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¿Dónde están los sabios?

Eva Puig
Eva Puig
Licenciada en filosofía, escritora y terapeuta. Amante de los horizontes. Desde la pandemia, hace humor gráfico como Malika.
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análisis

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Entre otras muchas cosas, aún por revisar, la pandemia nos legó la “expertocracia”, es decir, el poder de los expertos. El experto elevado a figura de autoridad o casi cabría decir de autoritarismo salvífico. Y la responsabilidad ciudadana limitada a una obediencia ciega, disfrazada de razonable, hacia esa figura de autoridad. Se ha impuesto el arquetipo del experto, como el que sabe, y al que los ciudadanos de a pie no podemos ni siquiera cuestionar, porque en sus antípodas somos “los que no sabemos” (olvidándose que sí podemos aprender, y que todo aprendizaje comienza por las preguntas correctas).

Hemos perdido, en los anales de la historia, la figura del sabio. La palabra sabiduría ha desaparecido de nuestro imaginario colectivo frente a vocablos como información (o desinformación), conocimiento, “tips”…La sabiduría queda como algo demasiado abstracto ante una sociedad que busca evidencias, consejos para vivir, recetas “fast-food”, y datos en los que apoyarse. Como dijo en una entrevista Raimon Panikkar (por cierto, un sabio) hace años: “la obsesión por la certeza nos ha llevado a la pandemia de la seguridad”. Es decir, la obsesión por lo tangible, lo incuestionable, el dato (en términos actuales), nos llevó a la enfermedad (del alma) de buscar solo los seguro, el consejo de turno del que sabe…en definitiva, que nos digan, como si fuéramos niños pequeños, qué tenemos que hacer.

A las antípodas del experto está el sabio. Para empezar, nunca habrá una universidad que te otorgue el título de sabio (o experto en sabiduría, pura contradicción in terminis). El arquetipo del sabio no se deja protocolizar. Puedes saber mucho (tener mucho conocimiento), pero no ser sabio. No hay evidencias empíricas de la sabiduría, pero sí certezas metafísicas de su presencia. El sabio tiene autoridad per se, no porque se la concedan desde una universidad, y quien tiene vista y oido lo reconoce. El sabio tampoco es el gurú al que seguir ciegamente. Nunca buscará seguidores (ni likes, en el lenguaje moderno), sino amigos. El sabio no sabe mucho de una área, perdiendo la perspectiva del global, sino que tiene una visión del todo con vasos comunicantes. A las antípodas del experto megaespecializado (y por lo tanto ciego fuera del área de su especialización), el sabio es que que “sabe que no sabe”,como diría Sócrates, y en esa actitud de humildad y apertura, es donde él mismo se hace y comparte, en el diálogo y la escucha, un corpus de conocimiento siempre vivo y cambiante, alejado de todo ideología cientificista, política o religiosa. El sabio aúna conocimiento y amor, estando conectado profundamente a la vida. Hacen del sabio el silencio y la sonrisa. Nunca te dirá qué tienes que hacer, sino que su sola presencia será una invitación a la reflexión profunda (y comunitaria en el diálogo) y a la compasión ( a mirar al otro como hermano o hermana e igual). La sola existencia del sabio nos invita, a cada uno de nosotros a aspirar a la sabiduría, a reconocer que ese arquetipo ya preexiste en nosotros.

Finalmente el sabio no es sólo el que sabe, sino el que “sabe vivir”. Cualquier conocimiento que nos aleje de la vida, y la vida humanamente entendida y sentida, resulta profundamente peligroso. Es por todo esto que urge rescatar, ni que sea individualmente, ese arquetipo ancestral, y aspirar nosotros mismos a la sabiduría como horizonte siempre abierto, de amor, conocimiento y acción.

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