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Demasiado cainismo, poca soberanía

30 de Abril de 2020
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Goya, garrote, enfrentamiento

Si expresaba recientemente en esta misma tribuna misserias dudas sobre la potencialidad transformadora de la simbología y lassuperficialidades performativas, hoy vengo a compartir una certeza. La certezasobre el profundo hastío que me provoca el fango en que se ha convertido el díaa día público de nuestro país. En plena pandemia, con miles de muertos yfamilias destrozadas, y una crisis social y económica en ebullición, hay quienno puede dejar pasar la oportunidad para proyectar su más zafio cortoplacismo.Colocar epítetos que no sirven para otra cosa que para expiar los fantasmasimaginarios de algunos (gobierno comunista, oposición fascista). Ni describen,ni precisan, ni aportan.

No, no voy a ser yo quien deslice que a un gobierno nose le debe fiscalizar. Es el abc dela democracia. Los peores bulos son los que se propalan desde las instancias depoder. Desde todas las instancias de poder, cabría añadir. Porque, aunque lossimples de turno vean la hidra del pérfido Leviatán en todos lados, lamanipulación e ideología no son privativas de este o aquel partido, de este oaquel gobierno. También se vende en noticiarios de cadenas de televisiónprivadas, en programas de entretenimiento (o algo así) basura, en videoclips deidéntica naturaleza, en contenido subprimeque acríticamente tragamos por el embudo de las sacrosantas plataformasdigitales, en las que los jóvenes y no tan jóvenes aprenden lo que es un Estadomediante una caricatura o lo que representa cualquier sistema ideológicomediante otra, para luego repetir como loros y papagallos lo que al PODER conmayúsculas le interesa. Y no significa esto que existan tampoco unos malévolosy pérfidos mercados ajenos a la política, porque la economía es política, y lasimplicaciones entre lo uno y lo otro son claras. Pero igualmente claro es quela influencia de intereses económicos y financieros en muchos casos doblegacualquier soberanía democrática, y ahí también hay propaganda, bulos ymentiras. ¿Es la solución revivir la Ley Fraga o su remedo posmoderno, haciendonuestra la antaño denostada, y con razón, Ley Mordaza? Pues obviamente no. Nieso, ni la superstición rosa de que cualquier limitación o restricción legal alas arbitrariedades individuales es totalitarismo. No. Lo que impide eldespotismo es precisamente el imperio de la ley, como garantía frente a laarbitrariedad de los que más tienen y como escudo de protección de los que notienen nada, nada más que esas leyes.

Claro que la improvisación y la rectificaciónpermanente son esperpénticas. Como lo son, porque una cosa no excluye la otra,las obsesiones de baja estofa de los habituales buitres del invento, que sededican a propalar sus latiguillos infames sin aportar nada. ¿O es que aportaalgo decir una boludez tan sideral como que limitar los precios de lasmascarillas para evitar una infame especulación es comunismo? ¿Se podríacriticar al gobierno con claridad y hasta contundencia sin crear un climanauseabundo de infundios y tics obsesivos? Tal vez sea demasiado pedir quecesen los efluvios cainitas de todos lados.

Replicará alguien que si los otros estuvieran en el gobierno,entonces los "hunos": bla bla bla. Como a Don Miguel de Unamuno, mecansan unos y otros, no porque pretenda ser neutral o equidistante, que no losoy en lo más mínimo, sino porque esas obsesiones no responden a parámetrosracionales, a cosmovisiones políticas, a contraposiciones ideológicaslegítimas, sino al barro ubicuo en el que suelen chapotear los que carecen deideas y principios. Si en vez de errar estos, erraran los otros, y los otrosfueran pésimos gestores y entre estos hubieran furibundos cainitas, pues habríaque criticarlo igual, porque este clima es irrespirable, y si salimos de esta,no saldremos solo diezmados, más pobres y más desiguales, sino que tambiénsaldremos con los habituales maniqueísmos patrios más enhiestos y vivos quenunca. La tranquilizadora excepción en el Ayuntamiento de Madrid (ese conato deparlamentarismo civilizado) no parece que vaya a romper la regla general deanimadversiones obsesivas, incapacidad de autocrítica por parte de los que nogestionan bien, e incapacidad de aportar una sola solución por parte de losabonados al griterío y al estruendo.

Porque entre tanto ruido, no oigo a los embarradoresoficiales de todos lados pasar de un análisis de superficie. Incapaces deseñalar, por ejemplo, como crítica - esta sí oportuna y veraz - al gobierno,que es imposible sostener políticas de Estado con unos socios que buscan la secesión.La sedición misma: es decir, la muerte de este Estado. Porque ese riesgoexiste, el de la secesión, el de la ruptura, el de la muerte de un Estado yabastante débil y golpeado; el riesgodel comunismo no existe, a no ser que alguno confunda comunismo con Impuestodel Patrimonio e Impuesto de Sucesiones. Eso, queridos amigos, se llamasimplemente civilización. Si la alternativa es la jungla, permítanme no lesacompañe.

Tampoco oigo, más allá del estruendo demagógico, quese asuma algo obvio y básico: más allá de que nos parezca un desastre lagestión de este gobierno o la del otro, nos encontramos ante un desafío global:sí, el climax globalista no está exento de problemas... y hasta de desastres.Un mundo interconectado e interrelacionado, con mercados globales, profundamentedesregulado, y con una clamorosa ausencia de poderes ejecutivos con competenciasupranacional. Es decir, que tanto por encima como por abajo el Estado naciónha sido golpeado: en las ilusiones supranacionales al servicio de intereses muyconcretos - económicos -, y en los proyectos de ruptura y fragmentación territorialespoleado por los miopes, insolidarios y reaccionarios nacionalismosidentitarios, románticos y etnicistas. La soberanía de los Estados ha sidogolpeada, sí. No existen anticuerpos para explosiones globales, porque no haypoderes globales. La pérdida de soberanía no ha sido una buena cosa, tampoco elemborronamiento del marco nacional a cualquier precio. Y esto trasciende lasmiserias locales, las alucinaciones personales o los odios vecinales.

Y por cierto, hablando de soberanía, cabríarecordarles a los unos y a los otros, algunas cosas. A nuestra izquierdaposmoderna - la misma que anda subarrendado la legislación del derecho a latutela judicial efectiva a Garrigues, a mayor gloria de los intereses privados,los pro bono y en contra del serviciopúblico del turno de oficio (¡toma comunismo!) - una lección básica: debilitarel Estado sacralizando el Estado de las Autonomías es, al menos en España,insostenible. Ni lealtad, ni coordinación, ni solidaridad. Guerra de taifas,competencia regional, sálvese quien pueda. Sin defender la unidad nacional conclaridad y dejar de regalársela a la derecha, nunca se podrá sostener unproyecto social creíble. Y ese proyecto es ya radicalmente incompatible conseguir descentralizando. Incluso con mantener lo descentralizado ¿Para qué,señores? El Ministerio de Sanidad ha llegado a esta crisis con prácticamentecero competencias. El rey está desnudo, y esta situación es insostenible. Almenos para los que creemos en los servicios públicos.

Y a los otros: entre astracanada y manifestacióndigital, entre tuit y rugido, desmantelar el Estado social no es buena cosa.Poner el grito en el cielo cuando se regula precios de materiales sanitarios esinaceptable, a no ser que, como decíamos, lo que se pretenda es volver a la leyde la selva. Plantear que no hay que regular, ni intervenir, ni planificar yluego exigir buena regulación, buena intervención y buena planificación es unacontradicción que roza lo obsceno. ¿Alguien pretende que la ley de la oferta yla demanda se aplique a las posibilidades de acceso a la vacuna que nos habráde curar de esta pesadilla? Solo un lunático o un sociópata podrían pretenderalgo así.

Nunca será buena idea debilitar el Estado. Nicentrifugándolo territorialmente, con secesiones abruptas o con cuposinsolidarios que permiten a cada región practicar el dumping y lainsolidaridad. Tampoco con el patriotismo elíptico de la taifa neoliberal quese presenta a sí misma como ejemplo paradigmático de riqueza y prosperidad, acosta de pasar por una trituradora la solidaridad, la redistribución con elresto de regiones, especialmente con las más pobres y desfavorecidas. Y desdeluego no es buena idea convertir el Estado en una patria del sentimiento y elfolclore, si aparte de eso no hay nada más. Porque la patria es el territoriopolítico, la propiedad colectiva y no privatizable por excelencia, para los quequieran ver con razón algo de comunismo. La patria es la riqueza, la población,las leyes y las instituciones. Lo que a todos nos pertenece, sobre lo quedecidimos todos, lo que compartimos todos y en la que distribuimos todos: decada cual según sus capacidades y a cada cual según sus necesidades. Lo otro,el decorado, está bien, pero sólo, desprovisto de contenido material, es filfa.No vale de nada una patria desindustrializada. He ahí, por cierto, un motivosólido para pasarle al PSOE una factura real. Del ¿qué problema hay en ser un país de servicios? del ministroSolchaga a constatar los múltiples problemas de que nuestra industria nacionalhaya sido desmantelada. La patria necesita un contenido social, y es que esa essu mejor identidad: una comunidad política de iguales, con fuertes lazos desolidaridad, alejada de cualquier noción esencialista o etnicista, capaz depreservar algunas de las conquistas más transformadoras de la Historia de lahumanidad. Si me permiten, por pillarnos tan reciente el 25 de abril, algosimilar al hermoso himno de laRevolución de los Claveles: un pueblo que tengo voz y voto, que sea el quemande. O povo é quem mais ordena.  

Una sanidad pública de calidad, un sistema público depensiones, una fiscalidad progresiva para sostener el andamiaje social queacorte desigualdades, en vez de amplificarlas dejando que lo haga todo una manoque, a fuerza de ser invisible, ha hecho bien poco por evitar la creciente erosiónsocial que inviabiliza nuestra convivencia. Y un modelo productivo que no puedebasarse exclusivamente en los servicios, sino que necesariamente tiene queabrir paso a la recuperación de nuestra industria, a una inversión suficiente yambiciosa en I+D+I, para la cual, otra vez, necesitamos dinero público. ¿O esque acaso alguien considera que la mejor receta para fomentar la investigacióncientífica son los mantras de la austeridad indiscriminada que recortanprogramas, degradan instituciones y convierten a los científicos en precarios oen carne de aeropuerto forzados a marcharse de nuestro país?

No se trata de golpear a las clases trabajadoras conimpuestos indirectos o cargando las tintas fiscales en la tributación de lasrentas del trabajo; se trata de garantizar que los que más tienen - grandespatrimonios, fortunas, capitales, empresas - paguen lo que deben. Sólo así lanación será algo más que la pulsera y la bandera, que, por cierto, soncompatibles con lo primero. Porque hay una Historia compartida y puede haberuna emoción que la sustente, pero no podemos vivir solo de emociones. Larealidad material del territorio político compartido es un hecho, por encima deidealismos y subjetividades. Y su contenido social, otro. Tal vez recuperar unEstado fuerte sea la única vía plausible, en estos tiempos de desasosiegocolectivo.

España necesita menos cainismo y más soberanía.

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