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El sector moderado de la OTAN frena a los halcones que piden ir a la guerra contra Rusia

La investigación sobre el misil caído en una granja de Polonia, que ha costado la vida a dos personas, concluye que se debió a un accidente de los ucranianos

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análisis

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La OTAN se encuentra en alerta máxima tras la explosión de un misil en una granja de Polonia que ha provocado dos muertos. Joe Biden asegura que es “improbable” que el proyectil haya sido lanzado deliberadamente por el ejército ruso y todo apunta a que se trata de un accidente, probablemente un artefacto ucraniano fuera de trayectoria y control. De momento, la investigación del Gobierno polaco apunta en esa dirección, de modo que no invocará el artículo 4 del tratado de la Alianza, que establece que las partes se consultarán cuando esté en juego la integridad territorial de alguno de los miembros del club militar. Ese sería el primer paso antes de entrar en el temido artículo 5, que prevé una acción armada de defensa de toda la OTAN en el caso de que uno de sus socios sea atacado por una potencia exterior.

Aunque Stoltenberg asegura que se está “monitorizando” el suceso ocurrido en la frontera polaca y pide prudencia a la espera de que se aclaren los hechos, la tensión es máxima y a esta hora los generales y mandos otanistas se reúnen de urgencia. Lógicamente, Moscú elude cualquier tipo de responsabilidad en la agresión contra territorio polaco mientras algún que otro ministro de Putin, llevado por el fervor nacionalista y el ardor guerrero, habla ya de atentado de falsa bandera planeado por Ucrania para inculpar a Rusia, de modo que, según los oligarcas del Kremlin, “Occidente se acerca peligrosamente a la Tercera Guerra Mundial”. Por supuesto, el Ministerio de Defensa ruso nada dice sobre el feroz ataque que la pasada noche llevó a cabo contra Kiev, una acción en la que ha llegado a lanzar hasta un centenar de cohetes contra instalaciones estratégicas ucranianas, inutilizando el suministro eléctrico de medio país.

Pocas veces desde 1945 la humanidad ha estado tan cerca de un conflicto nuclear de escala mundial. Ni siquiera la crisis de los misiles cubanos de 1962, otro dramático punto crítico sin retorno, puede compararse con la situación explosiva que se vive hoy en Europa, escenario de un nuevo choque entre dos modos y estilos de vida, la civilización Occidental basada en la democracia y el libre mercado y la Oriental asentada en la autocracia como forma de Gobierno y el intervencionismo estatal. En principio, la OTAN no reaccionará ante lo ocurrido mediante el uso de la fuerza como represalia contra el régimen de Moscú y lo más probable es que archive el expediente polaco concluyendo que el suceso ha sido consecuencia de un desgraciado accidente. Pero esta vez hemos estado cerca de un conflicto mundial entre bloques. Como poderosa organización militar formada por numerosos países –cada cual con su idiosincrasia y con sus gobernantes de distinto pelaje político–, la Alianza Atlántica está sometida a un frágil y delicado equilibrio político. Tras la explosión mortal en la frontera polaca se han desatado fortísimas corrientes internas que pugnan por imponer sus tesis. Por un lado, están los generales más duros del Pentágono, los llamados “halcones” que llevan meses exigiendo que la OTAN dé un puñetazo sobre la mesa, intervenga para dar un escarmiento a Putin y decante la guerra de lado de los ucranianos. Estos furibundos intervencionistas, el ala más belicosa, vaquera y cafetera de la organización militar, habrían llegado a exigir a Stoltenberg que la OTAN lance a su poderosa flota aérea contra los territorios ilegalmente ocupados por Rusia en el Dombás y Crimea, tal como ya ocurrió en 1999, cuando los bombarderos aliados atacaron Yugoslavia durante la guerra de Kosovo. Aquella operación relámpago acabó en poco tiempo con un conflicto que amenazaba con extenderse como un cáncer en el corazón mismo de Europa. En el grupo de los ultras que piden que se incluya a Rusia en la lista negra de estados terroristas y que claman por la Tercera Guerra Mundial no solo hay generales yanquis que han tomado polémicas decisiones sobre Afganistán e Irak, también británicos e incluso de países de la UE que en los últimos años han caído en la órbita del autoritarismo fascista. Por supuesto, entre ellos operan altos mandos trumpistas con intereses en las grandes multinacionales que controlan el mercado armamentístico. Cuando Donald Trump dice que con él en el poder la guerra en Ucrania jamás habría estallado miente una vez más. Pese a la aparente sintonía entre el magnate neoyorquino y Vladímir Putin, fue precisamente Trump quien declaró la guerra comercial a China, principal competidor de los norteamericanos en la carrera por la hegemonía mundial, y conviene no olvidar que los regímenes de Pekín y Moscú son tradicionales aliados que siempre actúan coordinadamente, siguiendo el mismo paso, cada vez que se produce una gran crisis internacional.

Frente a los “halcones” de la OTAN está el bloque de los “prudentes”, ese grupo de militares a la europea que tratan de frenar la escalada bélica y de enfriar la situación que se calienta por horas en Ucrania. Son ellos los que han optado por la política de la contemporización y el máximo tacto con el paranoico del KGB que ordenó la invasión de Ucrania y que ha amenazado a la humanidad con el empleo de armas nucleares. La principal baza con la que cuenta este sector, digamos de moderados, es el propio presidente estadounidense, el demócrata Biden, cuya gestión de la crisis del misil caído en Polonia no puede sino calificarse de “brillante y eficaz”. La rápida comparecencia del presidente de EE.UU. para informar de que el episodio obedecía a un “accidente” (habrá que esperar para saber si no estaremos ante un atentado de falsa bandera orquestado por el ejército de Zelenski con el objetivo de forzar una intervención de la OTAN contra Rusia) ha contribuido decisivamente a rebajar la tensión y a pararle los pies a los halcones, que babeaban con lascivia contemplando el maletín nuclear. Esta vez la humanidad se ha salvado por la campana. Pero la situación en Ucrania va camino de pasar a una fase de descontrol donde cualquier cosa puede ocurrir. Hoy ha sido un misil desvariante que fue a impactar en suelo polaco, mañana alguien, quizá un anónimo cuyo nombre no se conocerá jamás, puede enciender la mecha del hipotético Apocalipsis, que cada día que pasa se parece más a una profecía autocumplida.

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