03 de Septiembre de 2022
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espejo

Vivimos en una sociedad, con unos valores y creencias, en la que los roles que estas definen, gradúan al individuo y a veces a algunas colectividades, de manera que le fijan rótulos mentales.

Así, nos vemos y vemos a los demás, como exitosos o frustrados, en general o en determinadas áreas, como triunfadores o perdedores, validos o inválidos, masculinos o femeninos, exquisitos o vulgares, deseables o no apetecibles, y un sinfín de otras etiquetas que configuran nuestra aparente identidad, lo que creemos sobre nosotros mismos y sobre los demás.

Y es que la necesidad de buscar un nombre y en muchas ocasiones una forma para el ser humano es tremenda, para ello dedica esfuerzos, invierte dinero, apuesta su capital emocional y se involucra en responsabilidades, de las que después disfruta o no.

Todo nace de la carencia de saber que es uno y una, realmente, no aparentemente, ya que toda esa estructura de la personalidad es una máscara, un conjunto de ideas circunstanciales que se pueden cambiar, y por lo tanto no son un núcleo sólido e inalterable en nosotros.

El famoso: “yo soy yo y mis circunstancias” de Ortega y Gasset, es una equivocación, aunque parezca real. En la vida hay muchas cosas que son espejismos, y que se deben fundamentalmente a nuestra falta de una cultura asentada en verdades, seguimos viviendo como si no se hubieran descubierto perspectivas que son fundamentales, evaluando las cosas por su apariencia y no por lo que realmente son. Obviamente somos libres para tener cualquier tipo de gustos que no vayan sobre todo contra la Ley Natural, pero si no prestamos la debida atención nos llevaremos a engaño.

El ser humano está fascinado por el cuerpo, la mente, y las cosas del mundo, pero olvida que los órganos de percepción nos dan una información que es interpretada por nuestro intelecto de acuerdo a la cultura que hemos bebido, o dicho de otra manera, que tanto nuestra escala de valores, que condiciona tremendamente el comportamiento, como la subjetiva visión que hemos adoptado en función de nuestras experiencias, nos hace ver lo que vemos de una manera o de otra.

Lo cierto es que somos como una ola de energía consciente, que cree durante un tiempo que no es océano, y muchas veces se vuelve engreída y se comprara con otras olas, pretendiendo ser mejor que ellas. Pero llega a la orilla, y entonces es engullida por la inmensa masa de agua de la que siempre ha formado parte, pero de la que durante un breve tiempo se sintió diferenciada.

Esa diferenciación le llevo a la falta de sentimiento de unidad, y con ello al miedo y al deseo, lo que hizo que su vida fuera impulsada por un “sálvese quien pueda” más que por el amor en acción. Con el afán sensorial se anestesió momentáneamente esa sensación de carencia que experimentó en muchas ocasiones, pero al final, disueltos los anclajes de la forma, y de la necesidad de protegerse, se llena de si misma y entiende que siempre estuvo en todo.

El ser sin limites es nuestro origen, nuestra realidad presente y nuestra meta, y aunque juguemos a muchos juegos en la existencia, en la que tampoco es verdad el “pienso luego éxito” de Descartes, ya que es precisamente cuando no se piensa cuando más se percibe que se es.

Hay una crisis de valores enorme en el mundo que tiene como base el no saber cual es la naturaleza real del ser humano, un ser que tiene la inmensa suerte de ser autoconsciente de su realidad profunda si quiere, y racionalizarlo. Parece sensato pensar que lo mejor es, conociendo todo esto, intentar vivir en la generosidad y el respeto, por uno mismo y por todo lo que encontramos en nuestro deambular por la existencia.

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