El indignante caso de los trenes que no cabían por los túneles

21 de Febrero de 2023
Actualizado el 02 de julio de 2024
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De un tiempo a esta parte, sobre todo tras la llegada de la posmodernidad, se ha instalado una forma de trabajar calamitosa, desmañada, inepta. Todo se hace deprisa y corriendo, de mala gana, sin un mínimo de profesionalidad. Ya no hay zapateros como los de antes, ni fontaneros, ni electricistas. Se impone el trabajo mal hecho. Cuando un país diseña trenes más grandes que los túneles por los que han de circular es que algo no funciona bien. ¿Qué ha ocurrido? ¿Desidia funcionarial, incompetencia, demasiada burocracia, un mal endémico español que no se logra extirpar desde los tiempos del Vuelva usted mañana de Larra? Probablemente una mezcla de todo ello y de algunas cosas más.

Miguel Ángel Revilla dice que tal “chapuza” no la había visto “en 40 años” en política mientras que el presidente asturiano, Adrián Barbón, reconoce el “cabreo” de sus paisanos ante lo kafkiano de la situación. De momento, el Gobierno ha tomado cartas en el asunto (Sánchez dice que se ha “dejado la piel” para solucionar el problema y “depurar responsabilidades”) y ya se han producido las primeras dimisiones higiénicas: el presidente de Renfe, Isaías Táboas, y la secretaria de Estado de Transportes, Isabel Pardo de Vera, han sido los primeros en caer. Pero seguro que habrá más cabezas cortadas en los próximos días para compensar tamaño desaguisado. Cabezas que no saben sumar dos más dos. Cabezas que no son capaces de manejar un compás y un cartabón ni de hacer pasar un tren por un túnel. Ingenieros peleados con las matemáticas más elementales. No estaría de más que alguien de arriba, en el ministerio o por ahí, se planteara también volverse para su pueblo. Y si es en tren mucho mejor. Para que sepa cómo están las infraestructuras en algunas regiones de este país. Por si no lo sabe la ministra Raquel Sánchez, en Extremadura los ferrocarriles siguen funcionando al tran tran, como aquellos trenes de la bruja de las ferias de nuestra infancia. Exasperantemente lentos, acumulando retrasos infinitos. Poniendo a prueba la teoría de la relatividad de Einstein (por aquellas latitudes el tiempo y el espacio funcionan de otra manera al resto del mundo civilizado, se dilatan y se agrandan de manera que los viajeros nunca llegan a sus destinos). ¿Y qué me dicen ustedes del AVE a Murcia? Tardó décadas en llegar (hasta hace no tanto las traviesas de madera eran del siglo XIX). De las líneas ferroviarias del norte qué más podemos decir: hace tiempo que están abandonadas mientras asturianos y cántabros han demostrado una paciencia budista pese a que veían cómo las inversiones y presupuestos siempre volaban a las grandes ciudades y a los nacionalismos periféricos. Y ahora esta broma de que los trenes no caben por los túneles. Ha vuelto la España del burrotaxi, de Mortadelo y Filemón, o mejor, de Pepe GoterayOtilio, chapuzas a domicilio.

Medir algo no es cosa menor, como diría Rajoy. Hay que tener un buen metro, vista agudizada, pulso y habilidad para calcular. Hay que poner un mínimo de cariño y atención porque, si no se hace bien, luego el armario no entra en el ascensor, que es lo que les ha ocurrido a los técnicos de Renfe o quizá de ADIF, quién sabe, hay tantos organismos dispersos que uno ya no sabe quién es quién ni a qué se dedica cada cual. Cabe preguntarse qué hacían los equipos técnicos encargados de realizar las mediciones cuando iban al norte a ejecutar el proyecto. Es verdad que aquellas tierras tienen algo especial y todo el que para por allí acaba seducido por el festín visual, por las altas montañas, los verdes prados que siempre huelen a hierba fresca, los acantilados bravíos y espumosos, la sidra, la fabada, las anchoas, el cocido montañés y el arroz con leche. Es difícil sustraerse a placeres tan suculentos. Pero entre plato y plato siempre debe haber tiempo para hacer una medición al milímetro, exacta, cuadrada. Qué menos. Pues no.  

El Estado se ha diversificado tanto, se ha troceado tanto en entes privados y públicos, gestores, contratas, subcontratas, delegaciones autonómicas, departamentos, filiales y consorcios, todo ese formidable laberinto administrativo, que aquí ya nadie sabe quién es competente para cada cosa y qué se lleva entre manos. El Leviatán estatal se ha convertido en un monstruo tan gigantesco e intrincado que cuando llega la hora de la verdad, la hora de enviar a un topógrafo competente capaz de echar una simple suma para que un tren encaje por un túnel, no hay manera, oyes. Lo malo es que si esto ha pasado con un ferrocarril de vía estrecha o cercanías qué no estará pasando en otras infraestructuras más complejas. ¿Estarán bien puestas las señales de tráfico en nuestras carreteras y autopistas? ¿Tendrán el ancho suficiente las pistas de aterrizaje de nuestros aeropuertos? ¿Y el material radiográfico sanitario con el que teóricamente tienen que tratar nuestras enfermedades más graves? ¿Será de calidad o de todo a cien como aquellas mascarillas de papel que compraron durante la pandemia y con las que algunos hicieron el negocio del siglo? Ya sospechamos de todo y con razón. Nos tememos lo peor.

Ahora, para tratar de tapar el desastre, el Estado asegura que compensará el retraso en la llegada de los nuevos convoyes, máquinas y vagones, con la gratuidad de los Cercanías para el pueblo. Esto es todavía más indignante. El transporte público debería ser gratis en todo el país y siempre. No nos vale que a alguien se le haya ocurrido comprar el lógico enfado de asturianos y cántabros, por miedo al descalabro en las elecciones que están a la vuelta de la esquina, con unos bonos temporales para los que antes no había dinero y ahora sí. Ya está bien de engaños.

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