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“La niña o el niño que fuimos y que pervive en cada cual es visceral, emocional y tiene hambre de lo que nunca recibió”

Leticia G. Domínguez debuta en la ficción literaria con ‘Papá nos quiere’, una visceral introspección en el seno de una familia opresiva que va moldeando la personalidad de una adolescente que a toda costa quiere huir de esos fantasmas de su infancia

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análisis

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A través de la mirada de una mujer adulta que se abre en canal a su terapeuta, el lector podrá inmiscuirse en una infancia plagada de interrogantes que a su vez ocultan una verdad terrorífica y consentida con una complicidad estremecedora: aquel lugar que nos dijeron que era sencillamente el paraíso no ha sido más que un completo infierno, insuflado precisamente por aquellos seres cercanos que dicen ser los que solo quieren lo mejor para nosotros, nuestra felicidad en definitiva. Ja. Hay que reírse sin más de estas verdades absolutas que se venden como eslóganes de publicidad en torno a la familia. Y aquí está esta novela áspera como la lija y sinuosa en su estilo cortante y directo como el discurrir de un manantial para corroborarlo. Procedente del mundo de las Ciencias Físicas y de las startups, Leticia G. Domínguez entra en el universo de la ficción literaria con una fuerza arrolladora, la misma que posee en sus páginas Papá nos quiere, editada por Sabina Urraca para Caballo de Troya.

Un comienzo literario así solo se puede escribir desde las entrañas más profundas, unas entrañas que duelen, que han sufrido indeciblemente en carne propia lo narrado. ¿Hasta qué punto es así?

El comienzo tiene la intención de conformar una novela circular. Una novela que acaba cumpliendo la profecía materna. Es un doble juego: las palabras de la madre caen sobre la protagonista como una sentencia. Son siempre una sentencia que la encarcela menos esa primera amenaza que, cuando se cumple, se traduce en liberación. Además, nos hace pensar inmediatamente en esa figura metafórica que utilizaba Freud: “matar al padre” y es una forma de introducir la intención que tiene la novela en cuanto al análisis de los síntomas psicológicos de la protagonista. Este inicio está pensado siguiendo el estilo de otros muy populares que ya conocemos de sobra como el de Orgullo y prejuicio de Jane Austen o el de Ana Karenina de Tolstói. Es un tipo de inicio muy contundente que presenta en unas pocas frases las bases de lo que será la novela. En cuanto a la última pregunta esta novela bebe de un poso autobiografico y de un proceso de documentación sobre las consecuencias de los traumas infantiles en los niños y adultos, Alice Miller es una gran maestra en todo este tema y merece ser leída con atención.

Debutar en la literatura con una novela de esta intensidad dramática conlleva un riesgo evidente: el poner el listón lo suficientemente alto para que el siguiente proyecto suponga todo un reto por lo elevado del propósito. ¿Dispuesta a asumirlo?

Mi forma de relacionarme con mi escritura es diferente cada vez. No me mido con lo último que escribí sino con mis sueños con respecto al nuevo proyecto que gesto. No espero que uno supere a otro en términos de intensidad o bajo la consideración de un criterio comercial. Solo espero evolucionar como artista en la dirección que me gustaría, además de poder asumir nuevas técnicas, herramientas y formas de experimentar la creación literaria.

“Miramos todavía nuestra infancia por encima del hombro, como si fuera una etapa que nada tiene que ver con nuestras vidas adultas”

¿La familia es ese guiso que se cuece a fuego lento en la infancia y sigue haciendo una pesada digestión en nuestras vísceras el resto de nuestras vidas?

La familia contiene en sí misma todos los temas universales de la literatura: desde el amor romántico al trágico, pasando por la traición, la guerra o la muerte. En cuanto a la sociedad de hoy, a la propia infancia la miramos todavía por encima del hombro, como si fuera una etapa que nada tiene que ver con nuestras vidas adultas. A menudo se idealiza o romantiza, algo comprensible porque, por un lado, la sociedad no admite el fracaso en ningún aspecto de nuestras vidas y, porque, por otro lado, la niñez es una etapa que vivimos desde el enamoramiento de unos seres imperfectos (nuestros padres) a los que idealizamos. Sin embargo, la niña o el niño que fuimos y que pervive en cada cual es visceral, emocional y tiene hambre de lo que nunca recibió.

La protagonista de su novela rememora y reconstruye su infancia, guiada por su terapeuta. Y el retrato no puede ser más desolador: la opresión en su mayor dimensión, tanto de su madre sumisa al cabeza de familia como de este en su papel de ‘sumo sacerdote intocable’.

Efectivamente, el padre y la madre de esta novela corresponden a un tipo de trastorno narcisista de la personalidad. Su única “misión” educativa es ejercer un control absoluto sobre sus hijas, hacer que ellas encajen en el molde de mujer dócil, sumisa, que carece de sus propias ideas, deseos o de amor propio: un ser humano sin autoestima. Esto supone que serán más fáciles de controlar de por vida. Estos padres carecen de empatía y actúan como si sus hijas les pertenecieran, como si la misión de las hijas fuese ser algo así como el recipiente de sus frustraciones y problemas sin resolver. Deben ser herederas de sus antivalores y de su forma de ver el mundo. Esta problemática familiar es frecuente en mayor o menor grado. Las dinámicas que por fin nombramos como maltrato en pareja siguen normalizadas en el ámbito familiar: chantajes emocionales, críticas abominables y constantes, malas caras, humillaciones, o incluso, simplemente, jamás decir te quiero, mirar de verdad o poder encontrar algo bueno en el otro.

Su obra indaga en cómo la religión más ultramontana tiene un peso decisivo en muchos traumas germinados en la infancia. ¿Un monstruo que crea monstruos?

Sabemos que todas las religiones monoteístas son heteropatriarcales y que se rigen por un sistema absolutamente jerarquizado. La familia de la novela encarna esta forma de organizarse, y esto es conveniente para con su intención de control. El padre o cabeza de familia es el que más poder tiene sobre los demás: descarga su aguijón sobre el que está más abajo y así este daño se transmite a lo largo de toda la cadena. Podríamos hablar de un dolor intergeneracional que, hasta que uno de los miembros de la familia no se permite expresarlo, sentirlo y reconocerlo como tal se seguirá transmitiendo de padres a hijos. Por otra parte, estos padres se erigen como jueces de los demás desde sus convicciones religiosas. Son puritanos y sienten superioridad moral sobre el resto, se creen en posesión de la verdad absoluta. El rol de Dios se funde con el del padre en el seno de la familia y esto es algo que ha pasado tradicionalmente en muchas sociedades. Pero ojo, esta postura no siempre va de la mano de la religión. No todo el mundo que practica estas religiones es mala persona, ya lo sabemos. Creer eso sería considerar que solo la gente que es creyente es capaz de ejercer la crueldad y sería caer en una visión simplista y reduccionista. Por otra parte, nuestra sociedad, que es laica, es cada vez más puritana y moralista y se ha convertido en un dedo enorme que señala y prejuzga y que no admite una sola falla.

“La familia contiene en sí misma todos los temas universales de la literatura”

Existe un personaje luminoso que llega a la familia inicial para cambiarlo todo y cuestionar sus estructuras más inamovibles: Jade. ¿Qué representa en Papá nos quiere?

Jade representa la verdad. Sin el conocimiento de esa verdad la protagonista no se podría salvar. Por eso, mientras la sociedad niegue las consecuencias devastadoras del maltrato psicológico estará negando la ayuda a las víctimas que la sufren. Mientras sigamos trivializando las consecuencias de la agresividad, los gritos, la invalidación, la humillación, la irresponsabilidad emocional, la crítica lapidaria, el abandono y la falta de verdadera protección (todo lo contrario a la sobreprotección) en la vida de los niños, como dice André Stern, simplemente, no habrá paz en el mundo.

¿Por qué en pleno siglo veintiuno aún existen incontables familias con estas estructuras asfixiantes y tóxicas que provocan traumas difícilmente subsanables con el tiempo en tantos y tantos niños y niñas?

Porque esos padres no han sanado sus propias heridas. Porque así fueron criados y no saben hacer otra cosa. Porque siguen idealizando a sus propios progenitores y pensando que todo fue hecho “por su bien”. Si te han pegado y tú mantienes y crees que ha sido por tu bien es normal que también pegues. Ya está estudiado en muchos mamíferos que las crías que han sido mejor cuidadas son las que mejor cuidan. El cuidado y el amor hacia uno mismo y los demás se aprende en la infancia.

La violencia de género sobre la mujer es una realidad incuestionable al fin, pese a la rémora de algunos negacionistas. Pero, ¿por qué aún nadie quiere entrar en el interior de estas familias biempensantes y desmontar de una vez por todas sus malos tratos institucionalizados y normalizados hacia sus hijos?

No me fío de nadie que niegue los malos tratos, de nadie que los relativice, eso solo puede significar que los ha vivido como normales desde su más tierna infancia, aunque esto no quiere decir que los ejerza, por supuesto, simplemente no le molestan porque están integrados como su normalidad. A la gente le cuesta desmontar a su propia familia. La familia a día de hoy es una ficción de felicidad que nunca acaba por cumplirse, y eso es así para todos. La sociedad considera como tabú cualquier historia de fracaso. Y esta sociedad sigue siendo en su esencia machista. En todo caso, el principal problema es la falta de empatía que nos rige y eso se percibe en aspectos como la invisibilización a la que sometemos a la gente mayor o la violencia urbana que conduce muchas de las obras en nuestras principales ciudades; en una sociedad que sigue infravalorando el cuidado y que, por supuesto, ignora y maltrata los ciclos de la mujer y de la vida. Me deja muy sorprendida que todavía existan casos de acoso escolar en los que el colegio no actúe: ¿quizá no tenga unos protocolos efectivos establecidos? En ese caso, deberían crearlos.

Una última pregunta relacionada con el nombre con el que firma su libro. Ha optado por destacar el apellido materno y ocultar tras una inicial el paterno. ¿Simple casualidad o intencionalidad expresa?

Me gano la vida ejerciendo un rol técnico como desarrolladora de software y soy muy pragmática, aunque no negaré que el misterio siempre me parece seductor (y ocultar un apellido siempre es algo misterioso), mi principal razón ha sido que el uso de este apellido es más ventajoso para SEO que el conjunto al completo.

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