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La burbuja de la amnistía se desinfla al llegar al Parlamento

La ley se tramita con más pena que gloria en una anodina sesión en el Congreso que no pasará a la historia

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análisis

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Patxi López ha defendido la amnistía en el Congreso de los Diputados como mejor ha podido, tirando de vergüenza torera y poniéndole un entusiasmo que por momentos sonó algo sobreactuado. A estas alturas de la película a nadie se le escapa que el perdón general a los cientos de encausados por las algaradas callejeras del procés ha causado un profundo desgarro en el PSOE y lo mejor que podía ocurrir era que el trance pasara para ir olvidándolo cuanto antes.

Esta vez Pedro Sánchez no estaba en su escaño. De manera que el honrado alegato del portavoz socialista perdió algo de fuerza. ¿Cómo defender que la amnistía es buena para el país si el presidente del Gobierno de España ni siquiera está presente en la toma en consideración de la ley? Un marrón más para Patxi.

López recurrió a lo que pudo para defender el texto legal más polémico desde la transición a la democracia. El portavoz vasco sabía que tan lícitos son los argumentos jurídicos a favor como en contra de la norma, así que tuvo que hacer filigranas retóricas y recurrir a la poética para tratar de quedar bien con los suyos (algo difícil si tenemos en cuenta que casi dos millones de votantes del PSOE están muy cabreados con la medida de gracia). En esa línea se entiende que el bueno de López haya tenido que recurrir a ideas manidas, como que la derecha juega a “meter miedo” al pueblo mientras que los socialistas buscan “integrar, comprender y sumar” para dar “esperanza” a la ciudadanía. Puro lirismo. Más allá de eso, su discurso fue un poco lo de siempre: la hipocresía, la mala educación, los tics antidemocráticos, la ley del embudo de la derechona… Cosas que se pueden decir en un debate sobre la amnistía o sobre la aprobación del subsidio agrario.

Feijóo, por su parte, fue a lo fácil. Al patadón y tentetieso. Lleva semanas instalado en el patrioterismo hooligan, así que no era el momento ahora de salirse del guion. Ha comprado el discurso ultra de pe a pa y ni siquiera ha tenido arrestos ni coraje suficiente para repudiar sin ambages los gritos y actos vandálicos de los grupos neonazis ante la sede de Ferraz. Así que el líder del PP subió a la tribuna de oradores a vender su libro, abriendo su intervención con una frase lapidaria: “La amnistía es una vergüenza nacional y un bochorno internacional […] Corrupción política” (y eso lo dice el líder del partido condenado por infinitas trapacerías y corruptelas). Superado el ruidoso trallazo del inicio, ni un solo argumento jurídico, ni un solo análisis de alguien que se supone va para estadista de talla. Sí, es cierto que habló de ruptura de la separación de poderes, de atentado al principio de igualdad, de quiebra del Estado de derecho. Todos esos titulares que valdrán para abrir la portada de OK Diario, pero que sonaron tan vacíos como abstractos, ya que en ningún momento entró a detallar cómo va a producirse todo ese apocalipsis o hundimiento del ordenamiento jurídico vigente. Hasta donde sabemos, la amnistía está a punto de aprobarse y la maquinaria de nuestra democracia sigue funcionando intacta y tal como siempre. Los jueces juzgan y hacen ejecutar lo juzgado, los fiscales acusan, los abogados defienden a sus clientes, el Tribunal Supremo conoce de los recursos que le van llegando y el Constitucional interpreta nuestra Carta Magna.

Nada ha cambiado ni va a cambiar tras la entrada en vigor de la polémica ley. Eso sí, a falta de argumentos jurídicos (que Feijóo no los tiene porque, para qué vamos a engañarnos, el líder popular tampoco es que sea un brillante experto en Derecho), aprovechó la sesión –envuelta en una atmósfera de modorra de sobremesa y de cierto desinterés porque el tema que ha incendiado España en las últimas semanas empieza a perder fuelle–, para soltar unos cuantos chascarrillos más o menos ingeniosos (efectivo ese momento en que le recordó a López, con mala baba, cuando en plenas primarias del PSOE humilló a quien hoy es su jefe con aquella famosa boutade: “Vamos a ver Pedro, ¿sabes lo que es una nación? ¿Sí? ¿Qué es?”). De cualquier forma, en ningún momento respondió a la pregunta del millón de por qué la amnistía rompe España. Y no lo explicará por dos motivos: porque repite la idea como un papagayo neofranquista, sin pararse a reflexionar lo que está diciendo, y porque cree que no sumarse alegremente a esa cantinela supone perder terreno respecto a Vox.

En todo momento se echó de menos un debate parlamentario de más alto calado, un intercambio de juicios jurídicos con aportación de legislación, doctrina, jurisprudencia y derecho comparado sobre el tema del que trataba la sesión. Hubiese sido interesante saber qué opina tal o cual constitucionalista, qué dicen los convenios internacionales al respecto, qué escribió ese experto jurista en aquel libro célebre. A fin de cuentas, para eso está el Parlamento, para aportar toda la información que reclama el ciudadano lego en la materia. Lamentablemente, ni a López, ni por supuesto a Feijóo, les interesaba entrar a profundizar en el fondo del asunto y, una vez más, al españolito de a pie se le hurtó el legítimo derecho a un debate serio, riguroso y sosegado lejos del ruido y la furia.

En resumen, la toma en consideración de la ley de amnistía no pasará a la historia como la “sesión más triste y decadente desde el 23F”, tal como la ha definido Feijóo. En todo caso como una de las más decepcionantes, tediosas y rutinarias que se recuerdan pese a que, paradójicamente, el asunto que se debatía había generado ríos de tinta, multitudinarias manifestaciones patrioteras y hasta asaltos a las casas del pueblo. Al final, el que iba a ser el gran tema llamado a derrocar el sanchismo se ha despachado con más pena que gloria. A Abascal le ha dado para cuatro minutos de odio y pare usted de contar (ya ni Feijóo le hace caso en el hemiciclo). Seguramente, y por falta de gancho, el debate no lo habrán visto ni el Capitán América falangista ni el soldado de los Tercios de Flandes, dos habituales de los aquelarres fachas de estos días. Cuando el Parlamento sustituye a la calle se impone la razón y el orden se restituye. Queda claro que la burbuja bien hinchada por las derechas empieza a desinflarse. Ya están buscando otro montaje en vista de que este no da para más.  

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