El genocidio de Gaza se vuelve contra Netanyahu

18 de Diciembre de 2023
Guardar
aa

Benjamin Netanyahu ha dado la orden de entrar en Gaza a sangre y fuego pero el coste en vidas humanas puede volverse en contra del dirigente hebreo.La posición política del líder ultraconservador ya era delicada antes de que estallara el polvorín gazatí. Superadas por los pelos dos mociones de censura, sumida la nación en una grave crisis política e institucional con protestas en los juzgados, en las universidades, en los sindicatos y hasta en los cuarteles, y con la desconfianza creciente de Estados Unidos, que no termina de entender por qué Israel camina hacia un suicidio colectivo, el gobernante judío empieza a constatar que se ha metido en una aventura sin retorno. Por si fuera poco, la nueva legislación judicial con la que el Gobierno busca colocar en puestos de responsabilidad a los jueces de su propia cuerda ha encendido los ánimos del pueblo israelí. La huelga general que ha sacudido el país es un claro aviso para el premier nacionalista. Como también es un mal presagio para él que la Justicia ande hurgando en su pasado para buscarle las cosquillas en graves casos de corrupción por el cobro de comisiones en la compra de material militar.

De entrada, el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, ya ha empezado a marcar distancias con Netanyahu y ha sugerido la necesidad de que Israel cambie de Gobierno pasando de un gabinete ultraconservador a otro de corte laborista. Ese giro a la política judía quizá ayudara a frenar las matanzas que se suceden a diario. En cualquier caso, podemos estar ante un antes y un después. Washington nunca fue tan crítico con su primer aliado en Oriente Medio. De modo que ese tirón de orejas coloca a Netanyahu en una posición todavía más inestable.

Mientras tanto, Israel se polariza entre quienes anhelan un Estado laico y plural y los que tratan de imponer un sistema ultraortodoxo y teocrático con el Talmud y el ojo por ojo como parte sustancial del Código Penal. En esa batalla social, el nombre de Netanyahu se asocia con el de una especie de anciano autócrata corrupto que pretende acabar con las libertades y el modo de vida occidental en Israel. Hasta los reservistas se rebelan contra el patriarca decadente, que ha visto en la guerra (el último refugio de los incompetentes, tal como dijo Asimov), la única salida que le queda para salvar su carrera política.

Así las cosas, la operación de castigo ha devenido en una carnicería delirante con miles de inocentes masacrados que pasará a la historia de la infamia. Netanyahu presume de su flota de submarinos, cazas y tanques, pero de nada le valdrá todo ese sofisticado arsenal de última generación, toda esa ferralla que cuesta miles de millones de dólares, si al final los soldados israelíes tienen que entrar en el cuerpo a cuerpo en el infierno de la Franja, una ratonera repleta de ruinas, escondrijos y recovecos. Una inmensa trampa mortal plagada de francotiradores, minas antipersona y hombres bomba dispuestos a martirizarse en nombre de Alá. La foto de los ataúdes cubiertos con la Estrella de David retornando a Israel, con el consiguiente trauma para la opinión pública, puede ser la puntilla definitiva para el carnicero de Gaza. Esa, y solo esa, es la auténtica razón de que se muestre remiso y dubitativo a la hora de apretar el botón del apocalipsis. 

En cualquier caso, Israel ha encontrado al enemigo perfecto para imponer su versión del conflicto al resto del mundo: sucios y barbudos salvajes armados hasta los dientes y sin ningún escrúpulo a la hora de degollar y decapitar a personas inocentes. El espantajo idóneo para justificar su venganza, su orgía de sangre y odio, que al final no solo pagan los milicianos de Hamás sino sobre todo la población civil. El discurso promovido por el Gobierno de Netanyahu consistente en que esto es “una guerra entre la civilización y la barbarie yihadista” se compra sin ningún problema en los sectores más conservadores de Occidente que apoyan sin ambages a Israel. En España, sin ir más lejos, la extrema derecha, y también la derecha clásica y convencional del PP, ha calificado de “cómplice de los terroristas” a la ministra de Derechos Sociales y Agenda 2030, Ione Belarra, solo por pedir el cese del genocidio del pueblo palestino y que Pedro Sánchez rompa relaciones diplomáticas con Israel. La denuncia de la dirigente de Podemos provocó un duro comunicado de respuesta de la Embajada israelí en España, que rechazó “enérgicamente” las declaraciones “antisemitas” de Belarra y también de la vicepresidenta en funciones, Yolanda Díaz, así como del ministro de Consumo, Alberto Garzón, a quienes acusó de “poner en peligro la seguridad de las comunidades judías en España”. Además, la Embajada exigió a Sánchez que condenara inequívocamente las “vergonzosas” declaraciones de sus ministros e incluso que los cesara sin más. El incidente diplomático alcanzó cotas de máxima tensión cuando Moncloa respondió a su vez con otra contundente declaración institucional: “El Gobierno de España rechaza tajantemente las falsedades vertidas en el comunicado de la Embajada de Israel sobre algunos de sus miembros y no acepta insinuaciones infundadas sobre ellos. Cualquier responsable político puede expresar libremente posiciones como representante de un partido en una democracia plena como es España”.

En realidad, Belarra no estaba diciendo ninguna insensatez. Los crímenes de guerra del Ejército judío no deberían quedar impunes y tendrían que provocar una respuesta rotunda y unánime no solo de España, sino también de la Unión Europea. Todo lo que no sea condenar el genocidio y la limpieza étnica, llamar a consultas a los embajadores y acordar sanciones económicas, sociales y deportivas contra Israel es quedarse tibio o corto ante la tragedia que vive el pueblo palestino. En ese orden de cosas, PP y Vox han visto en el conflicto árabe-israelí una nueva forma de erosionar a Sánchez. Pura estrategia electoral. A las derechas españolas, la guerra en Oriente Medio siempre les ha importado más bien poco, ya que han hecho seguidismo de lo que ordene Estados Unidos. Si ahora se meten de lleno en el barrizal es precisamente porque en medio de las negociaciones para la formación de un Gobierno de izquierdas les interesa abrir una brecha entre los socios de coalición. En Sumar y Podemos son contundentes con la cuestión palestina: condena sin paliativos del terrorismo de Estado de Israel, respeto escrupuloso a la legalidad internacional y ni un paso atrás en la aplicación de las resoluciones de la ONU que apuestan por la Solución de los dos Estados (uno israelí y otro palestino) para terminar con una guerra que empezó en 1947. En el PSOE, por el contrario, no son tan maximalistas. La posición socialista quedó perfectamente delimitada cuando Sánchez reconoció que Israel tiene derecho a defenderse ante la agresión de Hamás, si bien es cierto que esa reacción, según dijo el presidente en funciones, debe ser “proporcional y ajustada a las normas del derecho internacional”.

La postura va en la línea de lo expresado por la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, aunque esta se declaró mucho más prosionista al mostrar la solidaridad de la UE con el Estado hebreo y condenar el terrorismo de Hamás, sin entrar en que en el lado palestino también mueren cientos de civiles cada día, la mayoría niños. En ese punto, Josep Borrell ha estado mucho más atinado que la dirigente alemana a la hora de calibrar sus opiniones y declaraciones oficiales y siempre ha alertado ante la grave crisis humanitaria sin precedentes que se cierne sobre la Franja de Gaza. Desde el principio, el alto representante para la política exterior de la UE se ha mostrado mucho más ecuánime en sus análisis al situar en pie de igualdad a las víctimas de uno y otro bando. O esa al menos es la sensación que se traslada a los europeos. 

En cualquier caso, la fricción en la izquierda española a cuenta del conflicto en Oriente Medio está siendo aprovechada por PP y Vox, que han mantenido una interpretación maniquea, simplista y de brocha gorda del conflicto, colocándose de lado de Israel cuando moral y éticamente no cabe otra posición que condenar los crímenes contra la humanidad cometidos por unos y otros. En ese sentido, la presidenta de la Comunidad de Madrid, la popular Isabel Díaz Ayuso, ha sido una de las que se ha puesto en primera fila a la hora de ir a la gresca contra el Gobierno de Sánchez a cuenta de la guerra en Gaza. Incluso ha llegado a calificar de “antisemita” a Mónica García, de Más Madrid, y a sugerir que quien no está con Israel es cómplice de los terroristas de Hamás. De la misma manera que todo aquel que dialoga con Esquerra o Junts es un separatista sedicioso y todo aquel que pacta alguna ley con Bildu es un etarra criminal, para el PP todo aquel que condena el genocidio de miles de palestinos es un peligroso yihadista islámico. Así se las gastan en ese partido que cuelga el cartel de terrorista a quien se atreve a pensar con matices y a observar todos los prismas, claroscuros y aristas de un problema tan complejo como este.

No hay otra forma de acercarse al drama acontecido en la Franja de Gaza que teniendo en cuenta los antecedentes históricos, las causas, los orígenes del cáncer que hunde sus raíces en una descolonización mal terminada y en un expansionismo judío ilegal tolerado por la comunidad internacional y promocionado por Estados Unidos. Pero tenemos que tragar con declaraciones demagógicas y populistas de medio pelo como las realizadas por Rocío Monasterio, portavoz de Vox en la Asamblea de Madrid, para quien “es vergonzoso y asqueroso que la escoria de la izquierda que tenemos en España justifique la violación de mujeres, el secuestro de niños y el asesinato a sangre fría de familias”. Nadie en la izquierda española (o al menos nadie en su sano juicio) ha justificado los crímenes de Hamás. Lo que se está reclamando es que Israel detenga de inmediato su escalada de violenta venganza contraria al derecho internacional, que cese el exterminio y la matanza indiscriminada de inocentes, que se negocie un alto el fuego y que pueda entrar la ayuda humanitaria antes de que Gaza termine convirtiéndose en el nuevo Auschwitz del siglo XXI. Si la comunidad internacional no es capaz de levantar el asedio o cerco a la Franja, estamos a un paso de ver palestinos matándose entre ellos por un trozo de pan o una botella de agua; suicidios de aquellos que ya no soportan por más tiempo la tortura del encierro y el apartheid; cuerpos esqueléticos, rostros famélicos, cadáveres andantes, como aquellos que deambulaban sin sentido en medio del horror de los hornos crematorios nazis.

La tragedia de Gaza no queda solo en un asunto local o regional, sino que ha traspasado fronteras. Las manifestaciones propalestinas y proisraelíes se suceden en las grandes ciudades de Occidente y algunas como París las prohíben en medio de la alerta antiterrorista y la psicosis ante posibles atentados yihadistas. Tras el inicio de la guerra, el mundo contiene la respiración ante una posible expansión internacional del conflicto por todo Oriente Medio y aún más allá. Países musulmanes como Irán han prometido vengar la operación de castigo de Netanyahu y se han formado dos bloques antagónicos: las democracias liberales alineadas con Israel; las autocracias y dictaduras con Hamás. Irán se ha involucrado de lleno, China se mantiene a la expectativa, Corea del Norte sigue intimidando a Occidente con sus pruebas nucleares. Aunque ya apenas se habla de la invasión de Ucrania y de la amenaza de Putin, ese tumor sigue estando ahí y convierte la situación global en aún más peligrosa y explosiva. “El ataque de Hamás ha tenido también repercusión en el yihadismo global”, advierte el informe del Instituto Elcano, que apunta a un recrudecimiento de la actividad terrorista en las grandes capitales occidentales. La operación de castigo de Netanyahu ha agitado el avispero yihadista. En todo el mundo árabe –desde Rabat a El Cairo, desde Beirut a Teherán– se convocan manifestaciones multitudinarias. Crece el sentimiento antisionista y antiyanqui. Se queman banderas con la estrella de David. Un tunecino acribilla a dos aficionados suecos durante un partido de fútbol en Bruselas. Un joven apuñala a su antiguo profesor de instituto en Arrás, Francia. El día de la ira ha comenzado.

Lo + leído