardo de Alejandro Dumas padre y llevar una gota de sangre negra (bastante diluida ya) por sus venas.

Los orígenes de la cortesana

Marie Duplessis fue la primogénita de un matrimonio compuesto, según algunos, por el hijo de una prostituta y un sacerdote, y con seguridad, por una mujer descendiente de una familia aristocrática venida a menos. La Revolución Francesa arrasó con las propiedades de la clase pudiente (estamento social que, efectivamente, abusaba del pueblo francés), pero sin medir algunas de sus consecuencias futuras. Entre ellas, mandar a la pobreza niños que podrían haber crecido sin carencias. No tenemos la certeza de que, al margen de la situación en la que la Revolución Francesa dejó a su familia materna, Marie Duplessis no hubiera sido, de todos modos, una mujer libertina que compartía lecho con un catálogo de hombres intelectuales. Pero está claro que haber sido hija de un violento borracho y haber crecido sin una figura materna presente no la favorecieron. Ello no la exime de responsabilidad sobre sus actos futuros, pero conviene analizar también el contexto social que la rodeaba para observar qué posibles caminos podría haber tomado si no elegía el de cortesana.

Cuando su madre se marchó a trabajar lejos —es posible que esperara volver a recuperar a sus hijas y llevárselas con ella (la tisis se lo impidió, pues falleció por tuberculosis antes de volver a ver a Rose-Alphonsine y su hermana pequeña)—, las niñas quedaron a cargo de una tía que devolvió a Rose- Alphonsine a su padre. Por lo visto, la futura cortesana (todavía pequeña) fue violada durante su estancia en la casa de la tía. Sin embargo, retornarla al padre no resultó ser una buena idea: Rose-Alphonsine comenzó a ser prostituida por su propio progenitor, quien terminó por llevarla a París.

Algunos dicen que la vendió a unos gitanos, aunque Julie Kavanagh, en una conferencia, menciona que fue el padre quien directamente la dejó en la capital. El caso es que allí, en la gran urbe francesa, se convertiría en Marie Duplessis y accedería al lujo que, hasta el momento, le había estado vetado. Por supuesto, el precio fue alto: su cuerpo a cambio de tener varios amantes con suficiente pecunio como para darle una vida sin estrecheces.

¿Qué otras alternativas había? Al principio, Rose-Alphonsine trabajó en alguna tienda. Su belleza impresionaba. Durante este periodo de su vida, un hombre decidió darle una vivienda donde alojarse y otro, una educación que le permitió ser algo más que una figura bonita para contemplar y admirar. Este último parecía estar verdaderamente interesado en ella, pero la familia, conociendo los orígenes de Rose-Alphonsine, se interpuso para que la relación no continuara su curso. A partir de aquí, Rose-Alphonsine tuvo los amantes y protectores que se le conocen. En concreto, destaco a los dos escritores: Charles Dickens —me sorprendió enormemente; no me lo esperaba— y Alejandro Dumas hijo. Cuando ambos trabaron relación con ella, La dama de las camelias ya había surgido bajo el nombre de Marie Duplessis.

Observamos, entonces, que Marie Duplessis podría haberse dedicado a trabajar, como lo estuvo haciendo, en alguna tienda o en alguna factoría, y alternar estos empleos para salir adelante. Sin embargo, es muy posible que, de haber elegido este camino, hubiera tenido que llevar una vida enormemente alejada del lujo al que parecía querer aferrarse y al que, probablemente, habría podido acceder por defecto desde su niñez (sin tener que esforzarse por ello) gracias a la aristocracia de su familia antes de la Revolución Francesa. No tenemos ocasión de preguntarle en persona, pero quién sabe si no pretendía recuperar, de alguna manera, lo que habría sido suyo: la rutina relajada y cómoda que otras mujeres amortizaban; señoras y señoritas que pertenecían a la burguesía, una clase social que despuntó con la Revolución Francesa que despojó a la familia materna de Marie Duplessis de sus bienes.

Yo propongo esta visión de los acontecimientos para que nos ayude a comprender mejor la aparente idealización que Alejandro Dumas hijo plantea del personaje, independientemente de lo que uno hubiera hecho o no de haber sido Marie Duplessis. Además, los hombres que le dieron la vivienda y la educación no lo hicieron gratuitamente.

Otro posible camino que la cortesana podría haber tomado, antes de convertirse definitivamente en una mujer de varios hombres, es ponerse al servicio de Dios. Ingresar en un convento podría haber sido otra posibilidad más para Marie Duplessis. Dentro de la fe, aunque ha habido abusos, también ha habido personas buenas y nobles que sí han ayudado socialmente a los desfavorecidos —cito el nombre de Cabrini y recomiendo la película Una mujer italiana, que está basada en la vida de esta monja—. ¿Por qué desestimó Rose-Alphonsine esta opción? Si tenemos en cuenta que se dice que su padre fue el hijo de un sacerdote que incumplió el celibato manteniendo relaciones sexuales con una prostituta, es posible que la futura Marie Duplessis no valorara refugiarse en la fe de Dios, asociando esa fe a una religión católica que —según su parecer (esto es una suposición)—no podría garantizar que los hombres, aunque religiosos, no abusaran sexualmente de ella si se daba la ocasión, a pesar de ser monja.

Tal y como yo lo veo, otras dos posibles explicaciones para no valorar una alternativa a la prostitución son: (1) que considerara que no había para ella salvación —ya estaba condenada y sólo quedaba hacer de la prostitución involuntaria, a la que su padre la abocó de pequeña, un negocio (esta vez sí) voluntario, que le permitiera al menos escoger a sus pretendientes y ganar más dinero que con los maltratadores de baja estofa, y (2) que no quisiera renunciar a los lujos a los que podía acceder si conseguía llegar hasta la clase intelectual más pudiente de la sociedad. Puesto que ciertos caballeros, aparentemente honrosos, se permitían tener amantes, bien pudo pensar Rose- Alphonsine que ella podría ser una más (si no la mejor).

Caben todavía una tercera y una cuarta explicación: ingresar en un convento habría implicado una renuncia plena a los vestidos llamativos, a ser admirada por determinada parte de la sociedad, a ir al teatro... Quizás, el mundillo en el que pretendía moverse (orgías incluidas) le gustaba en sí mismo. Sin embargo, al leer La dama de las camelias, esto se puede poner en duda.

También es posible que hubiera decidido, después de conocer la cruda realidad de la prostitución, y tras observar cómo esta práctica atraía a algunos hombres adinerados, condenarse aún más a sí misma, pero orientándolo de tal modo que pudiera ascender socialmente: pudo decirse algo así como «De perdidos al río y, ya que me han prostituido siendo bien pequeña, sigo por esta vía antes que por cualquier otra, porque no hay solución para alguien a quien le han hecho lo que a mí». Es posible que pensara que Dios le había dado la espalda o que ni siquiera existía porque, de existir, no habría consentido que le sucediera lo que, en verdad, fue decisión única y exclusivamente de su padre. Con este pensamiento, influida por la atracción que las oportunidades intelectuales, de entretenimiento (excluyo las orgías) y de comodidad ejercen sobre casi cualquier persona, es difícil que Rose-Alphonsine se hubiese decantado por una vía como la de ingresar en un convento (que representa justo lo opuesto a la opulencia) a falta de alguien que le hubiera ofrecido una alternativa noble e intermedia.

Mi interés en sugerir otras vías que Rose-Alphonsine podría haber tomado en lugar de elegir convertirse en Marie Duplessis nace del rechazo que me produce la idea de que una persona, deliberadamente, escoja la prostitución como forma de ganarse la vida. Como me repele que la cortesana pueda llegar a considerar que es una actividad lícita, e incluso disfrutable, he querido sugerir qué hace que alguien decida continuar ese camino y desestimar un sendero más saludable.

Concluyendo, en el caso de Rose-Alphonsine, no escoger la Iglesia —que sí fue una salida para otras mujeres— podría haberse debido a una pérdida de fe que, si alguna vez tuvo, se pulverizó al saber que su padre era hijo de un sacerdote con una prostituta. Esto eliminaría de la lista la opción del convento. En cuanto a la alternativa de trabajar en tiendas y fábricas, esta opción podía no aportarle suficiente dinero, lo cual no la ayudaría a salir de la base de la pirámide social y, además, podría también hacerla más vulnerable a posibles violaciones de malhechores de bajos fondos. En cambio, siendo cortesana se aseguraba (siempre y cuando tuviera amantes y protectores) de mantener cubiertas las necesidades materiales y, cuando se hubiera posicionado lo suficiente en su sector, elegir qué hombres en particular aceptar y cuáles rechazar.

Sobre formarse, educarse e impartir clases —que podría haber sido otra vía, pero ya hemos visto cómo la familia de aquel amante se interpuso para que éste rompiera su relación con ella—, cabe preguntarse: ¿habría estado la sociedad dispuesta a que Rose-Alphonsine accediera a la educación para, más adelante, trabajar como institutriz? Parece que esto no era muy probable: ser prostituida de pequeña bien pudo haberla convertido en una mujer estigmatizada, puramente libertina a los ojos de una clase social alta que se consideraba superior moralmente; una élite en la que, paradójicamente, muchas mujeres de buena familia y reputación tenían que competir con las cortesanas a la hora de encontrar marido y, una vez casadas, a la hora de compartir el marido con alguien como Marie Duplessis.

Sea como sea y pensara lo que pensara Rose-Alphonsine, una cosa sí está clara: ella decidió ser cortesana —más o menos impulsada por las circunstancias, pero voluntariamente—, haciendo de ello un negocio que, no obstante, la abocó a las deudas, según apunta Alejandro Dumas hijo en La dama de las camelias. De hecho, así es cómo comienza la novela, con una subasta que los acreedores promueven para vender las pertenencias de Margarita Gautier y recaudar el dinero que la cortesana del libro les sigue debiendo después de muerta. El narrador de la historia pronto da paso a otra voz, a la de Armando Duval. El único pretendiente que amó a Margarita por algo más que por su belleza lamenta el devenir de los acontecimientos que precedieron a la muerte de esta cortesana de 23 años (la misma edad que Marie Duplessis tenía cuando murió). En un proceso de confesión casi espiritual, Armando Duval se sincera con el personaje que nos introduce en la subasta y con el que A. D. hijo abre su novela.

«La dama de las camelias»

La dama de las camelias, aunque está basada en un suceso real, no debe ser entendida como una biografía sobre Marie Duplessis. Se trata de una obra de ficción en la que, desde mi punto de vista, A. D. hijo relata lo que pudo haber sucedido de no haber roto él su relación con la cortesana de la vida real y de haber querido renunciar Marie Duplessis al lujo y a los bienes materiales. A pesar de estar narrada con mucha sencillez, a la hora de analizarla se complica: las decisiones que Margarita ha tomado a lo largo de su corta existencia no le permiten obrar con Armando Duval como sólo él quiere al principio y como, más adelante, ella también desea.

Conmovida por tener un amante como este joven, que la ha conocido ya enferma de una afección tan contagiosa como la tuberculosis y que, aun así, sigue sintiendo interés por ella, Margarita decide darle un giro a su vida. Su idea es pagar las deudas que ha ido contrayendo para quedar libre de éstas. Pretende renunciar a todas las posesiones materiales y lujosas que Armando Duval no puede costear: Margarita elige abandonar la ostentosidad y el libertinaje de las fiestas francesas de alto copete por una vida sosegada en el campo. Quiere alejarse del bullicio pecaminoso del París en el que se venía desenvolviendo antes de la llegada de Armando, al que en un principio trató con desdén. Ahora necesita, en cambio, estar en su compañía y disfrutar de los pequeños placeres que la economía de él puede cubrir. Ansía vivir por encima de cualquier lujo material; necesita sentir que alguien la quiere a ella en lugar de sentir que los hombres se quieren a sí mismos a través de ella.

Para lograr su propósito, Margarita decide mantener a los amantes y protectores a los que destina el tiempo que no dedica a Armando. La idea es ocultar, en la medida de lo posible, su relación con Duval; quiere evitar que los otros amantes se ofendan y le dejen de proporcionar el dinero que necesita para saldar sus cuentas. Una vez saldadas, se verá libre para corresponder plenamente a Armando. Margarita considera que la suma que necesita para financiar su libertad la puede conseguir si mantiene durante algo más de tiempo a los otros amantes y si realiza la venta de su carruaje, sus caballos y sus enseres. Dejar atrás París significa para ella reconducir su vida en compañía de un amor sincero. Esta idea la entusiasma, sin embargo, Armando Duval siente celos ante el mero pensamiento de tener que compartir la cortesana con otros hombres.

Él ya sabía quién era Margarita y a qué se dedicaba. Conquistarla fue un reto, pues económicamente tenía muy poco que ofrecer en comparación al resto de pretendientes. Cuando lo conoció por primera vez, el pensamiento de La dama de las camelias estaba lejos de abandonar a sus otros amantes. Como quizás pudo sucederle a Marie Duplessis con Alejandro Dumas, Margarita temía que Armando fuera a desaparecer de su lado, como la mayoría de los amantes que transitaron por su vida. Estaba endeudada hasta el cuello: vestir trajes ostentosos, acudir al teatro —también cuando estaba libre y necesitaba otro amante que le proporcionara dinero—, dejarse ver en las fiestas, renovar el armario para estar siempre a la última moda y competir así con mujeres de alta alcurnia, y participar en el juego (actividad muy poco recomendable, pero habitual en las veladas también de los más pudientes) implicaba unos gastos que, por más generosos que fueran sus amantes, siempre conseguía ella superar.

La relación entre ambos, por tanto, no es fácil. Mientras que otros hombres están dispuestos a compartir los servicios de Marguerite Gautier, Armando la quiere sólo para él, como cabe esperar de alguien verdaderamente interesado en una mujer. Sin embargo, la amada en quien ha ido a posar sus ojos se dedica a alternar con unos y otros señores: todos ellos, caballeros bien posicionados que se permiten tener relaciones extramatrimoniales con una cortesana, lo que a su vez delimita los ingresos de Margarita. Al ser hombres de familia (algunos de ellos) y tener hijos a su cargo, la cortesana recibe el dinero que, después de cubrir sus otros gastos (casas, criadas, carruajes, caballos, esposas, niños...), los amantes transitorios y los protectores permanentes le proporcionan.

¿Quién dejó a quién y por qué?

Armando Duval es aquí claramente el trasunto de Alejandro Dumas hijo. El autor francés tenía celos de los amantes de Marie Duplessis. Aunque sabía lo que implicaba enamorarse de una cortesana (tenerla que compartir), Alejandro Dumas hijo albergaba la esperanza de que Rose-Alphonsine renunciara a la riqueza y a ese ritmo de vida tan vertiginoso que, además, no favorecía su estado de salud por tisis. La espera de un cambio que no se producía condujo a Dumas hijo a cortar su relación con Marie Duplessis. Con esta intención, le dirigió una carta en la que escribió:

«No soy lo bastante rico para amarte como quisiera ni lo suficientemente pobre para ser amado como quisieras tú».

El modo en el que el autor se alejó de Rose-Alphonsine difiere bastante de lo que narra en el libro. Aunque no fue fácil para él, Armando Duval mantuvo su vínculo con Marguerite Gautier aun a sabiendas de que corría el riesgo de endeudarse como otros hombres ya lo habían hecho; algo, desde luego, nada deseable. Sin embargo, decidió escoger la compañía de la cortesana incluso cuando esta elección le distanció de su padre —cuyo sustento le era necesario para poder llegar a fin de año— y su hermana. Tan absorto estaba Armando Duval en su amor con Margarita que antepuso su relación a su familia, sin ver venir el desenlace final.

Después de una temporada en el campo, disfrutando plenamente de la compañía del único hombre al que quiere, la Dama de las camelias —que en este momento se ha prometido a sí misma «renunciaré a ser lo que fui» (como dice Miguel Bosé en «Amante bandido»)— decide regresar a París sin informar de ello a Armando, aprovechando un momento en el que él hubo de salir. La voluntad de Margarita se ve esta vez condicionada por el padre de Duval, quien la insta a romper la relación con su hijo. Si este enlace no se quiebra, la familia del prometido de su hija impedirá que se consume el matrimonio. El contacto tan estrecho entre Armando y Margarita ha llegado a oídos de los futuros consuegros, quienes por mantener la reputación de su nombre familiar quieren evitar el mancillamiento de estar vinculados, a través de Armando, a una cortesana. No tienen en cuenta que es él quien está con Margarita y no, la hermana de Armando, que sólo es una prometida que desea casarse y que permanece ajena al vínculo entre su hermano y Margarita.

En un acto de redención, Marguerite Gautier renuncia al amor de Armando Duval y a la posibilidad de dejar atrás un mundo pecaminoso para nuevamente regresar al entorno del que salió y seguir adelante en una sociedad que, por más que ella haya cambiado de mentalidad y desee acceder a una forma de amor más sana y noble —ahora que se le presenta la ocasión—, no se lo consiente. Sin saber quién ha intercedido para que Margarita, contra toda voluntad, le abandone, Armando decide —sólo por un comprensible despecho— elegir a otra cortesana con la que dejarse ver; una joven que no despierta en él las emociones que Margarita sí. Por supuesto, la decisión que él toma le causa a ella un profundo dolor que bien puede interpretarse en la novela como una forma de expiación.

Margarita no quiere que su felicidad condene la de la hermana de Duval, así que se mantiene fiel al pacto que ha sellado con el padre de Armando, quien la ha instado a distanciarse de su hijo. Cuando Duval se entera de la verdad de lo sucedido, la cortesana ya ha muerto.

Conmovido por esta historia, el personaje con el que Alejandro Dumas hijo abre la novela cierra también el libro, recogiendo por escrito cuanto ha oído de los propios labios de Armando Duval, para quien Marguerite Gautier ha ratificado su inteligencia y su corazón con este acto demoledor: poner distancia entre ambos. Ella no ha dudado en aceptar el sacrificio, precisamente por respeto a Armando y a su familia. Esa capacidad de entendimiento y esa bondad son dos cualidades que Alejandro Dumas hijo mencionó de Marie Duplessis en su carta de despedida.

¿Verdad o mentira?

En esto sí coinciden el escritor de La dama de las camelias y Armando Duval, en que Marguerite Gautier (Marie Duplessis) era distinta a otras cortesanas.

Sin embargo, en la realidad, ni el autor francés ni su musa mantuvieron una relación tan extensa como la de sus trasuntos. Duplessis no abandonó su ritmo de vida por Alejandro Dumas hijo ni tampoco él —al no soportar compartirla con otros amantes— permaneció fiel a ella.

A diferencia de Margarita, Marie continuó con su negocio como cortesana sin interrumpirlo por un instante. Puede que, igual que la protagonista, participara en orgías: la dama de las camelias se entregó en sus últimos días a un frenesí desesperado para olvidar a Armando Duval y catalizar su trágico final hacia la muerte por tisis. También puede ser que Marie Duplessis simplemente atendiera a sus amantes sosegadamente y el resto del tiempo lo invirtiera en actividades más recomendables.

Fuera como fuera, ni Marie Duplessis modificó su rumbo ni Alejandro Dumas hijo permaneció tanto tiempo a su lado como para no haber escrito esta novela del modo en que lo hizo, concibiéndola —según lo veo yo— como una realidad alternativa a la que vivió él en primera persona; una historia en la que los principales implicados pusieron de su parte para hacer viable una relación arriesgada y potencialmente tóxica.

En el libro, el amante comprendió que la cortesana no podía cortar por lo sano con quien le proporcionaba su sustento, pues tenía todavía deudas que pagar y que requerían sus lides en prostitución. Margarita tenía, como Marie Duplessis, un negocio montado como cortesana, pero a diferencia de la auténtica, dio el paso adelante para alejarse de esa vida. Se arriesgó a que Armando la abandonara, dejándola en una situación comprometida para ella, pues de producirse esa ruptura, tendría que restablecer —como finalmente sucedió en el libro, aunque no por culpa de Armando— su relación con unos hombres a los que había vuelto la espalda, eligiendo por encima de ellos a alguien con menos poder adquisitivo.

Marie Duplessis no asumió el riesgo que le podía suponer renunciar a aquellos hombres, que eran una fuente de ingresos importantes para ella, por un amante más pobre que podría dejarla en cualquier momento.

Elegir a Alejandro Dumas hijo definitivamente, queriéndole como él quería que le quisiera, sin ningún otro hombre a quien recurrir para costear su tren de vida y, probablemente, también sus deudas, la ponía en una disyuntiva difícil si, más adelante, tenía que volver a granjearse su fama como cortesana y encontrar amantes aún dispuestos, tras darles plantón, a alternar con ella.

Es muy posible que la relación entre Armando y Margarita fuera, para Alejandro Dumas hijo, una proyección de lo que habría sucedido si él hubiera tenido más paciencia y hubiese perseverado. Y si Marie Duplessis hubiera tomado la resolución de saldar sus cuentas y renunciar al lujo desorbitado para, como Margarita, vivir junto a Alejandro Dumas en la tranquilidad campestre. Los tiempos no coincidieron. Ni Marie Duplessis estaba preparada para correr el riesgo de que Alejandro Dumas la abandonara —como, a fin de cuentas, hizo (aunque se entiende perfectamente que no quisiera compartirla con otros hombres y renunciara a ello)— ni el escritor francés le dio tanto tiempo a Marie Duplessis como Armando Duval a Marguerite Gautier.

Los últimos días de una flor que se marchita

Rose-Alphonsine, previamente a su muerte, contrajo matrimonio. Se casó con un conde (antiguo amante suyo) en una boda, presumiblemente de conveniencia, en Inglaterra. A su vuelta a París sin el conde, hizo uso del título que, por extensión, ahora le correspondía, aunque dicho casamiento era válido según la ley inglesa pero no, según la francesa. He leído en algunos sitios que el conde y un embajador —también anterior amante de Marie Duplessis— la velaron en su muerte. Otros sugieren que falleció sola y fue una criada quien la acompañó en los últimos instantes. Personalmente, me parece más probable que el conde estuviera presente. Además, Marie fue sepultada bajo su verdadero nombre: Rose-Alphonsine. Es posible que fuese el conde quien se preocupara de dicho detalle.

Se sabe que, antes de morir, Duplessis hizo gala de su nuevo título en Francia: personalizó algunos efectos suyos (vajillas, cartas...) con un escudo representativo que ahora la caracterizaría como condesa. Lo curioso del caso, de la forma en la que se resolvió el matrimonio (válido en Inglaterra y no, en Francia) pudo tener que ver con casarse en Inglaterra para conseguir un salvoconducto que le permitiera, quizás después de haber sufragado posibles deudas en Francia, marcharse definitivamente al país anglosajón en compañía del conde y, una vez allí, asentarse bajo una identidad distinta o no, pero en cualquier caso, en un entorno social que no conociera el pasado ni de Rose- Alphonsine ni de Marie Duplessis.

Alejandro Dumas hijo se enteró de la muerte de Marie Duplessis a la vuelta de un viaje, como también le sucede a Armando Duval en el libro. En el caso de A. D. hijo, el recorrido fue por España y en compañía de su padre. La ausencia permanente de Rose-Alphonsine le supuso un duro golpe; así lo demuestra La dama de las camelias. A lo largo de su vida, el autor francés se casó en dos ocasiones: después del fallecimiento de su primera esposa, contrajo matrimonio con la mujer que le acompañaría hasta el fin de sus días.

¿Qué pretendía Alejandro Dumas hijo con su novela?

Es muy probable que, inmediatamente después de la muerte de Marie Duplessis, Alejandro Dumas hijo reflexionara sobre la posibilidad de que los hechos se hubieran desarrollado de otro modo. El final alternativo que propone, sin embargo, no permite que Armando Duval y Margarita permanezcan juntos hasta la muerte de ella, pero sí les ofrece la posibilidad de quererse durante un periodo más prolongado de tiempo, alimentando así la esperanza de ambos de vivir en mutua compañía hasta que la enfermedad decida. Con todo y con eso, Margarita no deja de ser para la sociedad una cortesana, por más que ella elija a un solo hombre: Armando. El final que Alejandro Dumas hijo escoge para La dama de las camelias eleva espiritualmente a Margarita, que sacrifica su felicidad para que la hermana de Armando no renuncie a la suya. El sistema así lo quiere; no confía en las intenciones de una cortesana arrepentida.

Con su novela, Alejandro Dumas hijo redime a Rose-Alphonsine, la ubica a una altura que quizás ella también habría alcanzado en la vida real. Como él cortó la relación, no sabemos si de haber insistido más ella habría accedido a cambiar su ritmo de vida. De todos modos, en caso de haber elegido sólo a Alejandro Dumas hijo, ¿no habría terminado como Margarita, alejada del amado por querer otros mantener su reputación social?

Considero significativo incidir en lo siguiente: Marie Duplessis aceptó a Alejandro Dumas hijo como amante, cuando él no tenía el poder adquisitivo de los otros. Creo que esto habla a favor de que la relación con Alejandro Dumas hijo fue más allá de que él significara para ella sólo un pretendiente más. Ahora bien, no dio el paso adelante (hacia una relación monógama) quizás por temor a que A. D. hijo la abandonara y por las deudas que ella tenía contraídas.

Por eso, tras su muerte, pienso que Alejandro Dumas hijo reflexiona y pone sobre el papel la forma en que los hechos pudieron haber derivado si él hubiese insistido y ella hubiese estado dispuesta a renunciar al lujo y al vicio, desentendiéndose progresivamente de sus amantes. En ambos casos, ficción y realidad, proponen un final en el que las dos partes implicadas se separan por la fuerza de la sociedad y la desconfianza que despierta la cortesana con su cambio de rumbo.

Opinión personal

En mi caso, La dama de las camelias comenzó bien con la escena de la subasta. Luego siguió mal: me disgustaba la idea de que el libro fuera a consistir sólo en las tribulaciones de un joven enamorado de la mujer equivocada, una cortesana sin corazón que aceptaba con los brazos abiertos orgías que, aunque no se describen en el libro (sólo se mencionan), ponen imágenes desagradables en la cabeza de uno. Sin embargo, no ha sido así.

La dama de las camelias me ha sorprendido porque la evolución de Marguerite Gautier es finalmente positiva; es un personaje que demuestra valorar y priorizar el amor real. Desde mi punto de vista, Alejandro Dumas hijo consiguió elevarla espiritualmente al hacerla renunciar al mundo puramente material. He empatizado con Margarita, a pesar de no defender para nada el entorno que la rodeaba y en el que ella se desenvolvía. Creo que Armando Duval se echó sobre sus hombros la responsabilidad de apartarla de lo mundano y ella, aunque al principio le costó, accedió finalmente. Para que en la realidad esto hubiera sucedido, habría sido necesario (por supuesto) que Rose-Alphonsine lo hubiera querido también así. Opino que Alejandro Dumas hijo, tras la muerte de Marie Duplessis y después de echar la vista atrás, consideró que el tiempo combinado con la perseverancia podrían haber contribuido a hacer realidad la historia que él nos hace llegar sólo como ficción, aunque el final del libro es igual de descorazonador que el auténtico.

«Regresé a París donde escribí esta historia tal como me había sido contada. Sólo tiene un mérito que tal vez le será puesto en duda: el de ser verdadera.

De cuanto llevo referido no extraigo la conclusión de que todas las mujeres de la clase de Margarita son capaces de hacer lo que ella hizo, pero he tenido noticia de que una de ellas había sentido durante su vida un amor noble, por el cual había padecido, por el cual había muerto. He contado al lector todo cuanto sabía. Era mi deber.

No soy el apóstol del vicio, pero me haré siempre eco de la desgracia donde quiera que la oiga gemir.

La historia de Margarita es una excepción, lo repito; pero, si hubiera sido algo habitual, no habría merecido la pena escribirla».

Palabras del narrador del libro, que pone por escrito la historia que Armando Duval le cuenta.

Agradecimientos

[...] decía Cervantes: saber sentir es saber decir. Palabras de Luis Landero en su libro El huerto de Emerson. Yo espero haber sabido decir lo que esta lectura me ha hecho sentir. Muchas gracias por dedicar tiempo a este artículo. ¡Nos vemos en la siguiente ocasión!

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