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Feijóo, el peor candidato de los últimos 45 años

El líder del PP hace un ejercicio de sinceridad al asegurar que la actual clase política es la más deficiente de la historia de la democracia, aunque él se salva a sí mismo de la quema

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análisis

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Dice Feijóo que la actual clase política española es “la peor” de los últimos 45 años de democracia. Y por una vez tiene toda la razón el gallego: no hay más que verlo a él y todo el populismo demagógico/maquiavélico que viene practicando desde que tomó las riendas del PP.

La frase del líder de la oposición que nos ha caído en desgracia tiene mucha enjundia y posibilidades de análisis desde diferentes puntos de vista. Para empezar, que Feijóo ponga a los políticos de su generación a caer de un burro (incluso a sus compañeros de partido), salvándose él, no deja de ser todo un ejercicio de arrogancia y falta de autocrítica, un defecto que no engrandece, precisamente, al gobernante que pretende pasar a la historia. ¿Ha querido decir Feijóo, con su sentencia lapidaria, que él es un formidable estadista y los demás unos piernas, zotes o tarugos? Eso parece deducirse de sus palabras. Y la verdad, no sabemos a qué viene tanto presumir, ya que el máximo dirigente conservador, aunque vaya de gran estadista, ha metido la pata hasta el corvejón en no pocas ocasiones, demostrando una preparación política justita.

“Está muy preparao, es un político moderao y se encuentra en las antípodas de la extrema derecha”, se empeñaban en decirnos sus hagiógrafos, vendiendo la grandeza del personaje, cuando llegó a Madrid, desde Galicia, para ocupar el puesto del defenestrado Pablo Casado. Sin embargo, tras esas gafitas de maestro de escuela algo envarado, ese traje impecable y esa forma de mirar por encima del hombro, con autosuficiencia, no hay más que un hueco maniquí. A los pocos días de aterrizar en Villa y Corte, Feijóo empezó a dar síntomas preocupantes de no estar a la altura, de patinar con demasiada frecuencia, de no acertar ni una y de grave cuñadismo, el gran mal de nuestro tiempo. Como cuando siendo invitado por El Hormiguero, el programa de Pablo Motos, quiso alardear de estar en contacto directo con la realidad de la calle, con los problemas cotidianos de la gente, e hizo un ridículo espantoso. “Un kilo de naranjas cuesta doce céntimos: esto valen en el supermercado”, dijo con rotundidad dándoselas de listillo, ya que el kilo está a no menos de 1,25. Una de dos: o Feijóo era íntimo amigo del tendero de la esquina, que le dejaba el género tirado de precio, o el político popular se había metido en un jardín por querer hablar de lo que no sabía, un clásico del cuñado de toda la vida.

Sea como fuere, el mandamás de Génova ha ido dejando perlas para la historia que nos hacen sospechar de su incompetencia, como cuando para presumir de moderno y de conocimientos del rock llamó “Bruce Sprinter” a Bruce Springsteen; cuando exigió a la ministra Montero que dejara de molestar a la “gente de bien” con sus leyes de igualdad (arrogancia nivel Dios y falta de sensibilidad con el feminismo); o cuando soltó aquello de “no verá usted a un católico o a un cristiano matar en nombre de su religión o de sus creencias”. No hace falta ser licenciado en historia ni haber leído a Mircea Eliade para saber que los altares de cualquier confesión religiosa están rebosantes de cadáveres.

En alguna que otra ocasión, Feijóo también ha querido dárselas de poeta, como aquella vez en que, encontrándose en Cádiz en un acto de partido, y tratando de hacerle la pelota a los gaditanos, aseguró que tenía las “pupilas dilatadas” por el magnífico sol de la ciudad. Lógicamente, a los cinco minutos ya se había convertido en carne de meme para las redes sociales y en objeto de despiporre nacional. Un escarnio público que le sirvió para caer en la cuenta de que es justo al revés: cuando hay mucha luz, las pupilas se contraen; cuando hay poca, se dilatan. Eso se aprende en el parvulario, pero un cuñado no necesita estudios de ninguna clase.

El listado de chorradas cuñadiles de Feijóo es interminable, tanto que hay quien cree que, por la calidad y cantidad de sandeces que ha dicho, ha superado ya al gran maestro del Perogrullo patrio, o sea Mariano Rajoy. Todavía nos duele la caja de la risa al recordar aquel día en que, ufanándose de ser un gran lector y repantigándose en el sofá del Global Youth Leadership Forum, como un filósofo posmodernista que desentraña los grandes enigmas de la humanidad, quedó a la altura del betún al afirmar que George Orwell escribió su célebre novela distópica 1984 ese mismo año, pese a que fue publicada en 1949. Incultura y agrafismo, otro estigma de la clase política de hoy.

Alguien podría acusarnos de estar con la escopeta cargada contra Feijóo y de ser demasiado duros con él solo porque ha hecho el ridículo unas cuantas veces. “¿Acaso usted no se equivoca nunca en sus columnas, señor Antequera?”, podrían afearnos desde la bancada popular. Y es verdad, nadie está a salvo de caer en la trampa del error. A fin de cuentas, el que tiene boca se equivoca, y más un político, que está en primera línea de combate, expuesto a los focos cada día. Bien, aceptemos pulpo como animal de compañía; aceptemos que por unos cuantos lapsus desafortunados no se puede juzgar la talla de estadista de un candidato en ciernes a la Moncloa. Pero es que, si dejamos al margen las meteduras de pata y nos centramos en analizar su estrategia política de los últimos años, es que no hay por dónde cogerlo. Feijóo ha jugado al filibusterismo obstruccionista más abyecto (a día de hoy sigue negándose a pactar con Sánchez los altos cargos del Poder Judicial); se ha entregado al negacionismo climático para que Abascal no le robe el voto del rural; ha justificado a un maltratador (como cuando se mostró comprensivo con aquel condenado por violencia de género que había tenido “un divorcio duro”); ha insultado gravemente al presidente del Gobierno (cayendo en el peor cainismo que critica pero practica a calzón quitado); se ha dejado humillar por Isabel Díaz Ayuso (demostrando su falta de liderazgo); se ha paseado en el yate de un narco; ha confesado que, de niño, se quedaba hipnotizado viendo cómo los conejos hacían ñaca ñaca (un tic algo extraño); y ha firmado vergonzantes e infames pactos de gobierno con la extrema derecha. Esto quizá sea lo peor de todo. Ir de la mano con quienes se declaran, sin complejos ni pudor, herederos de Franco, el mayor dictador genocida de nuestra historia, es quizá lo más bajo y nauseabundo que ha hecho hasta ahora.

No, Feijóo no es ese hombre tan brillante como él cree ni el faro y guía que necesita España. Hoy por hoy, y cuando ya lo hemos visto en acción en las barricadas políticas de Madrid, lejos de su confortable pazo gallego, nosotros le daríamos un suspenso en toda regla, una calabaza como una catedral de grande, y no lo decimos porque le tengamos manía por ser de derechas, que también, sino porque ahí está la contundente hemeroteca, que nos ha dado la auténtica talla intelectual, moral y política del hombre que aspira a gobernar este país algún día.

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