Las mentiras de Bolsonaro derrumban su popularidad

22 de Marzo de 2019
Actualizado el 02 de julio de 2024
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Jair Bolsonaro es el nuevo ejemplo de cómo el populismo de extrema derecha es ineficaz para arreglar los problemas reales de los ciudadanos. Cuando se realiza una campaña electoral basada en el odio al diferente y se hacen promesas grandilocuentes sin realizar un análisis certero de las necesidades del pueblo, toda la parafernalia exhibida en campaña electoral queda diluida en las responsabilidades que los gobernantes tienen para los gobernados.Al igual que le ha ocurrido a tantos populistas ultra fascistas que han alcanzado el poder a través de las fake news, Jair Bolsonaro está recogiendo el fruto de sus mentiras. El impulsor de la campaña de Bolsonaro y de tantos otros personajes de extrema derecha, Steve Bannon, define al populismo como el modelo por el cual la política se centra en las personas para eludir el poder de las élites políticas tradicionales. Sin embargo, un pensamiento tan grandilocuente no tiene más fondo que el de los hechos y el mejor ejemplo de ello lo tenemos en Donald Trump, con quien el presidente brasileño se reunió el pasado martes. El actual inquilino de la Casa Blanca fue perdiendo popularidad a medida que iban pasando los meses en el Despacho Oval. Tal fue la pérdida que en las elecciones de mitad de mandato los republicanos perdieron el control del Congreso en favor de los demócratas.Esto es lo que le está ocurriendo a Jair Bolsonaro, el autodenominado «Trump de Latinoamérica». Según los últimos sondeos realizados en Brasil, su popularidad ha caído en apenas tres meses más de 15 puntos, al pasar del 49% al 34%. Esta es la consecuencia de los discursos grandilocuentes dirigidos a las clases medias y bajas, como aconseja Bannon, que no se están traduciendo en hechos.Si nos centramos en segmentos de población, las rentas medias que apoyaron a Bolsonaro en las elecciones han perdido ya la confianza, dado que han pasado del 53 al 35%. En el segmento de población que podríamos denominar como clases bajas, la desafección es aún mayor.Esto es importante, puesto que esos son los sectores poblacionales más importantes de Brasil, puesto que los verdaderamente ricos sólo suponen el 8% de los brasileños y fueron, precisamente, los que le ayudaron a alcanzar la Presidencia.Sin embargo, Bolsonaro ha pasado en estos meses de sus discursos grandilocuentes y llenos de mentiras, a centrarse en las necesidades de los que le apoyaron desde el primer momento. Por ejemplo, colocó como gobernador del Banco Central de Brasil a un directivo del Banco Santander.Las promesas de reflotar la economía o de terminar con la violencia, que fueron dos de los puntales sobre los que se asentó su discurso en campaña y que atrajeron a esos segmentos de la población, se han diluido. No hay planes reales para ello, sólo palabras que no evitan que siga habiendo asesinatos en la calle o que los valores económicos del país más grande de Sudamérica sigan siendo muy inestables.Otro aspecto que demuestra que lo prometido no es deuda en las campañas de los populistas ultras es que una de las primeras reformas que pretende imponer es la de las pensiones, un proyecto que está basado en las recomendaciones del FMI. Según publicó el propio Bolsonaro en un artículo en el periódico Valor Económico, el actual sistema de pensiones brasileño es el causante del desequilibrio fiscal que «le cuesta al país 800.000 millones de reales. Si se mantienen las leyes actuales [de pensiones], estarán en riesgo no sólo nuestras jubilaciones sino también las de nuestros hijos y nietos. Sin la reforma, la salud económica se encaminará rápidamente a la UCI de la crisis social».Este es Bolsonaro, un líder ultra fascista que no tiene más soluciones que las que le impongan desde las esferas supranacionales, mientras el pueblo de Brasil ve cada día que las promesas de campaña se incumplen. Ese es el populismo que se resume perfectamente en el refrán «prometer hasta meter, y una vez metido, se acabó lo prometido».
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