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Gliese 12 b, la otra Tierra que destruiremos algún día

Los científicos hallan un planeta muy similar al nuestro donde es muy probable que haya vida

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análisis

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Los científicos han encontrado un nuevo planeta similar a la Tierra en la constelación de Piscis, Gliese 12 b, un lejano mundo de tamaño intermedio y situado en una zona potencialmente habitable de su estrella situada a unos cuarenta años luz de distancia. En principio, es lo más parecido a nuestro planeta con lo que nos hemos tropezado nunca y por lo que dicen los astrónomos se encuentra a tiro de piedra, o sea en el barrio cósmico de al lado. Y ahí es donde el ciudadano de hoy, que no se sabe la ley de Newton pero al que ya no se la pegan ni se la dan con queso, empieza a dudar con el mayor de los escepticismos. ¿Cerca cuarenta años luz? ¿Un paseo de una eternidad?

El anuncio a bombo y platillo de que hemos encontrado una nueva casa que destruir hay que cogerlo con todas las reservas. Sin duda, una vez más estamos ante una de esas noticias eufóricas a las que los cerebritos de la NASA nos tienen acostumbrados. Tal como están las cosas hoy por hoy aquí abajo, en el Valle de Lágrimas, al español medio Gliese 12 b le importa más bien poco. El personal está a lo que está, a llegar a final de mes y a llenar el depósito de gasolina, que anda por las nubes. Los cuentos de ciencia ficción de unos señores con bata blanca, ojos saltones, cabello revuelto y apellidos alemanes se le antojan tan inalcanzables como una millonaria bonoloto. Ya decía Jardiel que en la vida humana solo unos pocos sueños se cumplen; la gran mayoría de los sueños se roncan. Y esto de viajar a lejanos mundos está muy bien para los guionistas de Hollywood y para Sigourney Weaver, la novia de aquel alien de nuestra juventud, pero ya no suscita ninguna excitación en la sociedad como en los tiempos del programa Apolo de Kennedy.

Dice la nota de prensa de la NASA que Gliese 12 b orbita alrededor de una enana roja, otro grave inconveniente teniendo en cuenta que los ultraderechistas en auge, ya instalados en todas partes y gobiernos mundiales, querrán ir a un planeta que esté cara al sol, nunca mirando hacia una pequeña bolchevique, así que ya la tenemos liada otra vez. Bloquearán el despegue del cohete a base de recursos y querellas, incluso aplicando la censura científica, para que nadie llegue allí.

El mundo polarizado de hoy en día no da para grandes proyectos espaciales que exigen la unidad de la especie humana en su eterna lucha por la supervivencia. Todos están en guerra con todos y nadie mira al cielo, solo al infierno. El individuo trumpizado que adora a Milei oye hablar de Gliese no sé cuántos y le entra la risa floja pensando: ya están otra vez esos progres de Harvard con sus mentiras científicas. El negacionismo lo corroe todo, se le ha perdido el respeto al abuelo Einstein. Aquí cualquier cuñado te da una lección de física cuántica en el ascensor o en la oficina y pobre de ti como te atrevas a rebatir. El terraplanismo avanza que da gusto y más gente que nunca cree que la NASA es un plató de cine donde Kubrick, que no ha muerto, sino que está de parranda, sigue rodando falsas películas sobre viajes a la Luna. ¿Para qué buscar marcianos por ahí fuera si ya los tenemos aquí, entre nosotros?

Por mucho que se empeñen en vender optimismo en Cabo Cañaveral, esa Tierra joven, esa Tierra edénica, limpia y pura que ha descubierto el telescopio, es inalcanzable para nosotros. Está donde Cristo perdió el mechero, muy muy lejos, en la Cochinchina cósmica. En cuarenta años luz todos calvos, no solo porque no contamos con la tecnología ni las naves espaciales para rozar siquiera esas velocidades de vértigo, sino porque no tenemos la cama de hibernación del pobre astronauta Taylor, que despertó creyendo haber aterrizado en un planeta lejano y se encontró en un zoo de monos parlantes, un Darwin a la inversa.

Podemos soñar con que por ese planeta recién descubierto fluyen ríos cristalinos, se elevan cordilleras majestuosas y habitan animales fascinantes que ni siquiera podemos imaginar. Pero la noticia dará para que el nuevo Bradbury gane un montón de pasta escribiendo el best seller de turno, las crónicas de Gliese, y poco más. Nunca llegaremos allí, desde luego no con la empresa pública, en proceso de demolición a manos de los anarcocapitalistas de Trump, aunque siempre cabe la posibilidad de que lleguen los cuatro ricachones de Elon Musk para montarse una barbacoa dominguera y con las mismas otra vez para la Tierra. Algún día habrá que hacer la revolución marxista en el futuro sideral.

Bien mirado, mejor que nunca lleguemos a Gliese 12 b, que quede como un mundo onírico y virgen, como aquella luna que vino a la fragua con su polisón de nardos, como dijo Federico. Somos bestias que lo arrasan todo, hasta el último verde jardín en medio de la oscuridad, más allá de la Puerta de Tannhäuser. Llevamos la guerra metida en el alma y si algún día llegamos a Gliese (ya le podrían haber buscado un nombre algo más poético como Esperanza o Alegría), allá caeremos con nuestra ferralla de armas, banderas y rencillas de siempre. Pobre planeta nuevo, la peste que te ha caído encima con el mono desnudo. Si hay agua la contaminaremos; si hay aire lo envenenaremos; y si hay oro y otros recursos naturales los esquilmaremos hasta no dejar nada. Tiembla Gliese, que el adolescente del espacio, inmaduro y gamberro, va para allá con sus malos humos, su locura y su estúpida fatuidad. Si hay gliesinos por allí arriba, ya pueden darse por jodidos.

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