Dolor por Teresa y rabia por la infamia del Metro de San Fernando

08 de Marzo de 2023
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San Fernando Teresa

Hoy permítame que este «Ágora del Director» lo escriba en primera persona. Cuando terminen su lectura me entenderán. Sé que no es lo ortodoxo, pero hoy no puede ser de otra forma.

Ayer se iniciaron las obras para el derribo de otro edificio de viviendas en San Fernando de Henares. El problema de esto está en que algo tan dramático se está convirtiendo en rutina para quienes no hemos vivido en primera persona un drama humano que ya dura más de 15 años. Sin embargo, si nos ponemos a reflexionar un momento, sólo unos pocos minutos, nos damos cuenta de que cada ladrillo de esas viviendas tiene un fragmento de la vida de muchas personas.

Durante la crisis económica de 2008 había una expresión muy repetida en plena ola de desahucios de los bancos y los fondos buitre: «la casa es el último refugio». Y así es. Es el lugar donde nos sentimos seguros, donde pasamos parte de nuestra vida recorriendo pasillos, entrando en la cocina, en el cuarto de baño o durmiendo. No obstante, para las más de 600 familias afectadas por las obras de la Línea 7B de Metro en San Fernando de Henares la casa se convirtió en un infierno de crujidos, grietas, chasquidos que hizo que muchos tuvieran miedo de morir sepultados en cualquier momento porque el edificio se viniera abajo.

Ayer, el departamento de Comunicación del Ayuntamiento de San Fernando compartió con los medios una nota de prensa y unas fotografías. Los que hemos estado allí, en la «Zona 0», los que llevamos mucho tiempo escribiendo sobre la problemática del Metro sabemos a la perfección qué ocurre en la calle de la Presa, en Rafael Alberti, en Ventura de Argumosa, en Pablo de Olavide, en Francisco Sabatini o en Nazario de Calonge, por citar algunas.

En una de las fotografías se podía ver el edificio que estaban derribando. Se me cayó el mundo a los pies y mi cerebro me mostró la imagen de una señora mayor, de Teresa. Entonces se me cayeron las lágrimas, no por pena, sino por un dolor y una rebelión interna ante la injusticia que tanto ella como el resto de afectados están viviendo por una obra con fines políticos y propagandísticos del Partido Popular y de Esperanza Aguirre.

Momento en que las máquinas derriban el edificio de Teresa | Foto: Ayuntamiento de San Fernando

Hace un año y medio, mi compañero Agustín Millán y yo fuimos a San Fernando de Henares. En aquellos meses se estaban empezando a derribar las primeras casas. Ya se había desalojado el edificio donde vivía, entre otros, Víctor Yangüez. Íbamos acompañados de Javier Corpa, el alcalde de la localidad. En un momento concreto, cuando pasábamos ante uno de los edificios cuyas grietas se convirtieron en icónicas, apareció en la calle una señora muy mayor vestida con una bata de color azul de cuyo nombre me enteré unos días después.

Teresa nos abrió las puertas de su casa a Agustín y a mí. No hubo recelo alguno por su parte. Quería que nos hiciéramos partícipes de la crueldad que le había tocado vivir. Entramos por la puerta del garaje y lo que mis ojos vieron me estremeció. Donde debería haber un coche, había muebles, una cocina perfectamente montada. Ahí era donde Teresa hacía su vida.

Las grietas provocadas por las obras del metro de San Fernando la obligaban prácticamente a vivir allí, en un espacio que no está construido para que las personas vivan, sino para guardar el coche. Tenía miedo de estar más arriba por si se caía el edificio. Además, la puerta de la cochera se había desencajado, por lo que el frío entraba. ¿Se puede consentir esto? Al parecer, en la Comunidad de Madrid del Partido Popular, sí, y eso da mucha rabia.

Al lado de lo que era la puerta de entrada a la casa había una gran grieta desde la que se podía ver la calle. Teresa nos mostró otras grietas que se acababan de formar y, en un momento, se empezó a notarse un polvillo. Se acababa de abrir otra grieta al lado de la escalera.

Teresa y José Antonio Gómez conversando en la puerta de entrada a su casa. La grieta daba miedo | Foto: Agustín Millán

Mucha gente me dice cómo es posible que los periodistas nos enfrentemos a situaciones o que conozcamos informaciones, por ejemplo, de casos de corrupción, sin inmutarnos. En ocasiones es así, pero también somos seres humanos y, cuando te metes a investigar, tratar o seguir temas que afectan a las personas o claros abusos de poder durante mucho tiempo, sientes complicidad con las personas con las que hablas o con las víctimas de esos abusos.

La problemática de San Fernando de Henares es uno de esos temas porque más de 600 familias se han quedado sin su casa, sin su «último refugio» por, en primer lugar, la irresponsabilidad de Esperanza Aguirre al modificar el trazado original de las obras de la Línea 7B y prácticamente obligar a que la infraestructura estuviera terminada antes de las elecciones autonómicas de 2007. En segundo término, por la inacción y la incapacidad de la Comunidad de Madrid durante estos 15 años al no aplicar las soluciones necesarias para que estas familias vieran reparado el daño irreparable que se les ha hecho.

Sin embargo, lo que más rabia da es que el gobierno de Isabel Díaz Ayuso haya querido politizar un asunto humano, que se estén queriendo manipular las cifras de las indemnizaciones para hacer creer a la ciudadanía que las víctimas de las obras de la Línea 7B de Metro están siendo utilizadas con fines políticos. Eso es imperdonable.

Es raro el día que no hablo de un modo u otro con algunos de los afectados. Incluso se hace raro si no contactan para contarme tal o cual irregularidad. En algunos casos, hablan contigo para desahogarse, para contarte cómo están, simplemente.

Esas familias tienen nombre, no son estadísticas frías. Son personas que tienen un nombre y una vida que se ha quedado o se va a quedar enterrada entre escombros. Una vivienda se queda con una parte de nuestra existencia. Los recuerdos siempre están ahí.

Yo, por ejemplo, cuando voy a la casa de mi abuela, en mi pueblo, donde pasaba las vacaciones cuando era pequeño, enseguida se me vienen a la cabeza los recuerdos, el pasillo donde jugaba a las chapas con mi hermano, el callejón donde jugaba al fútbol. Incluso se me vienen los olores a pan recién hecho que llegaba desde la tahona o al cocido que traía mi abuela en una olla de barro. Eso es algo que no podrán vivir los afectados por el Metro de San Fernando, porque esos recuerdos han quedado sepultados por culpa de la arrogancia de la Comunidad de Madrid.

Insisto, los afectados son personas, no cifras, son hombres y mujeres que están viviendo un calvario, que sufren, que se acuestan con miedo, que se ven obligados a llevar a sus hijos a casa de familiares para que no se queden solos en casa mientras están trabajando. Los afectados no son unos «muertos de hambre», como se atrevieron a insultarles desde el Partido Popular. Los afectados son Teresa, Juan, Gema, Javier, Alejandro, Susana, Víctor y todos los nombres que les quieran poner.

Señora Díaz Ayuso, cuando alguien de su equipo le diga que tiene que atacar a los afectados, piense en Teresa. Cuando quiera dar una falsa impresión de empatía, piense que sus seres queridos están sufriendo lo mismo que las familias afectadas por las obras del Metro de San Fernando. No permita que la gente de su partido diga que esto es culpa del comunismo, porque eso es un insulto.

Señora presidenta de la Comunidad de Madrid, usted puede solucionarlo. Tiene el poder. Hágalo como persona, no con fines políticos ni electoralistas. Arreglar esta problemática no sería una derrota, sino, quizá, su mayor victoria a nivel humano.

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