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El comunismo, como teoría y práctica revolucionaria, es incompatible con la exclusión del análisis de aspectos fundamentales de la dinámica de la sociedad capitalista

Ángeles Maestro
Ángeles Maestro
Licenciada en Medicina y Cirugía por la Universidad Autónoma de Madrid una de las fundadoras de IU y actualmente principal dirigente de la organización Red Roja. En noviembre de 1996 fue miembro del Tribunal Internacional por Crímenes Contra la Humanidad Cometidos por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas en Iraq.
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análisis

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Y lo que hay de fundamento revolucionario en la ciencia proletaria, no es solo que ella oponga a la sociedad burguesa contenidos revolucionarios sino que es, en primerísimo lugar, la esencia revolucionaria del método en sí. El reinado de la categoría de totalidad es el portador del principio revolucionario en la ciencia.

G. Lukacs

1. Un elefante en el cuarto. El caso de la pandemia Covid.

La comprensión de la lucha de clases como motor de la historia, la afirmación de que el proletariado actuando como clase para sí es el sujeto de la revolución, o la crítica a la desvinculación de luchas parciales del combate general de la clase obrera por su emancipación, forman parte, aunque muchas veces vaciadas de consecuencias prácticas, del discurso de las organizaciones marxistas.

Por otra parte, el análisis de totalidad de la forma en la que se expresan, aquí y ahora, las principales contradicciones de la sociedad capitalista tiene por objetivo la caracterización de los diferentes aspectos de la dominación de clase, no como ejercicio teórico, sino porque  es imprescindible para diseñar la estrategia y la táctica de la revolución en las condiciones actuales, y lo que es aún más importante, para caracterizar la organización del partido comunista revolucionario.

Si las organizaciones revolucionarias no analizan como un todo las diferentes formas concretas: económicas, políticas, ideológicas, culturales, legales y represivas mediante las cuales se reproduce y se perpetúa el dominio de la burguesía sobre la clase obrera en cada momento histórico, sobre todo en momentos de crisis aguda como los actuales, y se excluyen – por las razones que sea – aspectos cruciales como el conjunto de mecanismos e instituciones que han operado con el pretexto del Covid, corren el riesgo de no interpretar adecuadamente los planes del enemigo de clase, y, lo que es tanto o más grave, de no valorar sus consecuencias sobre la subjetividad de las masas populares. 

Los principios enunciados más arriba, que serían suscritos sin dudar por cualquier organización comunista, se han  desplomado cuando se ha trata de caracterizar la gestión de la pandemia Covid por los gobiernos de la burguesía como un gran experimento de control social, funcional a sus planes de “salida” a la crisis general del capitalismo. Y esto no es un asunto del pasado. El éxito alcanzado por el Estado para imponer medidas inéditas de conculcación de derechos y libertades, de debilitamiento de organizaciones obreras y populares, e incluso de enfrentamientos en el seno de las mismas, hará que, con toda probabilidad, ante la agudización de la crisis, estas medidas se repitan e incluso adquieran tintes aún más drásticos.

La renuncia a abordar, desde una perspectiva de clase, la coherencia interna de las medidas implantadas por los diferentes gobiernos para “luchar” contra el Covid 19, pone en evidencia que, pese a la reivindicación del análisis marxista, se han obviado asuntos trascendentales desde la perspectiva revolucionaria como la naturaleza de clase del Estado, el sometimiento de la ciencia a los intereses del capital, en concreto a las multinacionales farmacéuticas, así como su control absoluto de las principales instituciones sanitarias nacionales e internacionales.

Tener en cuenta estos aspectos, precisamente en un momento histórico en el que la centralización y concentración del capital adquiere proporciones gigantescas y sus instrumentos de dominación se jerarquizan e internacionalizan como nunca antes,  es clave, no solo desde el punto de vista teórico, como movimiento del pensamiento, sino que es imprescindible para que el proletariado identifique adecuadamente el funcionamiento de los aparatos ideológicos y represivos del Estado y construya su independencia de clase.

La naturaleza de clase del Estado, obviamente más allá del color de los gobiernos de turno, fue desplegada en toda su crudeza en la pandemia Covid mediante la ocupación por el ejército de todos los pueblos y ciudades del Estado español, así como por la policía y la Guardia Civil, la declaración de los Estados de Alarma, posteriormente declarados inconstitucionales, o el endurecimiento de las leyes represivas  – y, muy especialmente el proyecto de implantar la Ley de Seguridad Nacional1[1].

Estos aspectos, así como el control absoluto de la información y la implantación de medidas de censura sin precedentes en las democracias burguesas – las mismas, tanto para el Covid, como para la guerra de la OTAN contra Rusia – han contado y cuentan con la colaboración decisiva de la socialdemocracia y de los grandes sindicatos. Obviamente, esto no es una novedad. Pero si lo es, que los sindicatos alternativos y la gran mayoría de las organizaciones autodefinidas como revolucionarias no lo hayan identificado como un brutal ataque contra la clase obrera.

Si no lo hubiéramos vivido resultaría inconcebible que estas organizaciones hayan aceptado que el mismo Estado, que independientemente de quien gobierne, ejecuta con mano de hierro reformas laborales, que desmantela los servicios públicos, especialmente la sanidad, que mantiene intactas las leyes represivas, o que envía armas a los nazis ucranianos, haya llevado a cabo todas esas medidas “para proteger nuestra salud”. Todo ello a pesar de que tales medidas configuran un Estado de tintes cada vez más claramente fascistas que persigue la militarización de la sociedad, la persecución de voces críticas y la represión de las luchas obreras y populares.

El desconocimiento del control por parte del capital, y el sometimiento de los descubrimientos científicos a sus objetivos de beneficio de la práctica totalidad de la investigación – incluida la que se financia con medios públicos – el plan Bolonia es buena muestra – es especialmente lacerante cuando se trata de las grandes multinacionales farmacéuticas. Su largo historial criminal al servicio de la introducción de fármacos ineficaces e inseguros, manipulando ensayos clínicos y sobornando masivamente a gobiernos y autoridades sanitarias, está suficientemente acreditado con sentencias judiciales y sanciones multimillonarias y, sobre todo, con centenares de miles de muertos.

Todo ello ha adquirido proporciones descomunales con la introducción de las vacunas ARNm que no me detengo a detallar aquí porque está suficientemente analizado en los informes de CNC[2]. Sólo destaco que desde su implantación, se han producido en la UE más de 50.000 muertes y más de 2 millones de efectos graves en la UE, según datos oficiales de la EMA, que reconoce que se declaran solo un 1% de los casos, y que, en el Estado español, desde la implantación de dichas vacunas hay un exceso de mortalidad de más de  30.000 personas, excluyendo las muertes por Covid y los golpes de calor[3]. Todo ello sin que el Gobierno, según ha declarado recientemente la Ministra de Sanidad en el Congreso de los Diputados, “tenga entre sus prioridades investigar las causas”. Así mismo, según declaraciones de la CEO de Pfizer en el Parlamento europeo, nunca se constató en los ensayos clínicos que las personas vacunadas dejaran de contagiar, a pesar de que ese fue el argumento básico para implantar los “pases Covid” o para llevar a cabo la coerción a la vacunación, especialmente sangrante en el caso de los niños que no tenían ningún riesgo, ni de enfermar gravemente, y mucho menos de morir, “por solidaridad”.

2. El “Gran reinicio” y los planes de la burguesía para “salir” de la crisis.

Esta crisis, la mayor de la historia del capitalismo, tiene lugar cuando se ha llevado a cabo una inédita centralización del capital en todas su formas, acelerada por los avances científicos-técnicos de la 4ª revolución industrial (informática, robótica, inteligencia artificial, neurociencia).

La oligarquía, que a través de los grandes fondos de inversión controla los centros claves del capital financiero, industrial, militar y comercial, tiene hoy en su mano los instrumentos para llevar a cabo, a través de los gobiernos a su servicio, las decisiones políticas necesarias para acometer las transformaciones con las que el capitalismo ha enfrentado todas sus grandes crisis: destrucción a gran escala del capital menos competitivo, aceleración de la concentración de las grandes empresas en cada vez menos manos y “saneamiento” del mercado para empezar de nuevo, cambiando las reglas del juego.

La liquidación masiva de empresas y de puestos de trabajo, unida a la sustitución de trabajo humano mediante la digitalización, la robótica, la nanotecnología, etc. está hundiendo en el paro, sin expectativa alguna de conseguir un empleo a millones de trabajadoras y trabajadores, y dejando sin futuro alguno a la juventud.

Es evidente que esta situación, que sus planes plantean como irreversible, va a producir revueltas sociales generalizadas que pueden desembocar en procesos revolucionarios. Y quienes están diseñando “el Gran Reset” lo saben perfectamente.

La preocupación mayor de las clases dominantes, a lo largo de la historia del capitalismo y ahora con más razón, es impedir que el cumplimiento de su objetivo prioritario de maximizar beneficios incrementando la explotación, pueda conducir a la insurrección de quienes no tienen más que su fuerza de trabajo para sobrevivir y que les arrebaten el poder.

La psicosis de terror ante el Covid y las brutales medidas represivas impuestas, que hasta ahora solo se tomaban en tiempos de guerra, como el confinamiento, la paralización de la producción o la suspensión de derechos fundamentales, como el de reunión o manifestación, han permitido la destrucción de decenas de miles de pequeñas y medianas empresas, prácticamente sin resistencia.

Esta experiencia, que ha hecho posible que las grandes multinacionales tecnológicas, las GAFAM (Google – Alphabet, Apple, Facebook – Meta, Amazon y Microsoft) hayan doblado su valor en bolsa durante la pandemia, ha permitido además a las clases dominantes comprobar hasta qué punto pueden reducir  a la clase obrera, mediante el miedo, a una masa informe de seres sumisos, inoculando el enfrentamiento entre ellos e incluso denunciando a quienes se resisten, y reprimir a quienes no aceptaran el avasallamiento, como en tiempos más negros del fascismo.

La oligarquía reunida en el Foro Económico Mundial de Davos de 2021 no cabía en sí de gozo al comprobar la eficacia del disciplinamiento social y, al mismo tiempo el rápido avance de la digitalización, del trabajo telemático, la implantación del pase Covid, del uso masivo de la tarjeta bancaria – precedentes de mecanismos de control de poblaciones – o la generalización de las compras por internet. Pero, sobre todo, el confinamiento aceleró exponencialmente el uso de redes sociales, la visualización de series y, especialmente en los más jóvenes, de los juegos “on line”, cuyas plataformas y contenidos, producidos por las grandes empresas tecnológicas, permiten la evasión masiva de una realidad cada vez más hostil y, conducen al aislamiento, destruyendo las relaciones sociales.

El aumento espectacular de los suicidios[4], especialmente en la juventud, e incluso en niños cada vez más pequeños o el incremento del consumo de ansiolíticos y antidepresivos, son, probablemente, las consecuencias más dramáticas sobre la mente humana de la implantación de formas de vida que transforman a las personas en una especie de zombis solitarios, convertidos en instrumentos fundamentales para implantar su proyecto de dominación sin resistencia.

Todos estos mecanismos se ceban especialmente en la juventud, en los hijos e hijas de la clase obrera, a quienes esta “reconfiguración” del capitalismo no ofrece futuro alguno y que deberían ser los principales protagonistas de la resistencia y la rebelión. Su autoexclusión de la vida social y su aniquilación como seres pensantes capaces de tomar decisiones, que está siendo alimentada además con la introducción masiva de drogas especialmente en los barrios obreros, es condición clave para la implantación de este proyecto criminal de destrucción social y de dominación.

Esa es la materialización del macabro lema de la agenda 2030, “no tendrás nada y serás feliz”.

3. La ofensiva de EE. UU contra la UE. Destrucción de empresas y de puestos de trabajo, militarización y guerra.

Al igual que la gestión de la pandemia Covid estuvo dirigida por EE.UU y seguida disciplinadamente por la UE, los intereses geoestratégicos y económicos de EE.UU están dictando las medidas que, asumidas dócilmente por los gobiernos europeos, están llevando a su autodestrucción económica y, más que nunca, a su subordinación militar total a través de la OTAN.

El interés histórico anglosajón por desvincular a Europa de Rusia se está imponiendo a la UE haciéndola protagonista de su desindustrialización y de la depauperación masiva de la clase obrera. La guerra de la OTAN contra Moscú, tanto a través de las sanciones ejecutadas por la UE contra la lógica más elemental que tuviera en cuenta los propios intereses económicos de sus miembros, como imponiéndole gastos militares sin precedentes, es también una guerra contra Europa.

La destrucción del gaseoducto Nord Stream II, que hubiera permitido la llegada a la UE de gas ruso barato y de excelente calidad, perpetrada por Gran Bretaña, junto a las sanciones que impiden la compra de gas, petróleo ruso y materias primas, están provocando una elevación descomunal del precio de la energía que está hundiendo la industria europea, al tiempo que deja a millones de trabajadores en el paro. Así mismo, el encarecimiento de productos básicos, como la energía y los alimentos, está destruyendo las condiciones de vida de la inmensa mayoría de las clases populares.

La imposición de comprar a EE.UU gas licuado procedente del fracking, que empezó meses antes de comenzar la intervención de Rusia en Ucrania, y que es mucho más caro, además de insuficiente, está permitiendo que USA, aun en medio de la crisis, consiga niveles de crecimiento del 4%, mientras la recesión asola a la UE. El sometimiento a EE.UU de los gobiernos de la UE es especialmente clamoroso en el caso del Gobierno español. La decisión del Gobierno PSOE-UP de reconocer la soberanía de Marruecos sobre el Sahara, además de traicionar al pueblo saharaui, ha comprometido la llegada de gas argelino que ya se ha encarecido en un 70%.

La destrucción de empresas europeas se ve incrementada además por la subida descomunal de los tipos de interés ejecutada por el BCE, siguiendo la estela de la Reserva Federal de EE.UU. El pretexto aducido es la “lucha contra la inflación”; inflación que crearon ellos mismos favoreciendo el recurso generalizado al crédito con tipos de interés cercanos a 0 y, sobre todo, creando dinero artificialmente (la Reserva Federal y el BCE fabricaron de la nada 22 billones de dólares en los últimos cuatro años). El resultado, de ninguna manera casual, es el cierre masivo de empresas y de puestos de trabajo y una carestía de alimentos, productos básicos para la supervivencia y de la energía para los hogares, poniendo a millones de familias en situación límite.

A todo ello se añade un incremento histórico y sin precedentes de los gastos militares, impuesto por la OTAN, a costa de la aceleración del desmantelamiento y privatización de los servicios públicos, destacadamente de la sanidad, que ya venía produciéndose desde que, con el apoyo de PP, PSOE y las derechas nacionalistas, se aprobara la Ley 15/97, que sigue intacta a pesar de los compromisos electorales de Unidas Podemos.

Esta autodestrucción de la UE y de las condiciones de vida de la clase obrera se produce porque las oligarquías europeas y los gobiernos a su servicio forman parte del proyecto imperialista de “destrucción creativa” diseñado por los grandes centros de poder. La militarización social, ya ensayada con la pandemia Covid, y todas las demás leyes represivas, de la que forma parte destacada la Ley de Seguridad Nacional y a la que se añade la reciente modificación del Código Penal para penalizar aún más cualquier intento de movilización social, pretenden asegurar el mantenimiento de la dominación del capital frente a posibles levantamientos sociales.

4. El imperialismo y el fascismo, una alianza de larga data.

En una situación de grave crisis como la actual, en la que no cabe esperanza alguna de solución para la inmensa mayoría de la población, reaparece el auge del fascismo como recurso de la burguesía frente a la agudización de la lucha de clases.

La alianza de la OTAN con el fascismo no es de ahora; es una constante desde la II Guerra Mundial.

Antes de terminar la guerra y en plena batalla de Berlín, Allen Welsh Dulles, trabajando para la OSS (Oficina de Servicios Estratégicos de EE.UU), antecesora de la CIA y de la que sería su primer director civil, puso en marcha la Operación Paperclip destinada a trasladar 1.600 científicos nazis a universidades e instituciones militares de EE.UU. Muchos de ellos, expertos en armas biológicas y químicas, habían participado directamente en experimentos médicos que ocasionaron la muerte de miles de prisioneros en los campos de Dachau y Ravensbrük. Fueron juzgados en Núremberg por ello, pero EE.UU procuró su absolución.

La perpetración de atentados terroristas en diferentes países de Europa, como los llevados a cabo por la Red Gladio, muestran la colaboración entre la OTAN, grupos fascistas y servicios secretos militares para la desestabilización de gobiernos  no lo suficientemente dóciles y, en general en la lucha contra el comunismo.

Hoy la colaboración directa de EE.UU y la UE con los fascistas ucranianos es la actualización de esa alianza y pone de manifiesto cómo “gobiernos progresistas” como el del PSOE-Unidas Podemos, mientras agitan el espantajo de que “viene VOX”, se manchan las manos con la sangre de los antifascistas del Donbass, apoyando a los nazis de Ucrania.

Esta línea de continuidad política, ideológica y militar entre el fascismo y la OTAN, con el anticomunismo como eje vertebrador y la subyugación de Europa, sometiéndola a los intereses de EE.UU, para cortocircuitar sus naturales relaciones económicas, comerciales, culturales, etc con Rusia, explican sobradamente buena parte de los acontecimientos políticos acaecidos desde la II Guerra Mundial en el continente europeo y en el presente.

Pero no se trata sólo de lo que ocurre en Ucrania. La evidencia de que el Gobierno “progre” no resuelve los problemas de la clase obrera y que actúa siguiendo con la mayor disciplina la agenda de la oligarquía, en ausencia de una alternativa coherente que lo enfrente, alimenta objetivamente el fascismo.

Una vez más, la colaboración decisiva de la socialdemocracia, la vieja y la nueva, en el ataque a las condiciones de vida de las clases populares, la traición de los grandes sindicatos y la evidencia de que, como ha sucedido recientemente con la sanidad, las grandes movilizaciones son orquestadas con objetivos electorales, dejan el campo abierto para que el discurso “radical” de la extrema derecha arraigue entre sectores importantes de la clase obrera.

5. La construcción de amplias alianzas internacionales sobre la base de la soberanía y la independencia.

La ofensiva del imperialismo de EE.UU. y la UE contra Rusia y China es una pieza clave de todo este proceso de reestructuración capitalista a gran escala. El proyecto de gobernanza global requiere, como ocurrió con la gestión de la pandemia Covid,  que las directrices sean implementadas a escala mundial. Es preciso, para que sea creíble, que el relato apocalíptico y las directrices hegemónicas sean acatadas por todas las grandes potencias y que, en cascada, se lleven a cabo en todo el mundo. En definitiva, para que el proyecto de dominación del imperialismo anglosajón sea posible, es imprescindible que no haya quien escape, con la fuerza suficiente, a sus mandatos.

Pero las contradicciones han estallado, y un nuevo bloque  que agrupa a la mayoría de los pueblos del  mundo se fortalece cada vez más.

El incremento exacerbado de los ataques contra Rusia y China se debe fundamentalmente a que ninguno de los dos puede ser incluido en la bancarrota general. Además de los gigantescos recursos naturales de Rusia, y de las enormes capacidades productivas de China, ambos países se han ido deshaciendo de su deuda en monedas occidentales y no pueden ser incautados. Por ello el objetivo del imperialismo es destruir su identidad y resistencia y propiciar un cambio de régimen, tanto en Rusia como en China.

Subyugar a Rusia y China es un problema existencial para el imperialismo otanista porque para la aplicación de la doctrina de la “destrucción creativa” en la economía occidental, todo lo demás también debe caer. Si la economía de EE.UU, de la UE y la de sus satélites se hunde y el gran bloque económico multipolar no participa en la caída, será un desastre para Occidente y su proyecto de gobernanza global estará seriamente amenazado.

El nuevo bloque tiene un poder económico importante y puede ser la columna vertebral de una nueva hegemonía multipolar; mientras que Occidente desciende a una especie de «Edad Oscura» e irrelevante. Por lo tanto, el mundo entero debe caer para que funcione el “Gran Reinicio”. Rusia y China deben ser subyugadas por cualquier medio, así como India, Irán y un número creciente de países de África, América Latina y Asia 4[5].

El problema para Occidente es que sus planes se están viendo frustrados. La decisión de Rusia de intervenir militarmente en Ucrania, y sus victorias junto a las fuerzas armadas de las Repúblicas Populares del Donbass,  marcan la ruptura de la unidad entre Oriente y Occidente. Las escasas repercusiones negativas de las gigantescas sanciones contra Rusia, mientras la UE se hunde, y sus innegables victorias en la confrontación militar cada vez más abierta con la OTAN, «hasta el último ucraniano», son buena muestra de ello.

Así mismo, la escalada agresiva del imperialismo está sirviendo para reforzar las alianzas económicas, comerciales, militares y políticas entre Rusia y China y con otros países asiáticos, africanos y latinoamericanos, que hace tiempo se vienen gestando. Es decir, se está produciendo un rápido desenganche de un número cada vez mayor de países de la dominación euro-estadounidense.

Este debilitamiento objetivo del imperialismo “occidental”, sin que quepan ilusiones sin fundamento acerca de la caracterización de clase de los Estados aliados en el bloque multipolar, abre nuevas perspectivas de lucha imperialista y antifascista para las organizaciones que luchamos en los países que forman parte del núcleo central desde el que se perpetran las agresiones a otros pueblos. En concreto, nuestro combate contra la OTAN y la UE debe ir acompañado de la decidida solidaridad internacionalista con todos los pueblos que resisten y en especial con el pueblo del Donbass, así como de la consideración de la intervención militar de Rusia en Ucrania como parte de la lucha antifascista y contra la Alianza Atlántica.

6. Tareas concretas sobre las que forjar la unidad de las organizaciones comunistas revolucionarias

1. Las contradicciones que está haciendo aflorar la guerra de la OTAN contra Rusia y su apoyo económico y militar a organizaciones fascistas, unidas a las sanciones, que tan duramente están afectando a la clase obrera europea, abren nuevos caminos de organización y resistencia.

El apoyo a la lucha antifascista y antiimperialista que, heroicamente, se está llevando a cabo en el Donbass, es el mejor ejemplo de resistencia popular que, además, conecta directamente con la experiencia internacionalista y de combate contra el nazismo que vivió nuestro Frente Popular.

El avance en la construcción de un nuevo orden internacional multipolar, basado en la independencia y la soberanía de naciones que se enfrentan al imperialismo “occidental” y que suponen la inmensa mayoría de la humanidad, está minando objetivamente el poder del imperialismo. Todo ello, sin que esto sustente ilusión alguna de que esto implique revoluciones sociales que tendrán que llevar a cabo sus pueblos.

En el Estado español, y también en el marco de la UE, las organizaciones comunistas debemos participar decididamente en la creación de un Frente Antiimperialista y Antifascista que tenga como eje vertebrador la lucha contra la OTAN como brazo armado del fascismo y de la ofensiva general del capital contra la clase obrera y los pueblos del mundo.

2. En este escenario de agudización de la lucha de clases, para las organizaciones comunistas revolucionarias, no cabe otra alternativa que, partiendo del imprescindible análisis de totalidad de la ofensiva en todos los frentes del gran capital internacional y de sus aliados en el Estado, construir la independencia de clase.

Hay que hacerlo desde abajo, desde las raíces, desde los lugares en los que se viven las condiciones de vida más duras, desde los barrios obreros y los centros de trabajo.

No es posible explicar a nuestra clase y a nuestro pueblo los planes de la burguesía contra la clase obrera si no es a partir de su experiencia concreta, de la percepción de la realidad en la que viven. Y no valen solo los discursos.

La realidad nos apremia, pero no hay atajos. Hay que andar el camino paso a paso.

Es ahí, desde el cuerpo a cuerpo, a partir de la comprensión específica de la forma en la que perciben su realidad quienes están viviendo con toda crudeza las repercusiones de todo el proyecto criminal de la burguesía, desde donde hay que construir la independencia de clase.

La dominación de la burguesía se ejerce, además de a través de mecanismos de dominación violenta y represiva, mediante la imposición de su ideología con falsos señuelos de luchas parciales, y de “soluciones” electorales del mal menor. En este camino, es preciso desvelar sus objetivos de debilitamiento y división de la clase obrera a los que han servido experiencias de control social como los impuestos durante la pandemia y que, sin duda alguna, se repetirán con este u otros pretextos.

Pero esta situación no es estática. Nuestro objetivo central de construir la independencia de clase, más allá de “relatos” desviacionistas, tiene como aliado fundamental la realidad de las condiciones, cada vez más insoportables, de vida y de trabajo. Es sobre ese caldo de cultivo, cada vez más abonado, sobre el que es posible explicar el por qué de las cosas y la necesidad ineludible de la revolución y de construir el socialismo.

En ese proceso, es preciso aunar lo que queda de experiencia obrera de luchadores y luchadoras de otros tiempos, con la fuerza vital y la desesperación de la juventud ante la negación de cualquier experiencia de futuro.

El objetivo es rescatar a nuestra clase gente de la idiotización programada por los medios de comunicación, por las redes sociales o por el consumo de alcohol, medicamentos y otras drogas, sobre todo de la juventud. No valen soluciones que no partan de hundirse en su experiencia, en su saber, y de tejer, sobre esa base, nuevas formas de organización obrera y popular.

El trabajo con la juventud es prioritario. No importa lo difícil que sea. Hay que buscarles y reconocerles y favorecer su protagonismo en todas las expresiones de rabia y de resistencia que se manifiestan hoy, fundamentalmente a través de la música. Y, sobre todo, impulsar la construcción por ellos mismos de medios alternativos de comunicación que expresen lo que están viviendo.

En el movimiento obrero están surgiendo nuevas formas de organización y de lucha que tienden a superar las burocracias sindicales. Se están generando hoy desde las propias necesidades de la lucha. A este respecto, es útil recordar el surgimiento de las primeras comisiones obreras como doble poder y experiencia de independencia de clase.

En este camino, si las organizaciones comunistas lo recorremos consciente y organizadamente, van a surgir nuevos aprendizajes y nuevas posibilidades materiales de avance que todavía hoy no vislumbramos. Y aquí juega un papel determinante la formación política. Hoy, sobre todo la juventud, la más consciente, está buscando no soluciones electorales, sino los instrumentos teóricos y políticos para acabar con la realidad que les oprime como una losa. La teoría política, que nos ha sido legada por quienes nos precedieron en el combate, y su capacidad para analizar la realidad actual, es la más preciada herramienta de lucha. Y junto a ella, la expresión cultural. Nuestro cine, nuestra música, nuestros medios de comunicación, nuestro teatro; lo antiguo y lo nuevo que se construya, constituyen un arma indispensable.

El camino está abierto y nos espera.


[1]https://www.congreso.es/public_oficiales/L14/CONG/BOCG/A/BOCG-14-A-91-1.PDF

[2] https://cnc2022.wordpress.com/

[3]https://momo.isciii.es/panel_momo/

[4]https://www.antena3.com/noticias/sociedad/disparan-suicidios-jovenes-adolescentes-mayor-cifra-decada_202212016388dbab4a5f3000014d3022.html

[5] https://questiondigital.com/la-tercera-guerra-mundial-ha-sido-organizada-en-davos/        

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