Feijóo no sabe ni cuánto cuesta un kilo de naranjas 

30 de Junio de 2023
Actualizado el 02 de julio de 2024
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Pedro Sánchez había dejado el listón muy alto en El Hormiguero. Contra todo pronóstico, el presidente del Gobierno se defendió bien en territorio hostil y además proyectó una imagen de seguridad en sí mismo, de naturalidad, de solvencia. Fue como si por fin se hubiese liberado del yugo de los asesores, mostrando su cara más humana, una catarsis que incluso terminó por descolocar a Pablo Motos quien, en algunos momentos de la entrevista, se vio claramente superado. El entrevistado se comió, televisivamente hablando, al entrevistador.

Anoche le tocaba el turno al candidato aspirante, Alberto Núñez Feijóo. Y desde el principio se vio que si las hormigas para Sánchez eran carnívoras y voraces, las que le tocaron en suerte al gallego eran mucho más amables y dóciles. Hubo más feeling, más complicidad entre el popular presentador (nunca mejor dicho) y el dirigente del PP. Los dos se reconocían como amigos, no sabemos si también como afines en lo ideológico. Cuando Feijóo soltaba alguna maldad con retranca contra Sánchez, Motos le reía la gracia como si ambos estuviesen compadreando en la barra de un bar. En un momento de la noche, cuando salió a relucir el espinoso asunto de Marruecos, el locutor y humorista se quejó de que tenía sumo interés en conocer cuál era la postura oficial del Gobierno español al respecto, aunque Sánchez no le dejó meter baza con sus interminables monólogos. Entonces Feijóo respiró tranquilo. “Yo no vengo a echar broncas a nadie”, alegó el dirigente gallego confortablemente repantigado en la silla y viendo cómo le ponían la alfombra roja. El supuesto incómodo hormiguero se estaba convirtiendo en una tranquila y pacífica balsa de aceite.

El jefe de la oposición hizo girar la entrevista en torno a un eje principal: él no engaña a los españoles. Sin embargo, todo el programa no fue sino un canto u homenaje a lo contrario, a la política fake, que es la que suele practicar en campaña el político conservador. El candidato no quiso aclarar qué es eso del sanchismo (“maldad, mentira y manipulación”, bromeó parafraseando al propio Sánchez, que ahí no estuvo preciso); calificó el maltrato del voxista valenciano Carlos Flores a su pareja como “abusos verbales”; juró que mantendrá la ley de violencia de género (algo muy dudoso, Abascal ya le ha dicho que o tumba esa norma o no habrá Gobierno de coalición); y trató de transmitir a los españoles la engañosa idea de que el PP controla en solitario el poder autonómico, de manera que los pactos con Vox serían poco menos que una anécdota sin importancia.

A partir de ahí, no pudo soltar más mentiras en tan poco tiempo. Dijo que garantizará el futuro de la Sanidad “pública, gratuita y universal” (falso, el PP tiene planes avanzados para seguir privatizando hospitales y centros de salud, sobre todo en Madrid y Valencia); que sueña con una educación pública de calidad (¿cómo, entregando los planes de estudio a negacionistas del cambio climático, antivacunas y creacionistas?); y que respetará el derecho de las mujeres a la interrupción voluntaria del embarazo (otro embuste más, hará lo que le pida la extrema derecha, para quien la derogación de la ley del aborto es irrenunciable en caso de necesaria coalición). Por no aclarar, ni siquiera aclaró si está dispuesto a colocar a Santiago Abascal como vicepresidente del Gobierno en el supuesto de que necesite la muleta de Vox para formar un gobierno. Ahí Motos le apretó un poco las tuercas al sugerirle que los españoles, antes de votar, tienen derecho a saber si piensa entregar el poder a los fascistas. Pero ni por esas. Feijóo escurrió el bulto alegando que sería “un soberbio” si desvelara los nombres de los ministros antes de conocerse el resultado de las generales el 23J. “Tengo el nombre de la vicepresidenta y del ministro de Economía y son muy buenos”, se limitó a decir echando balones fuera.

Pero la noche de las trolas tan gigantes como las hormigas Trancas y Barrancas siguió en plan divertido tiovivo o carrusel. Aseguró que dará amparo a las personas homosexuales y trans (“más derechos, menos banderas”, dijo como si retirar el emblema arcoíris de los ayuntamientos no fuese ya, de por sí, un vil acto de humillación a todo un colectivo). No aclaró, pese a la insistencia de Motos, si permitirá que las personas desahuciadas o moribundas puedan decidir libremente si desean vivir o morir, tal como hace ahora la ley de eutanasia socialista (él prefiere hablar de “sedación” y de un supuesto Comité de Bioética que tomaría la decisión, o sea que Feijóo pondría nuestra muerte en manos de burócratas con carné del partido). Y entre falacia y falacia advirtió de que Sánchez piensa imponer un peaje por el uso de las autopistas para cubrir el elevado déficit, algo que estará en su agenda, porque en la del Gobierno no.

Entre media verdad y bulo, más madera. Feijóo asegura que será el presidente que sostendrá las pensiones, algo difícil de creer viniendo del líder de un partido que siempre las congela. Prometió defender el Estado de bienestar bajando los tributos y suprimiendo el impuesto a las grandes fortunas (esto es sencillamente imposible, los números no cuadran, o una cosa o la otra). Y reconoció que piensa abolir la tasa a los plásticos. Ese fue el momento antológico de la velada, cuando se preguntó cómo podía ser posible que un lote de naranjas pueda costar más (“0,12 céntimos el kilo”) que la propia bolsa del supermercado (0,15). Ahí Feijóo demostró que o no hace la compra diaria en su casa (si la hiciese sabría que la malla de cítricos está a 1,20 mínimo) o bien tiene un agricultor valenciano que le pasa las mandarinas tiradas de precio o en B, como los sobresueldos del PP, de los que por cierto, no se habló en la entrevista. Seguramente fue otro despiste de Motos. Como también fue un olvido imperdonable que el presentador no quisiera entrar en el bloqueo sistemático del PP a la renovación del Poder Judicial ni en el veto a los fondos europeos. Una lástima.

En definitiva, Feijóo convenció solo a los suyos, a los que tiene entregados, porque la imagen que dio ante las cámaras estuvo muy lejos de ser la de un gran estadista serio y preparado. Eso sí, dejó uno de sus fantásticos lapsus para la historia cuando, al minuto de comenzada la entrevista, soltó que él se considera un ruralita, un hombre del pueblo, y que por eso “le enseñaron a levantarse a las siete de la tarde”. Sin duda, ese fue el instante que pareció más creíble.

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