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Distopia: Instantes

Rafael Víctor Rivelles Sevilla
Rafael Víctor Rivelles Sevilla
Nacido en Valencia el 4 de Junio de 1961. Licenciado en Medicina y Cirugía por la Universidad Autónoma de Madrid en 1986. Especialidad de Psiquiatría. Ejercicio actual en el Hospital Universitario La Paz.
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análisis

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Yevgueni Zamiatin era un viejo bolchevique. Nacido en 1884 en Rusia fue arrestado durante la Revolución de 1905 y posteriormente exiliado. Pese a ser ingeniero naval se dedicaba a escribir por entretenimiento y placer. Y además era un hombre con fama de gozar de un ingenioso sentido del humor. Dicho de otro modo, poseía las cualidades necesarias para ser un excelente escritor. Y experimentó o sufrió, según se mire, vivir durante unos tiempos interesantes, ya que en 1917 la Utopía se había instalado en el país mas grande de la Tierra. En Rusia. “Ojala te toque vivir tiempos interesantes” reza una antigua maldición china. Y a Zamiatin le tocó. Para suerte de los aficionados, como yo, a la literatura de ciencia ficción, el escritor ruso fue capaz de satirizar en una novela, la transformación de la Utopía soviética inicial en la Distopía totalitaria en la que se transformó la U.R.S.S. en unos pocos años. La novela se tituló “ Nosotros” e inauguró el subgénero distópico en la literatura de ciencia ficción. Algunos de los mas famosos relatos del siglo XX como “ Un Mundo Feliz” o “ 1984” son deudores de la obra de Zamiatin, que, como hombre crítico hubo de exiliarse y falleció, casi olvidado de todos ,en París en 1937. Por supuesto, las desventuras del protagonista del relato, un hombre anónimo, D-503, víctima de una espeluznante tecnodictadura fueron censuradas en su país de origen. La verdad, es que, mentar en estos tiempos a personajes rusos o chinos no deja de resultar peliagudo, dado que, bajo mi punto de vista, lentamente, pero sin pausa y sin descanso, la distopía se está instalando entre nosotros constituyendo la guerra una de sus mas evidentes manifestaciones con chinos y rusos de convenientes “ chivos expiatorios”, siempre indispensables para el funcionamiento de cualquier sistema totalitario que se precie.

Con temor de deslizarme hacia la paranoia, no lo niego , mucho me temo que me está, o nos está, tocando vivir “ tiempos interesantes”. Lo sentí con claridad durante la Pandemia. En próximos artículos lo argumentaré. En realidad y para mi frustración ( me encantaría ser original), no presentaré nada nuevo. La buena literatura de ciencia ficción nos habla de problemas del presente, aunque remitiéndolos a un futuro del que la ficción nos previene. Pero hoy no quiero escribir de razonamientos, sino de intuiciones, percepciones y sentimientos durante la Pandemia que me hicieron sentir como una mezcla entre D-503, Winston Smith, Bernard Marx o el bombero Guy Mortag. Porque la Pandemia ha constituido un hito fundamental en el camino hacia la distopía que nos aguarda al final. Tal vez en el mismísimo 2030 donde no tendremos nada y seremos felices.

El primer “instante distópico”, en realidad fueron muchos, todos a las ocho de la tarde y desde el inicio de aquel confinamiento absurdo, arbitrario y finalmente ilegal. Me enfermaban. Los aplausos, digo. Y eso que mi hijo menor, que por entonces todavía vivía en casa , era el primero en sumarse a ellos, sin entender mi reticencia o mejor dicho, mi rechazo y hostilidad. Me parecía un rito siniestro y me preguntaba cómo se había originado simultáneamente y por todo el Mundo y con tanta rapidez. Las religiones se valen de numerosos ritos. También los totalitarismos ideológicos ( a fin de cuentas una ideología es una religión laica). Los ritos, a modo de rezos, marchas, juramentos, desfiles y demás parafernalia, conjuran mágicamente peligros, solicitan favores, exaltan a héroes y mártires de la causa y , muy importante, unen a la masa en una empresa común mediante una emoción colectiva que impide la reflexión

individual. Los aplausos eran el reverso entusiasta de los “minutos del odio” en la novela de Orwell. Decía Ortega que “ la masa “ es más un estado psicológico compartido, que una multitud de individuos. Lo peor es que los héroes éramos nosotros, el personal sanitario. Absurdo. Espantoso.

El segundo “instante distópico” también fueron muchos. La soledad en los transportes públicos, el silencio por las calles, los vagones de metro vacíos o todos los lugares de ocio y comercios cerrados, constituían un recordatorio renovado de la amenaza invisible y del miedo que, los medios de propaganda masiva ,con sus cifras de muertos ofrecidas a diario como unos años antes hacían con “la prima de riesgo” ,nos inculcaba sin piedad. Me negué a “teletrabajar” por lo que usaba constantemente el transporte público. Viajar solo todo un trayecto de autobús es una empresa que sobrecoge. Como ser el protagonista de una película de zombies. Enviar al personal sanitario a sus casas para atender a sus pacientes mediante artilugios técnicos como el teléfono o las pantallas, me pareció otra más de una serie de situaciones alucinantes que se sucedían una tras otra. Lo “ ideal” en una Pandemia, parecía ser no utilizar los centros de salud y hacinar a los pacientes en las urgencias hospitalarias (que era donde acudían aterrorizados como estaban , gracias a la propaganda de los medios de comunicación) para someterlos a altísimas concentraciones víricas.

El último “instante distópico” sucedió al pasar junto al “WiZink Center” de Madrid. Una larga fila de personas entraba por una puerta, mientras un poco más lejos otra salía tras haberse inoculado la vacuna. Me recordó una cadena de montaje o las hileras de prisioneros asustados, perplejos, resignados o expectantes de las fotos de los campos de la II Guerra Mundial. Otro extraordinario resultado de la acción de la propaganda sobre la población. La Medicina transformada en propaganda dirigiendo a felices consumidores de RNA mensajero. El miedo de los rehenes convertido en la seguridad ofrecida por una “vacuna-milagro” inoculada a la manera de un bautismo que borraba el pecado original y permitía entrar en el cielo de los “totalmente inmunizados” como clamaba la propaganda. Prodigioso.

Si. Son tiempos interesantes. Comencé con un escritor. Terminaré con una escritora. Por lo de la paridad. En realidad no, porque me gustan sus obras. Almudena Grandes falleció en 2021. Dejó una novela inacabada titulada “ Todo va a mejorar”. No se trata en sentido estricto de una distopía. La narración habla de acontecimientos futuros, en efecto, pero tan cercanos, tan plausibles, tan similares a mucho de lo que hemos vivido ( y seguimos viviendo, ya que no tiene objeto engañarse) que casi podría decir que se trata de una novela tan realista como cualquiera de las de su admirado Benito Pérez Galdós. Si Foucault levantase la cabeza se asombraría del nivel de perfección alcanzado por la “ Biopolítica” perfectamente incorporada al conjunto de instrumentos que, en relativamente poco tiempo, conseguirán transformar nuestras tambaleantes y gritonas democracias en una mezcla de hedonismo vacío ,subvenciones, personajes de sexo confuso, y tribus e individuos desligados de cualquier proyecto colectivo y sin capacidad de reflexión, todos gobernados por una nueva aristocracia de la tecnología y las finanzas. El viejo “pan y circo”. Bueno, cada vez más circo y menos pan.

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2 COMENTARIOS

  1. Entonces, usted, ¿no cree en los millones de personas fallecidas por el coronavirus? ¿Si a su hijo, hubiese fallecido por coronavirus, por no haber llevado una mascarilla FFP3 y no tener una distancia de 3 metros? ¿A quién habría echado la culpa?

  2. Explicación magistral de la actual desdicha que acecha entre los seres humanos de principios del siglo XXI.Conductas impuestas sin conciencia pero con obediencia ejecutadas.
    Un saludo

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