En el corazón de Castilla y León, donde las mesetas castellanas se desdibujan en páramos silenciosos y sierras olvidadas, se encuentra Soria: la provincia más despoblada de España y, quizá, una de las más enigmáticas. Con apenas 88.000 habitantes dispersos en casi 10.000 kilómetros cuadrados, su densidad poblacional es menor que la de Laponia. Pero la soledad que para algunos es un problema, para otros se convierte en un tesoro: un territorio donde el silencio aún tiene espacio, donde los pueblos conservan la memoria de siglos y donde la naturaleza se abre paso con una intensidad que sorprende al visitante.
Tierra de fronteras y leyendas
Soria fue frontera durante la Reconquista, y ese carácter liminal se percibe todavía en sus paisajes y costumbres. Castillos, iglesias románicas y murallas olvidadas puntean el territorio. En Medinaceli, las piedras guardan la huella de romanos, árabes y cristianos. Más al norte, el monasterio de San Juan de Duero, con su claustro de arcos entrelazados, parece sacado de un sueño medieval.
Pero Soria también es territorio literario. Antonio Machado, que vivió aquí entre 1907 y 1912, convirtió la ciudad y sus campos en símbolos de un país detenido en el tiempo: “Soria fría, Soria pura, cabeza de Extremadura…”. Sus versos aún acompañan al visitante que camina por la ribera del Duero, entre álamos dorados y el rumor del agua.
Naturaleza intacta
La provincia es un mosaico de ecosistemas. Al norte, la Laguna Negra, un lago glaciar rodeado de pinares, inspira mitos de profundidades infinitas y relatos de Bécquer. Más allá, la Sierra de Urbión alberga los picos donde nace el río Duero, arteria que cruza la península hasta Oporto. En el este, el Cañón del río Lobos dibuja un paisaje dramático de acantilados calizos y cuevas que albergan colonias de buitres leonados.
El 40% del territorio soriano está cubierto de bosques, un lujo en la España árida. Sus pinares abastecieron durante siglos a la marina real y hoy sostienen una incipiente industria maderera y micológica. En otoño, los hongos y las setas convierten a Soria en destino de peregrinación gastronómica.
El reto de la despoblación
Pero la belleza no oculta la fragilidad. Soria es emblema de la “España vacía”, con pueblos donde apenas quedan un puñado de vecinos. En aldeas como Tierras Altas, la despoblación es tan aguda que los tejados hundidos y las casas abandonadas conviven con la obstinación de los que resisten. Algunos jóvenes, atraídos por la calidad de vida y las oportunidades del turismo rural, han comenzado a regresar, pero el reto es enorme.
El aislamiento, sin embargo, también preserva. Las estrellas brillan aquí con una claridad que en otras partes de Europa es ya imposible. La provincia impulsa proyectos de astroturismo, con miradores estelares y rutas nocturnas que aprovechan uno de los cielos más limpios del continente.
Una provincia que se cuenta en sus silencios
Visitar Soria es enfrentarse a la paradoja de un territorio casi vacío pero lleno de huellas: romanas, celtíberas, medievales, literarias. Sus piedras, bosques y ríos hablan con una voz tenue pero persistente, la de un lugar que ha visto pasar imperios, guerras y migraciones, y que sigue ahí, inmóvil en apariencia, pero vivo en cada detalle.
En tiempos de ruido y prisa, Soria ofrece otra cosa: la posibilidad de escuchar el silencio. Y quizás ese sea su mayor tesoro.
Soria en diez paradas
La Laguna Negra
Entre pinos centenarios y paredes de granito que se alzan como murallas naturales, la Laguna Negra parece esconder un secreto ancestral. Su superficie oscura refleja las nubes y multiplica la leyenda de un abismo sin fondo. En otoño, la niebla la convierte en un escenario de cuento gótico.
El Cañón del río Lobos
Un santuario natural de 25 kilómetros de gargantas calizas. Buitres leonados planean sobre los acantilados mientras, en el corazón del cañón, se alza la ermita templaria de San Bartolomé, lugar de peregrinación esotérica y punto de encuentro entre naturaleza y espiritualidad.
Numancia
Las ruinas de la ciudad celtíbera que resistió a Roma son hoy un símbolo de tenacidad. Pasear entre las piedras y murallas reconstruidas permite imaginar la última defensa de sus habitantes frente a las legiones de Escipión.
San Juan de Duero (Soria capital)
Un claustro de arcos imposibles, cada uno distinto, sobrevive a orillas del río. Los atardeceres bañan de oro las piedras medievales, creando una postal única que parece suspendida entre Oriente y Occidente.
Medinaceli
En la plaza mayor, las casas de piedra se abren al horizonte castellano. Aquí conviven un arco romano de dos mil años con un palacio renacentista y restos árabes. La villa entera es un mirador hacia el pasado.
El nacimiento del río Duero (Sierra de Urbión)
A 2.000 metros de altitud, entre lagunas glaciares y praderas de altura, brotan las primeras aguas del río que atraviesa media península ibérica. Una placa recuerda los versos de Machado: “¡Oh, Duero, tu agua corre y correrá mientras las riberas sueñen los chopos todavía!”.
Calatañazor
Un pueblo detenido en la Edad Media. Sus casas de entramado de madera y paja, la iglesia románica y la fortaleza en ruinas evocan la batalla mítica en la que “Almanzor perdió el tambor”. Desde el mirador, se abre un paisaje ondulado de encinas y sabinas milenarias.
La Fuentona
Un manantial de aguas turquesas que brotan de una cueva kárstica. La transparencia es tal que los peces parecen flotar en el aire. Es uno de los enclaves naturales más fotografiados de la provincia.
El Burgo de Osma
Su catedral gótica, el trazado medieval de sus calles y la muralla que la abraza convierten a esta villa en un museo al aire libre. Al anochecer, la luz dorada realza las piedras y crea una atmósfera casi teatral.
Yanguas y Tierras Altas
Enclavado en la montaña soriana, Yanguas es uno de los pueblos más bellos de España. Sus calles empedradas, su castillo y su puente medieval narran siglos de historia. Alrededor, las Tierras Altas muestran el rostro más duro de la despoblación, con aldeas fantasma y paisajes que transmiten una soledad sobrecogedora.
Una provincia que se descubre despacio
Soria no se visita con prisa. Sus paisajes, pueblos y leyendas invitan a detenerse, observar y escuchar. Cada parada del itinerario es también una ventana: hacia la historia, hacia la naturaleza o hacia el silencio. Quizás por eso, en la provincia más vacía de España, el visitante nunca se siente del todo solo.