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La gran lección sobre el terrorismo que nos deja ‘Maixabel’

TVE emite la obra maestra de Iciar Bollaín en un momento especialmente sensible, cuando algunos siguen empeñados en resucitar el fantasma de ETA

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análisis

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Televisión Española acaba de emitir Maixabel, la emocionante historia de la viuda de Juan María Jáuregui, el político socialista asesinado por ETA en una cafetería de Tolosa en el año 2000. La película de Icíar Bollaín no se recrea en el atentado, ni en las tensiones políticas, ni siquiera se esfuerza por indagar en un momento de la historia de este país, aunque es cierto que la directora del film no se olvida de captar el ambiente social de la época. Estamos en realidad ante un relato humano sobre el perdón y la culpa, sobre la reconciliación y la convivencia en paz, sobre los límites de los sentimientos humanos, ese ser contradictorio capaz de lo mejor y de lo peor.

Maixabel es una obra maestra de nuestro cine del que ya se ha hablado mucho y bien. No hará falta recrearse en las excelentes interpretaciones de Blanca Portillo (tan sobria y contenida como impecable en el papel de la viuda de la víctima) y de Luis Tosar, prodigioso como siempre al aportar infinitos y complejos matices a su personaje, en este caso el del etarra arrepentido Ibon Etxezarreta, uno de los tres integrantes del comando Buruntza. Por momentos, el tour de force entre una y otro termina por desconcertar al espectador, a quien el argumento le llega a lo más profundo de su ser. A medida que va avanzando la película, las preguntas son inevitables: ¿Seríamos capaces de perdonar al asesino de la persona que más queríamos en el mundo? ¿Es sincero el arrepentimiento del terrorista o solo producto de su hastío y de sus miedos tras años de encarcelamiento en una lóbrega prisión? ¿Es demasiado civilizado que víctima y verdugo se citen para charlar como si nada hubiese pasado y que incluso sean capaces de compartir juntos un trayecto en el mismo coche? La película nos interpela a cada uno de nosotros y nos pone ante un espejo incómodo. Ahí está la fuerza, el mérito de la obra de Bollaín.

Todo el film es una montaña rusa de emociones desgarradoras, arriba y abajo, pero sin duda la escena culminante llega al final, cuando Maixabel, en aquel momento directora de la Oficina de Víctimas del Terrorismo, acude con el terrorista a un acto de homenaje a su esposo y lo presenta sin más como el hombre que mató a Juan María (a partir de aquí cuidado, que va el spoiler). Entonces un silencio atronador, como el que reinaba tras la explosión de uno de aquellos criminales coches-bomba, se instala en el hermoso paisaje vasco, una verde pradera sobre una colina con un telón de montañas al fondo. A un lado, los militantes socialistas que miran la escena con una mezcla de extrañeza, rencor y tristeza (quizá también de repulsión); al otro, la viuda y el sanguinario ejecutor sosteniendo entre sus brazos un ramo de rosas rojas que, según él, representan los años transcurridos desde el crimen, más una blanca, que simboliza el futuro. Y en medio, el inerte monolito en honor al asesinado, el monumento de piedra tantas veces profanado y destruido por los fanáticos, al que se acerca un Ibon con el rostro desencajado y al borde de la lágrima para depositar las flores (una vez más, el rostro duro y curtido de Tosar es uno de los hallazgos del filme). La escena se prolonga apenas unos breves instantes en los que se cuenta todo sobre la paz imposible sin apenas diálogos y con un suave movimiento de cámara en el que se muestra, uno a uno, los rostros de los asistentes, que terminan cantando una canción. La cámara se eleva, en un plano aéreo, y acaba la película.  

Vencer y perdonar, es vencer dos veces, decía Calderón. Pero en este caso da la sensación de que no hay victoria de ningún tipo, solo devastación, dolor y negros recuerdos. El remordimiento, la culpa y el rencor. La película viene a decirnos que quizá el perdón no sea suficiente para superar el trauma de los atentados, de los años del plomo y la sangre, del millar de víctimas que dejó el terror de ETA tan ciego como absurdo. Maixabel llega a las pantallas de TVE en el mejor momento, cuando se habla machaconamente de la violencia etarra que ya no existe desde hace más de una década y cuando parece que la banda está más viva que en ningún otro momento. Aquella página, si no superada (porque superar las heridas llevará varias generaciones), parecía al menos definitivamente pasada, hasta quedar enterrada entre las últimas del libro de nuestra historia reciente. Pero no. Hay gente empeñada en que la reconciliación no llegue a la sociedad vasca, en que no haya sutura ni cicatrización, en frustrar cualquier futuro de paz. En seguir plantando la semilla de la discordia y el odio. Gente que no vivió aquel drama en primera persona como Isabel Díaz Ayuso, que se saca el terrorismo de la chistera para arañar el voto ultra a la menor ocasión; gente como Feijóo, que tras su disfraz de moderado también es aficionado a agitar el espantajo etarra, incluso en Galicia, pese a que por aquellas tierras tienen otros problemas más acuciantes que resucitar viejos fantasmas del pasado; gente como Abascal, que acusa de bilduetarra a Sánchez cada vez que puede y por los mismos motivos electorales.

Tratar de patrimonializar a las víctimas dividiéndolas en asesinados de primera y de segunda categoría (las hubo tanto de derechas como de izquierdas, Juan Mari era socialista, no lo olvidemos) resulta vomitivo. Jugar políticamente con el dolor de las víctimas, como si se tratara de una controversia sobre las cifras del paro o del problema agrario, es algo nauseabundo. Debería producir asco a cualquier persona decente y el que no lo sienta así es que tiene un serio problema psicológico o emocional. Como también genera cierto estupor que algunos jueces pretendan convencernos ahora de que el problema catalán es idéntico a aquel terror pegadizo a la piel con el que, durante medio siglo, nos desayunamos cada mañana y que, inevitablemente, siempre terminaba en algún atentado con muerto. Maixabel Lasa, nuestra viuda coraje, es una bendición para este país cainita y feroz. Una rara avis. Sus palabras sobre el perdón y la reconciliación, algo tan cristiano que la derecha no ha interiorizado ni interiorizará jamás, pueden sonar enigmáticas en un mundo polarizado como el de hoy, pero son un ejemplo y un soplo de aire fresco por encima del enrarecido clima de mezquindad, ruido y furia en el que algunos, sin un ápice de grandeza en sus venas, siguen instalados.  

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1 COMENTARIO

  1. Nuestra cultura es judeocristiana. El perdón no se contempla. El juego de buenos (siempre nosotros) y malos (siempre otros), y la lucha que no acaba nunca, es la base de esa cultura. Mientras no hagamos eso consciente, y hagamos el posterior trabajo para deshacernos de esa cultura, no hay futuro.

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