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El extraño caso del Dr. Tamames

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análisis

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Hace ya diez años, en la gran exposición de Dalí en el museo Reina Sofía,  mientras recorría las salas repletas de gente, me encontré con el gran Ramón Tamames. Todavía caminaba muy erguido con un paso lento de procesión, yendo de un cuadro a otro como un vistoso abejorro. Tenía el pelo tintado de color caoba y llevaba sus clásicas gafas de pasta grandes como ventanales por donde se asomaban sus ojillos claros llenos de asombro y curiosidad por todo lo que le rodeaba. Vestía unos pantalones de color verde manzana y una chaqueta de punto tirando a naranja. Su aspecto de director de un casino de Las Vegas iba muy a juego con los cuadros del maestro del surrealismo. Nada más verle, me tuve que sentar en un banco que había en medio de la sala para sosegarme un poco después de la fuerte impresión que me invadió al verle al natural. Hasta entonces solo lo había visto en fotos y en la televisión. Me causó una emoción que podría compararse a la que experimentan los protagonistas de Jurassic Park cuando ven por primera vez a un dinosaurio vivo.

Le fui siguiendo con la mirada hasta que su gran cabeza de caoba se perdió entre la multitud de cabezas que buscaban con la mirada más obras del genial artista catalán. En ese momento me acordé de mi padre, militante del PCE, cuando nos mandaba callar cada vez que salía este hombre en televisión. Tamames, a juzgar por las apremiantes llamadas de mi padre pidiendo silencio para poder oír sus declaraciones, tenía para él el mismo rango que Dolores Ibárruri, “Pasionaria” o Santiago Carrillo, dos históricos dirigentes para los que también nos pedía silencio con igual vehemencia cuando escuchaba con unción sus  arengas y proclamas en la radio de capillita que había colgado con unas palomillas en la pared del comedor, sobre una tabla con un pañito de ganchillo. Nunca olvidaré la afanosa, la heroica lucha de mi padre con la rueda del dial de la radio, como si tratara de abrir una caja fuerte, intentando sintonizar “La Pirenaica”, una emisora muy escurridiza, que a pesar del nombre emitía desde Bucarest, y cuya señal era constantemente boicoteada y pirateada por el régimen franquista hasta el punto que apenas podían oírse, no sin dificultades, algunas palabras sueltas entre las continuas interferencias en forma de incesantes e insufribles pitidos, horribles chirridos, chasquidos, crujidos y todo tipo de insoportables estridencias. Más que oír palabras entre interferencias, podía decirse que se oían interferencias entre alguna que otra palabra inteligible. Pero ese horrible batiburrillo de apocalípticos pitidos y chirridos  no acobardaba a mi padre, ni al resto de los oyentes de la emisora, que pegaban el oído como una ventosa al altavoz intentando enterarse un poco de los mensajes que lanzaban los dirigentes de su partido, todavía en la clandestinidad por lo que, por si fuera poco padecimiento sintonizar la emisora, además había que oírla muy bajo en un lugar a salvo de oídos indiscretos, y en el más completo silencio. Por eso estaba siempre mandándonos callar,  y cada vez más mosqueado porque apenas podía oír unas palabras sueltas de Carrillo, de Pasionaria u otro señalado dirigente, apenas unas teselas sueltas de un mosaico cuyo mensaje no era capaz de descifrar del todo. De ahí su frustración y su consiguiente mal humor, y sus continuas llamadas al silencio a unos niños que, como todos los niños, no estábamos hechos para permanecer mucho tiempo quietos y en silencio. Unos años después, ya en la Transición, cuando aparecía el profesor Tamames en la televisión, mi padre volvía a exigir silencio para escuchar las declaraciones de este dirigente, uno de los doctores y santo mayor del santoral comunista de entonces. Si a mi padre y a muchos de sus camaradas les hubieran dicho que, andado el tiempo, Ramón Tamames, el mismísimo Ramón Tamames, iba a aliarse con Vox, un partido de extrema derecha, heredero directo del franquismo, al que veneran y tienen como modelo y guía, e iba a encabezar a sus casi noventa años una moción de censura erigiéndose como portavoz de ese partido contra un gobierno formado por gentes del PSOE y otros partidos progresistas, algunos de ellos herederos del viejo PCE, sencillamente no solo no lo hubieran creído sino que se hubieran burlado de semejante disparate y desatino.  Pero tal disparate y despropósito se ha hecho realidad para que nadie dude que éste es el país del esperpento, y ese esperpento constituye la verdadera “Marca España”. Los que, como mi padre, ya están muertos, se han ahorrado el enorme disgusto de asistir a un espectáculo verdaderamente bochornoso. Un desquiciado circo del más difícil todavía, donde la cabra ya se ha subido al elefante, y ahora es el elefante el que se sube a la cabra. Los viejos militantes que aún siguen vivos tendrán que presenciar y aguantar esta penosa, vergonzosa e ignominiosa estación, una más, de su particular vía crucis. 

Más o menos por esa época de preadolescente, cuando mi padre me mandaba callar mientras escuchaba lleno fervor, devoción y recogimiento Radio España Independiente, Estación Pirenaica, tenía un amigo muy sobrado y sabelotodo que se creía más listo que nadie, hasta el punto de que una vez dijo a otro de los amigos de la cuadrilla, con el que solía entablar interminables polémicas: “Tienes razón, aunque yo te convenza de lo contrario”.  La decisión de Ramón Tamames de encabezar la moción de censura contra Pedro Sánchez y su gobierno de coalición, me recuerda a esa frase y a esa actitud tan presuntuosa, tan sobrada y engreída de aquel antiguo amigo. El doctor Tamames, con un ego que no cabe ni en El Gran Cañón del Colorado, quiere, antes de desaparecer para siempre tras el telón, momento que no ha de tardar mucho, habida cuenta de su avanzada edad, agitarse, contorsionarse un poco, hacer una última pirueta y morisqueta muy efectista para decir que todavía está vivo y con su gran inteligencia en plena forma y, con esa comparecencia ante las cortes, escribir en el muro, antes de saltarlo y desaparecer para siempre, la frase “Todavía estoy aquí y quiero demostrar a todo el mundo que soy el mejor, el jodido amo, y puedo convencer a cualquiera de lo que quiera”. Un reto que solo está al alcance de las  mentes superiores, como la suya. Su último y arriesgado  número consiste, como ya se ha dicho, en una moción de censura a Pedro Sánchez y a su gobierno de coalición, donde promete que “va a hacer una explicación de cómo está España, con los problemas que hay y el trabajo que hay que hacer para frenar los deterioros, para mejorar las situaciones y avanzar el país en su conjunto más libre y más dotado del mundo”. Ahí queda eso. Pero toda esa declaración de intenciones queda absolutamente invalidada, anulada por venir de donde viene. Y viene nada menos que del partido del odio, que ha utilizado la democracia para entrar en el parlamento, pero no cree en ella ni poco ni mucho, ni nunca ha creído, y cuando consiga el poder suficiente en ese parlamento acabará con esa democracia, que ha usado como un caballo de Troya, declarando ilegales a todos los partidos que no piensan con ellos, a los que sin dudarlo tacharán de “enemigos de España”. Por tanto, ya puede meterse el señor Tamames los folios de su fastuoso discurso donde le quepan. El señor Tamames nos recuerda a esos charlatanes de feria que  para atraer la atención de la gente, prometen la cosa más increíble, más absurda e inconcebible del mundo. El señor Tamames, llevado por su descomunal ego, nos ha prometido que es capaz de tocar la Quinta sinfonía de Beethoven con una carraca, unas castañuelas, una botella de anís y una cuchara. Y promete que sonará como la Filarmónica de Berlín. Él sabe que nos quedaremos a ver cómo consigue el prodigio, a ver dónde se cuelga las castañuelas o la carraca, a sabiendas de que todo el número es una soberana tomadura de pelo.

Pero últimamente, ha amainado el viento solano que le estaba abrasando la mollera a Tamames hasta el punto de hacerle echarse en brazos de Vox, y ahora parece que el ex diputado comunista, gran intelectual y prestigioso catedrático de estructura económica, está dejando caer declaraciones no solo diferentes sino abiertamente contrarias a los principales postulados del partido ultraderechista, que intenta capear como puede esos cambios de opinión echando la culpa a la prensa y confiando en que el tiempo pase pronto y llegue a la tribuna del parlamento dispuesto a llevar a cabo una moción de censura contra Sánchez que sirva a sus intereses de partido, que es de lo que se trata.  De momento han saltado algunas alarmas cuando ha considerado “exagerado” decir que el gobierno de Pedro Sánchez es el peor de la historia de España, como sostiene Vox. Al contrario, el señor Tamames ha declarado tenerle “cierta estima” a Pedro Sánchez. También ha discrepado de Vox afirmando que cambio climático es la amenaza más importante al que se enfrenta la humanidad, al contrario de lo que piensa la mayoría de su partido, para los que el cambio climático es una milonga de la izquierda. También ha definido a España como “una nación de naciones” nada que ver con el monolitismo que defiende Vox. Y también ha criticado Tamames, ya desatado, el uso partidista de la bandera de España, o discrepado de la postura de Vox sobre la inmigración, contradiciendo así a otro de los principios del partido. Una de las últimas cosas que ha dicho es admitir que la formación de Abascal tiene “extremosidades”. No puede ser que alguien de su categoría intelectual se dé cuenta ahora, a estas horas, cuando hasta el último ciudadano de este país hace tiempo que se dio cuenta de eso. Es como decir que no sabía que el fuego quemaba o que la lluvia mojaba.

Pero Tamames, a pesar de estos bandazos, es mucho Tamames, nada que ver con esbirros de medio pelo como Leguina, Corcuera, Rosa Díez y otros dirigentes del PSOE que nunca fueron de izquierdas y pasados los años se ha visto que lo suyo no era contribuir al progreso de la sociedad impulsando políticas de izquierdas, sino contribuir a su propio progreso personal arrimándose al poder para que éste le pase la mano por el lomo agradeciendo su contribución al sistema neoliberal.

Tal y como quería Tamames, la expectación en torno a su persona sigue creciendo a medida que se acerca la fecha de su comparecencia ante el parlamento. Sus últimas declaraciones indican que una vez subido a la tribuna de oradores puede salir por cualquier lado. Todo dependerá del viento dominante que sople en esos días. La cúpula de Vox debe estar de los nervios, contando las horas que quedan para que don Ramón, el que les dio el sí quiero hace unos meses a encabezar la moción de censura destinada a acabar con el gobierno de Pedro Sánchez, no se eche atrás y se arranque con brío y acometividad contra la izquierda, culpándola de todos los males de este país habidos y por haber. Y no solo defienda, sino que justifique, sostenga y apoye a la ultraderecha heredera del franquismo como la única salvación para el país. La misma ultraderecha que le llevó en su juventud a la cárcel por pedir libertad y democracia. Si el señor Tamames quería interés, curiosidad, expectativa en torno a su persona, ha logrado con creces su objetivo. Pero, pase lo que pase, nunca le perdonaremos a una persona de su trayectoria, montar este bochornoso, grotesco, absurdo e innecesario espectáculo. Esta obra cumbre del esperpento, del disparate, del desatino y la ridiculez más penosa y denigrante. 

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