lunes, 26febrero, 2024
16.2 C
Seville

Fermín Cabal, caballero de las palabras, patriota del Teatro

- Publicidad -

análisis

- Publicidad -

El día 13 del pasado mes de noviembre se marchó Fermín, mi hermano querido, pero sigue rondando por aquí. Aunque ahora está mudo; él, que no se quería sin palabra.

Hizo mutis, dicen los teatreros. Mutis viene del italiano mutare, ‘moverse’, y es lo que decían los apuntadores desde la concha a los actores para indicarles que salieran de escena: «mutis, mutis».

Fermín nunca necesitó un apuntador porque siempre sabía lo que tenía que decir: lo que le diera la gana. Así era él; un personaje sin libreto. Sin libreto eres libre. Nunca tuvo gurú que lo guiase, ni guía que lo moderase, ni ambición que lo desbocase. Cumplía con las leyes de la física y con las de los códices legales porque no tenía más remedio.

Pero ser libre no basta; para correr hacen falta piernas, para disfrutar de los amaneceres hacen falta ojos, para deleitarse con los pensamientos hacen falta las palabras. Ese era su reino, el de las palabras. Todo eran palabras; se vestía con ellas, comía con comas, paseaba con párrafos y dormía con perífrasis. Por eso se pasaba el tiempo convenciendo, narrando, provocando, contando chistes y, sobre todo, discutiendo, discutiendo sobre todo y con todos, como todo el mundo sabe. Fermín estaba enfadado con el mundo, pero tenía la decencia de no excluirse; estaba enfadado hasta consigo mismo.

El lenguaje es la inteligencia práctica, dijo un filósofo marxista, el filósofo que menos bobadas ha dicho sobre el marxismo: Carlos Marx. Fermín fue marxista en su juventud, antes de hacerse «ferminista». Las palabras son los átomos del lenguaje, las frases son las moléculas. Con estas estamos hechos los hombres, y nosotros hacemos cosas grandes, pequeñas, hermosas o inquietantes, como ciudades, chupetes, esculturas o jeringuillas…

Los hombres también hacemos palabras, con las que nos sorprendemos, nos miramos o nos pensamos; con ellas soñamos despierto, y surgen los Romeo y Julieta, los Quijote o los Cien años de soledad. Paradójicamente, también es al revés; son las palabras las que nos hacen humanos.

Fermín lo entendió perfectamente, aceptó el juego y llegó a desenvolverse en las aguas del lenguaje con una destreza admirable, porque comprendió que no había otra forma de llegar a donde a él le interesaba llegar; al recóndito fondo del alma humana. Su literatura no era ni romántica ni épica ni policiaca ni de vaqueros ni de romanos; era de nuestra desnudez.

Bajar a la sentina, lo llamábamos en nuestras charlas. La sentina es un término náutico para referirse a la parte más baja de los barcos, justo por encima de la quilla, donde acaba, por efecto de la gravedad, las lluvias y el oleaje, todo cuanto caiga al suelo y no sea recogido, ya sean pendientes de oro o vómitos. Tantas veces llegó a lo más hondo del alma humana y de tal condición era lo que encontraba, que acabó concluyendo que lo mejor era el viaje y no el destino. Dos días antes de morir, me dijo que a él ya no le gustaba el teatro, que solo le importaban sus hijos, Miguel y Emma. No era así, el teatro era todo para él, lo que pasaba es que había bajado tanto…

Por eso dejó de escribir motu proprio y prácticamente solo escribía por encargo, pero su dominio virtuoso del medio le permitió dedicar sus últimos años a la docencia. Se cuentan por decenas los guionistas y dramaturgos que deben un poco de su polen al néctar que Fermín les ofrecía en el aula.

Fermín era la antítesis de un súbdito; era un provocador, como aquel filósofo, Diógenes, que caminaba por el mercado durante el día con una lámpara encendida y respondía: «busco un hombre honrado», cuando le preguntaban entre risas que qué era lo que hacía. La filósofa Hannah Arendt escribió a mediados del siglo pasado: «El sujeto ideal para cualquier régimen totalitario no es el nazi o el comunista convencido, sino aquellos para quienes la distinción entre hecho y ficción, entre lo verdadero y lo falso, no existe». Aquí, Hannah habla de ficción personal, de los que se creen que son Napoleón y de los que se tragan todos los cuentos chinos, no de la ficción literaria, que nos reconcilia y nos libera de la condición de súbditos.

Fermín lo tenía muy claro desde pequeño. Mi madre me contó que la chica, como se decía entonces, medio asistenta medio niñera, planchaba tranquilamente mientras él, con siete años, y alguno más de mis hermanos mayores (soy el sexto y éramos diez) escuchaban sentados a su espalda un cuento, el mismo que les había contado unos días antes. Por lo visto la niñera los improvisaba y no se acordó bien de algún pasaje, quizá el vaquero se enfrentó a los indios en lugar de escapar cruzando el río, yo qué sé, el caso es que de repente la chica sintió un dolor agudo en la nalga. Mi hermano le había propinado un mordisco que, según mi madre, había llegado a perforar la braga. «¡Mentirosa!», dijo Fermín con mirada furibunda, «el otro día lo contaste y no era así». La verdad es la verdad, pero, ojito, un respeto a la ficción.

- Publicidad -
- Publicidad -

Relacionadas

- Publicidad -
- Publicidad -

DEJA UNA RESPUESTA

Comentario
Introduce tu nombre

- Publicidad -
- Publicidad -
- Publicidad -
- Publicidad -

últimos artículos

- Publicidad -
- Publicidad -

lo + leído

lo + leído