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El paradigma ético de José Saramago

Ángel Martínez Samperio
Ángel Martínez Samperio
Doctor en ciencias de las religiones por la UCM, periodista y escritor
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análisis

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Se presentó en el Ateneo de Madrid el libro <<Saramago… siempre>> (ed. Ondina 2022), con motivo de su centenario, del que soy coautor

Guardo en mi memoria, y así lo cuento en mi aportación al libro, aquella expresión de Saramago, pronunciada en el Salón de Actos de la Docta Casa, al poner en relación los 100.000 millones de galaxias con la pequeñez humana. Esa distancia, al modo deísta, volvían imposible la búsqueda de Dios.

Sin embargo, Saramago está comprometido con la vida. Así lo declara a El Faro de Vigo el 9 de noviembre de 1994: <<estoy comprometido con la Vida hasta el final de mis días, y me esfuerzo por transformar las cosas, y por ello no tengo más remedio que hacer lo que hago y decir lo que soy>>. Siete meses antes había dicho en Baleares: <<El único poder que considero revolucionario es la bondad, que es lo único que cuenta>>. Es la suya una ética desconectada de lo divino.

Si unen ustedes su ateísmo y su compromiso para con lo humano, sin referencia a Dios, hallarán la clave de su paradigma: Saramago es hijo de la secularización, cuando el hombre emancipado y secular se hace profano: “pro-fanus”, literalmente delante del templo. Fuera del abrigo del templo asume su responsabilidad para consigo y para con su mundo.

Ahí creo que se sitúa Saramago: en una posición de ética autónoma que prescinde de Dios para tratar de realizar el bien; una postura que pone la propia vida, como manera ética de vivir, como un esfuerzo para transformar las cosas, los seres, las estructuras.

Él no cree en Dios, pero ¿cree en el hombre? Leyéndole, en sus <<Cuadernos de Lanzarote>>, diríase que prima el escepticismo: El 4 de julio dice: <<Dios, definitivamente, no existe. Y si existe es, rematadamente, un imbécil. Porque sólo un imbécil de ese calibre se habría dispuesto a crear la especie humana como ha sido, es… y continuará siendo […]>>.

El 22 de mayo de 1996 decía en el Diario El Mundo: <<Somos nosotros los que tenemos que salvarnos, y sólo es posible con una postura ciudadana ética>>, pero si no se cree en Dios como fuerza motivadora del quehacer humano, y se es escéptico para con el hombre, y datos no faltan, queda en pie la figura heroica de quien resiste. En su figura convergen la dimensiones ética, estética y política. No está mal en un tiempo de quiebra de los vínculos, de crisis de la ética, de creación de estéticas del espectáculo, y de desafección y fanatismo político.

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