Julián, el conserje valiente

24 de Febrero de 2024
Guardar
Captura de pantalla 2024-02-23 211905

Valencia continúa en estado de shock. Los cadáveres siguen apareciendo entre los escombros y las cenizas, la Policía Científica busca la causa del desastre y los valencianos, a las puertas de las Fallas, sufren el dolor y el luto oficial. Tardará mucho en olvidarse ese infierno desatado en el barrio de Campanar. Quedará durante largo tiempo en el recuerdo la imagen de ese coloso envuelto en llamas, un edificio hasta ahora anónimo y ya tristemente famoso en todo el mundo; un edificio donde antes había vida, conversaciones entre vecinos, risas de niños jugando en el portal; un edificio como otro cualquiera. ¿Qué probabilidad hay de que nuestra casa salga ardiendo por los cuatro costados? ¿Una entre un millón, una entre mil millones? Y, sin embargo, la fatalidad, con su ruleta macabra, se paró ese día y a esa hora frente al número maldito de la calle Maestro Rodrigo.

Llegamos a casa por la noche, cansados de trabajar, encendemos el televisor y miramos qué queda en la nevera para cenar. Nos descalzamos, estiramos las piernas en el sofá mordiendo un jugoso sándwich y nos relajamos de la batalla diaria. Ni por un instante nos paramos a pensar que ese hogar en el que nos sentimos seguros, tranquilos y a salvo de los peligros de fuera puede convertirse, en apenas un minuto, en una ratonera mortal. Ni se nos pasa por la cabeza que las llamas incandescentes puedan asomar al final del pasillo; que el humo negro pueda invadir cada habitación, constriñendo nuestros pulmones y cegando nuestros ojos; que la única salida, la única escapatoria de la muerte más horrible que existe pueda ser esa pequeña terraza de dos por dos, el único lugar donde uno puede dar la última bocanada de oxígeno, la del pez fuera del agua.

Es justo en esos momentos de pesadilla cuando aparecen seres extraordinarios que no son como los demás. Seres valientes, seres generosos, seres capaces de jugarse la vida por salvar a otros. Ya ocurrió en los atentados contra las Torres Gemelas de Nueva York en 2001. Aquel día, muchos contaron extrañas historias sobre ángeles de rostros dulces y confiados que salieron de alguna parte para cogerlos de la mano o del brazo, calmarlos, aliviarles el terror y llevarlos en volandas a lugar seguro. Personajes peculiares como descendidos de otro planeta que rescataron a decenas de heridos entre los escombros, entre los amasijos de hierro, entre las cancerígenas y espesas nubes de polvo blanco que cubrieron Manhattan aquel fatídico 11 de septiembre, el Día del Juicio Final. Anónimos sin nombres y apellidos de los que nunca más volvió a saberse y que lo dejaron todo adentrándose escaleras abajo, en las profundidades de los rascacielos a punto del colapso, para salvar a uno más.

El pasado jueves, ese maldito jueves por la tarde que era rutinario y en principio sin ninguna historia, el edificio de Campanar empezó a escupir fuego por sus múltiples ojos y bocas. En cuestión de minutos, todo quedaba envuelto en llamaradas rabiosas y fue entonces cuando uno de esos, ¿héroes?, sintió una desesperada llamada en su interior, una serie de gritos de pánico y lamentos de auxilio que probablemente escuchó con más fuerza que su propio corazón golpeando a cien por hora contra su pecho. Y no se lo pensó dos veces. Julián, que así se llama el conserje del bloque, pudo haberse escaqueado del lugar. Era tan fácil como echar a andar sin volver atrás, hacer oídos sordos, mirar para otro lado, doblar la esquina y perderse entre la multitud silbando y con las manos en los bolsillos. Nadie lo hubiese echado en falta. Es más, de haberse sabido que pensó en salvar el pellejo antes que en rescatar a las víctimas, probablemente nadie le hubiese echado nada en cara. A fin de cuentas, sobrevivir no es ningún delito, sino algo comprensible y humano, lo normal, lo que cualquiera haría en su lugar: ponerse a buen recaudo. El instinto de supervivencia nos convierte en animales asustados en medio de la jungla. Desde que el hombre es hombre, cada vez que olfatea el olor del fuego echa a correr en la dirección del viento como una gacela fuera de sí. Eso es lo que haríamos el noventa y nueve por ciento de nosotros. Casi todos menos ese porcentaje mínimo, esa parte escasa, ínfima, preciada y preciosa que hace del ser humano algo sobrenatural.

Julián entró en el bloque de apartamentos y, al comprobar que el humo se extendía por doquier, empezó a llamar con todas sus fuerzas puerta por puerta, sacando a los vecinos que pudo, según los testigos que lograron escapar para contarlo. Sin duda, ese día logró salvar no pocas vidas. Ahora algunos de los residentes lo llaman “héroe” y se ha convertido en uno de los protagonistas del suceso. Todos los periodistas quieren hablar con él; las televisiones lo llaman para que acuda a los platós y relate su peripecia. Es el hombre del momento. Julián, el conserje, ha restado importancia a su gesto altruista, tal como suelen hacer estas personas que, en momentos críticos determinados –cuando solo uno entre mil es capaz de demostrar verdadero valor–, son capaces del mayor de los sacrificios.

“Lo que quería era ayudarles, lo hice de corazón”, ha asegurado a la Cadena Cope. Ayer se le vio por las inmediaciones de la zona cero, entre ambulancias, coches de bomberos y familias destrozadas. El conserje fiel deambulaba de acá para allá buscando las mismas respuestas que todos ante la cruel adversidad. Mirando el gigantesco y humeante esqueleto de hollín, lo que queda de lo que antes era un floreciente edificio residencial de lujo, tal como lo vendió en su día la propaganda de la promotora. Un edificio agujereado y sin cristales que parece reventado por un bombardeo en Gaza o Ucrania y del que, de milagro o quizá no tan milagrosamente, sino gracias a Julián, salieron vivos la gran mayoría de los inquilinos.

Lo + leído