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“En el cuento hay que hacer trampa, pero sin hacer trampa, al mismo tiempo”

Iban Zaldua presenta en ‘A escondidas’ una quincena de relatos con el denominador común de abordar la cara B de la realidad, o sea la ficción fantástica, y el humor como una cosa muy seria

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análisis

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Donostiarra de nacimiento, residente en Vitoria-Gasteiz, Iban Zaldua (1966) es cuentista ante todo, aunque tampoco le ha hecho ascos a otros géneros literarios como el ensayo o la novela, además de participar en una revista en euskera de agitación literaria. Al hablar de su obra, raro es que no se ponga el foco en el humor que despliega en sus historias, pero sus relatos son una cosa muy seria, artefactos perfectamente ensamblados que cogen al lector por la solapa de la chaqueta y lo empujan sin remisión a una lectura absorbente y placentera, y consiguen de paso que se replantee muchos pequeños detalles vitales en los que no había puesto su atención nunca antes. Ese es probablemente uno de los objetivos prioritarios que todo escritor vuelca en sus obras. Iban Zaldua puede sentirse satisfecho de haber conseguido al menos esto, que no es poco.

En esta compilación de relatos traducidos del euskera, procedentes en su mayoría de otro libro, el realismo deja paso al protagonismo de lo fantástico. ¿Por qué? ¿Tiene de este modo más margen para impactar en el lector?

Quizá habría que plantearlo al revés: por qué en mi anterior libro de relatos traducido al castellano, Como si todo hubiera pasado (Galaxia Gutenberg 2018), era mayor la tendencia hacia el realismo, lo que es extraño en mí. Y la respuesta es que aquel volumen estaba centrado en la violencia vasca, y eso me llevaba, casi de una manera natural, a usar una base digamos “realista” en una gran parte de las piezas que lo componían. Aunque no en todas, por otra parte: siempre he tenido una gran querencia por la literatura fantástica. Es mi raíz, el tipo de relato del que provengo como escritor, y al que no pienso renunciar. Y no creo que un relato fantástico, por sí solo, tenga más margen para impactar que uno situado en eso que llamamos realismo: simplemente, funcionan de una manera distinta, en planos literarios diferentes. En este libro he querido subrayar esa faceta de mi escritura, reunir un libro más compacto, en ese sentido, y de ahí la preponderancia del fantástico.

Habla de sus cuentos como “ejercicios de imaginación encauzada” y no “desbordante”. ¿Permite así no pasarse de frenada a la hora de articular un relato bien estructurado?

Puede ser una de las razones, sí. No me interesa tanto la fantasía más alejada del mundo real que nos rodea, dedicada a construir un mundo ajeno y radicalmente distinto al que parece rodearnos, sino uno anclado en este, en el reverso de lo que conocemos, o lo que pretendemos conocer. Por eso muchas veces parten de situaciones banales o cotidianas, de eso que llamamos normalidad, pero no suele ser, ni mucho menos, tan “normal”.

Cuando surge la chispa de un relato en su cabeza y germina la idea sobre el papel negro sobre blanco, ¿le queda alguna duda de que el lector sabrá apreciar era toda su dimensión la carga de profundidad que usted vuelca en cada uno de ellos más allá de la trama aparente?

No, seguramente porque, como autor, tengo toda la información que necesito, que suele ser más que la que le llegará al lector, y porque supongo que uno escribe pensando en lectoras y lectores parecidos a uno mismo, como lector. Las sorpresas pueden llegar después de que el cuento sale de imprenta, alguien lo lee y te dice que no lo ha pillado, en un taller de lectura, por ejemplo, ja ja. Pero por eso hay que diseñar bien el cuento, hay que dotarlo de una arquitectura muy precisa, para que algo así no ocurra, u ocurra lo menos posible. Por ejemplo, un cuento con final supuestamente “sorpresivo” no puede acabar con la sorpresa y ya está: tiene que haber terminado antes del final, a veces mucho antes del final “físico” del cuento: hay que “avisar” al lector de lo que viene, de alguna manera. Hay que hacer trampa, pero sin hacer trampa, al mismo tiempo.

El título del volumen, ‘A escondidas’, no lo extrae de ninguno de los 15 relatos, pero podría referirse sin ir más lejos al titulado ‘Cuando me prohibió leer en la cama’. ¿Qué pretende agrupar bajo ese título genérico?

Pienso que podría ser el título de más de uno: por ejemplo, en “Entrevista” uno de los personajes ha llevado en secreto, durante la mayoría su vida pública en el País Vasco, que era del Real Madrid, y solo a partir de que ETA abandona la violencia “sale del armario”. En “Madre” los recuerdos enterrados en la memoria de la progenitora del narrador salen a la luz de una manera absolutamente insospechada. La patrulla de gudaris que aparece en “Guerras Civiles” desvela también un secreto oculto durante muchos años, un secreto de doble tirabuzón, además, por decirlo de alguna manera. Creo que el hincapié en la “cara B” de las cosas es, o puede ser, uno de los hilos conductores del libro. La cita de Chesterton que encabeza el volumen tiene que ver con eso: “¿Quieren que les diga el secreto del mundo todo? Es que solo hemos conocido la espalda del mundo. Lo vemos todo por detrás y todo parece brutal. Eso no es una nube, sino la espalda de una nube. ¿No se dan cuenta de que todo se inclina y esconde un rostro? Si pudiéramos ponernos delante…”.

De todos los halagos que recibe por sus historias, ¿cuál cree que encaja mejor con lo que usted busca con su escritura: ironía, imaginación, nostalgia, sensibilidad, emoción…?

Supongo que en este caso lo que más me interesa es la imaginación, como herramienta para ampliar ese estrecho margen del yo más egocéntrico al que se autocondena una parte de la literatura actual. La ironía viene de fábrica, y suele fallar la mayoría de las veces en que se intenta inyectar de una manera demasiado consciente. Lo de la nostalgia no lo tengo tan claro, porque más que una virtud me parece, la mayoría de las veces, una enfermedad, a no ser que sea vehículo para subrayar o desarrollar otro tipo de sentimientos. La sensibilidad, en mi caso, puede que tenga que ver con la atención al detalle: la clave de un buen cuento suele residir en el cuidado con que se parte de este o aquel detalle. Y la emoción, a fin de cuentas, creo que suele ser un derivado de la imaginación, siempre que esta sea reveladora, como decía Toni Morrison.

De lo cotidiano a lo insólito gracias a la imaginación. Una regla de tres que no falla nunca en el relato pero que hay que saber aplicar en sus justas dosis. ¿Algún ingrediente más que aportar para lograr el cóctel perfecto?

Supongo que lo que es más propio de un cuento: la economía. El cuento, tal y como lo veo, es una combinación de economía, intensidad y circularidad. No se puede prolongar más de lo debido, tiene que saber jugar con la elipsis, con lo que queda precisamente a escondidas. Tiene que estallar, en silencio o con estruendo, en algún momento. Y tiene que cerrarse también, incluso en el caso de que el final quede, en apariencia, abierto: en ese caso es el lector o la lectora quien tiene que encargarse de unir los extremos del círculo, después, a veces mucho después de terminar de leer la última línea del relato.

Del conflicto parte todo en un relato. Pero, ¿cómo se llega de este desde lo cotidiano a lo fantástico sin perderse en disquisiciones metaliterarias?

Teniendo claro a dónde quieres ir con el cuento: yo nunca empiezo a escribir un cuento si no sé cuál va a ser el final, por ejemplo, aunque sea muy consciente de cuál es el conflicto que lo va a poner en marcha. Y las disquisiciones, las digresiones, al contrario que en la novela, hay que evitarlas siempre, salvo que nos sirvan de apoyo para ganar en esa intensidad de la que hablaba antes, algo para lo que hay que ser muy hábil, por otra parte. Pero lo metaliterario no me parece tan rechazable como da a entender la pregunta: todo lo contrario, lo metaliterario, toda nuestra memoria literaria como lectores puede ayudar al escritor de relatos a alcanzar ese ingrediente esencial que he mencionado antes, la economía de medios. Que resuene el eco de nuestra memoria lectora puede ser un logro en según qué relatos. Y en A escondidas lo intento en más de una ocasión: lo metaliterario es, junto a lo fantástico, otro de los puntales de este libro. Aunque, ya digo, no como erudición vacía, sino como eco. Ese es el propósito, desde luego, porque no me corresponde a mí decidir si lo he conseguido o no, sino a las lectoras y los lectores, claro.

¿Qué ganan y qué pierden sus relatos cuando hacen la conversión del euskera al castellano traducidos por el propio autor?

¡Espero que perder, nada! A fin de cuentas, el castellano es también mi lengua; es mi lengua materna, de hecho, aunque mi lengua principal de creación sea, en estos momentos, la vasca, y por eso procuro autotraducirme, porque siento que tengo mi propio estilo en español, y la traducción de un tercero, por muy buena que sea, va a requerir de mí un esfuerzo de corrección, para llegar a eso que yo considero mi estilo. Es decir, perder, sobre todo pierdo yo: tiempo que podría dedicar a otras cosas, ja ja. Y ganar, espero que algo: a veces el proceso de traducción te permite seguir corrigiendo el cuento, darle una nueva oportunidad. Borges decía que “el concepto de texto definitivo no corresponde sino a la religión o al cansancio”: la autotraducción es la manera de burlar, al menos por una última vez, al cansancio.

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