lunes, 24junio, 2024
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Dormir

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análisis

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El coche circulaba en solitario por la carretera oscura, como un cometa surcando el espacio. Cambiaba las luces en función del trazado. En las curvas cerradas ponía las cortas para no deslumbrar a quién viniera de frente. En las rectas las largas para tener mejor visibilidad. Todo lo que no iluminaban los faros parecía aún más tenebroso. Tenía la sensación de conducir en el vacío.

Iba por encima del límite que marcaban las señales. Era tarde y quería llegar a casa. Estaba cansado. Al día siguiente tenía que madrugar. Había estado con unos amigos, viendo el fútbol. Luego se habían quedado un rato charlando. Solo había tomado un par de cervezas. Se decía que era para no conducir borracho, pero en el fondo sabía que era más por el miedo a dar positivo en un control.

En la radio, un locutor deportivo opinaba airado sobre la situación del Real Madrid: “Hay que vender a Cristiano ya. Florentino no tiene ni idea de fútbol, es una vergüenza…” Su emisora favorita, pero esta vez. no escuchaba. Iba absorto en sus pensamientos. La emisión solo le servía como acompañamiento, ruido de fondo.

El mugido de un claxon le sobresaltó. . Venía un coche de frente por su carril. Su corazón se aceleró. No era su carril. Se había cruzado al otro lado de la carretera sin darse cuenta. Iba en sentido contrario. Se había dormido. Solo unos segundos. Pero se había dormido.

Volvió al lado correcto. Había tenido suerte. Podía haberse matado. Paró en el arcén y se bajó. Necesitaba tomar el aire. Hacía muchísimo frío. Le vino bien para espabilarse.

Subió al coche de nuevo. Agarró el volante con la mano izquierda. Le temblaba. Arrancó. Faltaban unos quince kilómetros. No era mucho. Bajó las ventanillas para que el aire le mantuviera despierto. Sin la separación del cristal el paisaje de fuera parecía más siniestro. Amenazador. Subió el volumen de la radio. En parte para no dejarse vencer por el sueño. En parte por la sensación de inquietud y soledad en medio de la nada. Vio la gasolinera. Pensó en parar a comprar una bebida energética o algo que le mantuviera despierto. Pero le quedaba poco para llegar ya. Podía aguantar.

Por fin vio en la distancia la urbanización. Reconoció la silueta familiar de la rotonda y la garita del guarda de seguridad, iluminada en su interior. En menos de dos minutos estaría en casa. Cruzó la entrada y saludó al vigilante con un gesto de mano.

Le despertó un golpe en la parte derecha del coche y un extraño traqueteo. Circulaba con la rueda trasera encima de la acera. Había vuelto a dormirse. Frenó en seco. Durante unos minutos permaneció inmóvil. Agarraba el volante intentando recobrar la calma. Sus manos estaban crispadas, los nudillos blancos. Nunca más volvería a conducir con sueño. Menos mal que ya casi estaba en casa. Poco a poco se serenó. Empapado en sudor frío arrancó y condujo los pocos metros que le quedaban. Aparcó y echó el freno de mano. Subió las ventanillas. Quitó el contacto y sacó las llaves. Se recostó en el asiento y respiró profundamente.

Unos golpes en el cristal le sobresaltaron. Abrió los ojos. Había amanecido. Estaba helado. Su padre le observaba por la ventanilla con cara de preocupación. Abrió la puerta.

“Hijo, ¿qué haces aquí? Estábamos nerviosos. No has venido a casa a dormir”.

“Al final se nos complicó la noche. He llegado hace cinco minutos”, mintió. “Iba a entrar ahora. Estaba descansando un momento”.

“¿Y que te ha pasado en la rueda trasera derecha? Tiene unas marcas muy raras. ¿Te has dado con algo?”.

“Qué va. Algún imbécil me ha debido rozar cuando estaba el coche aparcado”, mintió de nuevo.

Su padre le miraba preocupado. Él hizo un esfuerzo por sonreír. Subió directamente a su cuarto y se acostó con la ropa puesta.

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