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Largas colas para comprar letras del Estado: un síntoma más de la decadencia moral de la banca privada

Las entidades financieras ganan más dinero que nunca pero los inversores huyen tratando de poner a buen recaudo sus ahorros

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análisis

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El curioso fenómeno de las largas colas de ciudadanos que, llevados por una especie de nueva fiebre del oro, esperan pacientemente a las puertas del Banco de España para comprar letras y bonos del Tesoro viene a demostrar, una vez más, el gran fracaso del capitalismo globalizante. Resulta que, mientras los poderes financieros nos machacan con sus principios conservadores, con el viejo dogma del laissez faire, laissez passer, y con esa idea sagrada de que a los mercados hay que dejarlos tranquilos, sin intervención de ningún tipo, para que se regulen por sí mismos (incluso en medio de una crisis galopante), hay miles de personas que ven al Estado como el organismo más fiable y corren a las ventanillas funcionariales para invertir y poner su dinero en lugar seguro. Sublime lección de realidad.

Hace unos días asistíamos con estupor al obsceno espectáculo de la presentación de los “beneficios caídos del cielo” de la banca. Hasta la entidad financiera más pequeña de este país se ha forrado, primero con la pandemia y después con la guerra de Ucrania. Ha sido la gran ceremonia de la codicia y del reparto de la tarta, pero por lo visto, paradójicamente, los españoles confían más en las letras y bonos del Tesoro de toda la vida que en los productos que nos ofrecen nuestros banqueros. ¿Por qué ocurre esto? En primer lugar, está claro que hay una grave crisis de imagen y credibilidad de nuestro sistema financiero. El ciudadano ha perdido la fe, ha visto demasiadas cosas injustas y sangrantes, y ya no cree en los buques insignia del gran capital. ¿Por qué será que los clientes huyen despavoridos de la banca privada, como de la peste, para meterse en las faldas de papá Estado? ¿Quizá porque en lo peor de la crisis tras la burbuja inmobiliaria de 2008 ellos se dedicaban a desahuciar ancianos y parados a los que no les llegaba el jornal para pagar el alquiler o la hipoteca? ¿Quizá porque aún no han devuelto los 52.000 millones de euros de dinero público, de nuestro dinero, que el Gobierno Rajoy les prestó y que no han reintegrado a las arcas públicas, consumando así la mayor estafa de la historia? ¿O será quizá porque ahora, cuando están ganando más dinero que nunca mientras las familias sufren los rigores de la inflación y la crisis energética originada por Putin, miran para otro lado y se niegan a arrimar el hombro y a pagar más impuestos? Qué va, hombre, para nada, habladurías de rojos comunistas…

Es evidente que el español ya no confía en sus bancos y cada vez que pisa uno es como aquel explorador de antaño que se adentraba en territorio salvaje con miedo a que los caníbales saltaran sobre él con el machete en la boca para comérselo vivo. Lamentablemente, esa es la sensación que tienen los usuarios de hoy de las entidades financieras. Gente desalmada que no ve personas, solo decimales con patas (ya pueden meterse por donde les quepa sus spots, anuncios y campañas publicitarias supuestamente humanistas que no se cree nadie); gente sin escrúpulos que cierra sucursales en la España Vaciada, dejando a miles de vecinos sin servicio y teniendo que desplazarse largos kilómetros para sacar un billete del cajero; gente que obliga a nuestros mayores a emplear esa odiosa banca on line que ni entienden ni les interesa (fantástico el movimiento “Soy mayor, no idiota” que cada día aglutina a más jubilados hartos del trato denigrante que reciben).

Les guste o no a los magnates de la banca, la relación de confianza empresa-cliente se ha roto definitivamente y ahora, cuando las hipotecas y el euríbor siguen por las nubes, cuando los intereses sangran nuestros bolsillos y las comisiones hasta por respirar nos asfixian, los españoles miran con nostalgia al monte de piedad del Estado convertido otra vez en banquero improvisado, como cuando la posguerra. Esas colas de paisanos de hasta cincuenta metros de largo frente al Banco de España, calle Alcalá, demuestran que, pese a los rigores de la crisis, aquí sigue habiendo mucho rentista con pasta preocupado por la situación económica, mucho rico silencioso que busca un techo para poner su pecunio a buen recaudo frente a los piratas de los que uno ya no se puede fiar. Cuando se trata de dinero todos somos de la misma religión, decía Voltaire. Y de la misma ideología, cabría añadir.

“Entre la gente que espera vemos a algún que otro bróker venido a menos”, dice un comentarista radiofónico que describe la escena no sin cierta sorna. Sin embargo, hay de todo, desde familias con ahorrillos hasta pensionistas que ya no saben qué hacer con el calcetín repleto. Esa gente que estos días hace frente al frío frente a la catedral del Estado que jamás se doblega (la otra cara de la moneda de las colas del hambre) busca algo más que letras del Tesoro, algo más que bonos del Estado, algo más que acciones y títulos financieros. Esa legión de inversores cotidianos y domésticos en pánico ante el futuro busca desesperadamente seguridad, confianza, fortaleza. Algo de honradez frente a las cláusulas abusivas, algo de decencia frente a las comisiones desorbitadas, algo de conciencia social frente al sablazo, aunque la ganancia sea menor. Todas esas cosas que, en fin y por desgracia, nuestro anémico sistema bancario, corroído de codicia y de tipos con mucho interés y demasiados pocos escrúpulos, ya no puede ofrecerles. Tanto criticar al Estado, tanto atacar al intervencionismo bolivariano y tanto despotricar del socialismo para, a la hora de la verdad, cuando el capitalismo salvaje falla estrepitosamente, salir corriendo como loco a pedir que un funcionario con placa en el pecho le rescate lo poco o mucho que le va quedando ya en la vida.   

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1 COMENTARIO

  1. Esto es muy largo. El escrito. Menos letras y más ideas. ¿No será que el ciudadano se está europeizando? ¿Se está haciendo mayor y reconociendo en que estado de cosas vivimos? El banco es un negocio, de especuladores, que no tiene en cuenta nada que no sea su economía y los emolumentos de sus directivos. Que por cierto cobran una burrada equivalente a centenares de jornales de sus subordinados. No son una ONG, como dicen. Para paliar esto cabe esperar la mayoría de edad del ciudadano. Sobre todo a la hora de votar.

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