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Derecho al transhumanismo

Francisco Javier López Martín
Francisco Javier López Martín
Licenciado en Geografía e Historia. Maestro en la enseñanza pública. Ha sido Secretario General de CCOO de Madrid entre 2000 y 2013 y Secretario de Formación de la Confederación de CCOO. Como escritor ha ganado más de 15 premios literarios y ha publicado el libro El Madrid del Primero de Mayo, el poemario La Tierra de los Nadie y recientemente Cuentos en la Tierra de los Nadie. Articulista habitual en diversos medios de comunicación.
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análisis

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En nombre de la libertad individual y del derecho a nuestro propio cuerpo nos embarcamos en debates constantes sobre el derecho a la muerte, el derecho a la vida, a la reproducción asistida, a la maternidad subrogada, o a la donación, el robo, el transplante de órganos.

De repente los avances en biotecnología nos conducen al cuestionamiento ético de nuestros comportamientos humanos cuando nos adentramos en el campo del mejoramiento de nuestros cuerpos para aumentar nuestras capacidades físicas y mentales.

La propia UNESCO formula en su Declaración sobre Bioética y Derechos Humanos, la necesidad de poner en valor la dignidad de los seres humanos. Unos seres humanos que no pueden ni deben ser utilizados como medios para satisfacer egoísmos, ansias de riqueza y poder, ni tan siquiera en nombre de la libertad y la autonomía de cada cual.

Hay quienes, desde una visión del futuro desarrollo tecnológico aplauden que desaparezca el concepto de dignidad, porque se trata de algo difícilmente definible. Hay quienes prefieren hablar de libertad porque deja más margen a que cada cual haga lo que quiera con su cuerpo.

Sin embargo, aunque no hay dignidad sin libertad, tampoco hay libertad indigna. Nadie podría entender que en el ejercicio de nuestra libertad destrozásemos la dignidad ajena, o incluso la propia dignidad como seres humanos. No hay libertad individual sin respeto a la libertad colectiva, a la pluralidad, a la diversidad.

Lo he visto formulado en pensadores como Pulo Freire, para el cual la libertad es el ejercicio de la responsabilidad. Dicho de otra manera, no tenemos derecho a una libertad que ataque a los demás, que los mercantilice, que los esclavice. No somos libres si no apostamos por la igualdad y por la necesaria solidaridad entre seres humanos.

Eso que hemos dado en llamar transhumanismo, o posthumanismo, intenta burlar estas formulaciones, porque el derecho a decidir sobre tu propio curpo es absoluto y no admite límites de ningún tipo. Mejorarnos es lo único importante. Conquistar nuestros cuerpos y el universo es nuestra misión, dicen abiertamente.

El desarrollo tecnológico así lo exige si queremos estar a la altura de la digitalización, de las máquinas cada vez más perfectas, de la inteligencia artificial, de los robots capaces de aprender y tomar decisiones. La religión del big data, la revolución digital y biológica, el blockchain, nos conduce a las estrellas, si aceptamos pagar el precio de integrarnos como máquinas humanas.

Nunca superaremos distancias de millones de años luz si no aceptamos convertirnos en inmortales, o casi. Ahí se encuentra la propuesta que los transhumanistas nos formulan, como si fueran capaces y tuvieran de verdad los instrumentos y recursos necesarios para convertirlo en realidad y no en un sueño especulativo.

La vida exponencial, los viajes interestelares, la capacidad de transcendernos a nosotros mismos, se convierten en cantinelas que pretenden justificarse en los avances de la inteligencia artificial, la biotecnología y la exploración del espacio.

Ellos saben que estamos muy lejos de poder recorrer ese camino, algunos hablan de siglos, pero siguen planteando sus formulaciones como si nada. Saben que no tenemos posibilidad alguna de terraformar Marte y que sería infinitamente más barato asegurar nuestra existencia sobre la Tierra, pero ellos siguen erre que erre.

No nos cabe otra posibilidad que retornar a los principios cásicos, al humanismo que intenta integrar la tecnología con una visión y una dimensión humanas. El desarrollo tecnológico, a fin de cuentas, siempre ha sido un arma de doble filo, muchas veces traído de la mano de la investigación militar y al servicio de la destrucción.

Esta reflexión no pretende evitar el reconocimiento de que los avances científicos comportan muchas veces mejoras en nuestras condiciones de vida, pero siempre que seamos capaces de evitar los procesos de destrucción que cada descubrimiento y avance puede acarrear.

La soberbia humana siempre ha sido mala compañera de viaje. Entregar todo el poder a los poseedores de la tecnología puede acelerar nuestra destrucción. O los avances tecnológicos nos hacen más libres, o se convierten en una máquina de opresión de los seres humanos, por mucho disfraz de libertad con que quieran adornarlos. No todo puede quedar al servicio del negocio, de la eficacia, de la eficiencia, de la utilidad inmediata. Pero en un mundo globalizado, dominado por grandes corporaciones, es difícil no caer en las trampas del trans-posthumanismo.

Sí a la libertad, por lo tanto, pero sí al ejercicio responsable de la misma. Al respeto de la dignidad y de los derechos humanos. Sí a la defensa de la vida y de la Naturaleza, como parte esencial de la condición humana sobre el planeta.

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