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La mente y el sexo

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análisis

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Hace algunas semanas, la locutora de una conocida emisora de radio comentaba el avance que, para la incorporación de las mujeres a la ciencia, supuso el nobel concedido a Marie Curie, lamentándose a continuación de que en la actualidad la proporción de mujeres en carreras tecnológicas y científicas continuaba siendo significativamente inferior a la de hombres. Continuó su intervención especulando sobre los motivos de esta circunstancia, para concluir considerando este hecho injustificable, porque “la mente no tiene sexo”.

Esta opinión parece estar de moda, sobre todo en el contexto de la legítima lucha por la igualdad entre mujeres y hombres. Sin embargo, considerar que las diferencias biológicas, fisiológicas, orgánicas, hormonales, cerebrales etc.  entre hombres y mujeres no tienen impacto en la forma de ser y estar en el mundo es, cuanto menos, una ilusión óptica, una distorsión que no sólo no aproxima a los sexos, sino que incluso puede sesgar o neutralizar los intentos de incorporar la denominada “perspectiva de género”.

Desde un punto de vista filogenético, es probable que los diferentes comportamientos entre machos y hembras y su especialización a lo largo de la historia y la evolución, hayan ejercido importantes presiones selectivas diferenciales. Y como resultado, los cerebros masculino y femenino son anatómicamente distintos, con áreas más o menos desarrolladas dependiendo del sexo, que conducen a la existencia de capacidades y habilidades diferentes. Sabemos por observaciones tanto en humanos como en animales, que los machos jóvenes se involucran en un juego más rudo que las hembras y que las hembras muestran más conductas alimenticias. Estas observaciones implican que las preferencias evidentes de los juguetes en los niños, son el resultado, al menos en parte, de diferencias biológicas innatas.

La diversidad anatómica del cerebro se produce en buena parte por la actividad de las hormonas sexuales, que bañan el cerebro desde la etapa fetal e influyen en su organización de forma diferenciada en ambos sexos. Los estrógenos y la testosterona afectan a los procesos de aprendizaje y memoria y esto contribuye a las diferencias en el procesamiento neuronal y en las capacidades cognitivas, e interviene, por ejemplo, en la vulnerabilidad específica de cada sexo a ciertas enfermedades psiquiátricas y neurológicas. Así, ciertos trastornos psiquiátricos se presentan con mayor frecuencia en mujeres que en hombres, como la depresión, el trastorno de ansiedad y la anorexia nerviosa. Los ejemplos de afecciones con mayor prevalencia en los hombres incluyen el autismo, el trastorno por déficit de atención e hiperactividad, y las deficiencias específicas del lenguaje, como la dislexia.

En el cerebro masculino el lenguaje se ubica en el hemisferio izquierdo, y las emociones en el derecho, mientras que las emociones femeninas se ubican en ambos hemisferios. Esta circunstancia puede explicar por qué los hombres suelen tener más dificultades para expresar sus sentimientos. También existen diferencias en el comportamiento frente al estrés: las mujeres son más resistentes al estrés crónico y los hombres al estrés agudo,

Los hombres y las mujeres utilizan estrategias cognitivas, circuitos neuronales y mecanismos moleculares diferentes durante las tareas asociadas a la memoria. Difieren en los procesos de aprendizaje, en el desarrollo del lenguaje y en la forma en que resuelven los problemas intelectuales. Como resultado, hombres y mujeres muestran habilidades y destrezas diferentes en ciertas funciones intelectuales. Aunque existen excepciones, por término medio las mujeres destacan en la fluidez, la memoria verbal, y en la velocidad de la articulación, mientras que los hombres suelen dominar en pruebas de razonamiento matemático.

En general, estas diferencias reflejan una «sistematización» más fuerte en los hombres y una mayor «empatía» en las mujeres. La sistematización es la capacidad de analizar un sistema comprendiendo las reglas que lo rigen, con el fin de poder predecir su comportamiento. Empatizar es la capacidad de comprender y experimentar de forma objetiva los sentimientos de los demás, respondiendo de manera adecuada.

Por tanto, la mente sí tiene sexo, masculino y femenino (dejamos aparte las identidades de género que no son objeto de este artículo), y entre ambos existen diferencias importantes que sería muy interesante ⸻también desde la infancia⸻ conocer y educar, para continuar avanzando en el entendimiento, el respeto, la tolerancia y el diálogo entre hombres y mujeres y, en general, entre personas diferentes, como lo somos todas y todos, como lo es el otro o la otra, que no es como uno mismo sino distinto.

Una vez más, como citaba un conocido slogan, somos iguales, somos diferentes.

Iguales en dignidad, obligaciones y derechos. Diferentes entre otras cosas en la mente, que sí tiene sexo.

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