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La venganza de Vargas Llosa

Isabel Preysler rompe su silencio en 'Hola' para defender a su hija Tamara, parodiada por el nobel de Literatura

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análisis

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Isabel Preysler ha roto su silencio en Hola tras su ruptura con Mario Vargas Llosa. Los reporteros de la revista del corazón aseguran que ella ha estado impecable y elegante al airear sus desavenencias con el nobel. Sin embargo, el artículo despide un fuerte tufillo a despecho, a ajuste de cuentas y, cómo no, a reportaje bien vendido.

Los humanos suelen ser vengativos cuando rompen con sus parejas. A fin de cuentas, un divorcio es un terremoto del corazón y no deja nada en pie. Ahí cada cual se desquita como puede. Shakira graba un par de canciones domésticas en homenaje a Piqué y se forra en cuatro días; Isabel Preysler larga cuatro declaraciones en el Hola y agota la tirada en los kioscos. Las mujeres ya no lloran, las mujeres facturan, ya lo dice La Loba.

Si Vargas Llosa cambió un Ferrari por un Twingo (o un Rolex por un Casio) solo el tiempo lo dirá. Pero no lo vemos nosotros permutando un jugoso Ferrero Rocher por una dura peladilla de chocolate. Además, hasta donde se sabe, no consta que la ruptura de la celebrity y el novelista tenga nada que ver con una tercera persona en discordia. Simplemente ambos, ella y él, eran mundos opuestos, diferentes, antagónicos. El relumbrón de la alta sociedad frente a las bibliotecas, los libros y las charlas académicas. La aristocracia rosa frente a las tertulias de intelectuales bohemios. La piscina, el cóctel y la alfombra roja frente a la honrada máquina de escribir. Lo raro es que no se hubieran separado antes, no pegaban ni con cola.  

La sonada entrevista en Hola va más por el enfado de la socialité con el novelista por lo que ha podido decir y escribir de sus hijos que por cuitas conyugales. “Mario añadió dos párrafos a su famoso cuento [Los vientos] en enero. Hablaba de las islas Marquesas –en referencia al marquesado de Griñón que Tamara heredó de su padre– y se reía de ella, una niña que solo ha sido cariñosa y amorosa con él”, se queja la emperatriz del cuché. En ese mismo relato, el autor hace sátira y parodia con una supuesta universidad donde se imparte “Filosofía, Teología y Gastronomía”, una escena que para la popular hispanofilipina es una alusión directa a su hija, la fervorosa católica y estrella de los fogones Tamara.

Vargas Llosa ha negado que el controvertido relato sea autobiográfico, pero está claro que la Preysler ha visto el filón perfecto para la polémica y la exclusiva. Don Mario sabrá cómo ganar premios literarios, pero a ella no le dicen cómo vender una buena primicia. Y no ha defraudado. Ayer, las despechadas confesiones sentimentales de Preysler ya eran trending topic en los mundos digitales. Dice la celebrity que no está “ni resentida ni mentirosa, ni molesta ni enfadada”, pero que tiene un límite y ese límite son sus hijos. O sea que ya tenemos a la nueva Madre Coraje de España. Qué habilidad para inventarse papeles tiene esta mujer, qué portento interpretativo. Si Bertolt Brecht la hubiese conocido en su tiempo habría hecho de ella un personaje eterno y universal apto para reventar los teatros de varias generaciones.

Se queja además Isabel Preysler de que el narrador ha lanzado contra ella su artillería mediática. Desde luego ahí está algo sobreactuada, ya que Vargas Llosa siempre se ha mostrado discreto en todo este asunto de su separación. Lo más que ha llegado a insinuar, siempre desde la ficción literaria, es que lo suyo fue un enamoramiento de la “pichula”, no del corazón. Ciertamente, la alusión bukowskiana a su miembro viril no pasará a la historia como la prosa más excelsa de su brillante carrera repleta de perlas literarias. Mucho más profundo aquello que escribió sobre la felicidad: “Solo un idiota puede ser totalmente feliz”.

No sabemos hasta dónde llegó el grado de bienestar vital de Vargas Llosa en esta convulsa etapa amorosa de su biografía que ahora se cierra y que vivió como un Gran Gatsby de la vida, algo desubicado y descolocado, entre mansiones, copas de champán, trajes de etiqueta y pajaritas. Probablemente no llegó a proporcionarle ni la mitad de satisfacción que un buen párrafo de cualquiera de sus novelones. Siendo justos, Los vientos no fue para tanto (seguramente no esté entre lo mejor de su antología, más bien parece un dardo envenenado y rápido para desahogarse) ni tampoco para que Isabel Preysler levantara el teléfono, movilizara a sus muchachos del Hola y montara el exclusivón del siglo.

No seremos nosotros quienes defendamos al nobel, hace tiempo que nos quedamos con la obra y aparcamos al hombre, un ultraliberal convencido que pudo elegir entre el compromiso social con las clases humildes o el conservadurismo más trasnochado y escogió, tristemente, estar con los grandes de España, con las élites políticas, financieras y hasta amorosas. Pero en este trance de la separación no se puede decir más que, por mucho que le escueza a la reina de corazones, el narrador y cuentista tiene todo el derecho a hacerse un Shakira, a volcar su mundo interior de artista, su experiencia personal, en sus relatos y novelas. Hasta ahí podíamos llegar. Los escritores son así, matan con la bala de la palabra y con el arma de la pluma.

Hoy la prensa cuenta que Vargas Llosa hace la maleta y se marcha rumbo a Francia, donde va a ingresar en la Academia Francesa de la Lengua, otro hito de la literatura en castellano. Lo acompaña su exmujer, Patricia Llosa, y sus hijos que lo quieren de verdad, así que podría haber reconciliación a la vista. El genio vuelve a la literatura y a la familia tras su azaroso viaje al corazón de las tinieblas de la sórdida frivolidad. Dicen que todos estos años con la Preysler ha tomado notas para otra obra maestra, una especie de Madame Bovary posmoderna que no tardará en salir al mercado y que promete mucho escándalo y mucho morbo. No sé ustedes, pero yo no me la pierdo.

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