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Las Navidades se han convertido en un tormento

María José Sánchez Soria
María José Sánchez Soria
Mujer y socialista. Activista social y curtida por mil frentes en la vida. Optimista vital en cada lucha y animosa en la dificultad. Hija del 64 y heredera de todas cuantas me precedieron en la búsqueda de justicia.
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análisis

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La mayor parte de la población creen que las Navidades son ese tiempo de Paz, Felicidad y Amor, que nos contaban nuestros padres, a los de la generación de los 60. Pero la mayor parte de la gente, sobre todo las familias donde no hay niños pequeños, donde sólo hay sillas vacías, y mucho más desde la pandemia para acá, las vivimos intentando simplemente sobrevivir a ellas, sin darnos cuenta que algunos miembros de la familia, también tenían expectativas que nuevamente este año no se han cumplido.

Estás harto de tantas luces, tantos besos, tantos buenos deseos, que no existen el resto del año, es mero postureo. Ese resto del año en que los vecinos aprovechan para despellejarte, los “amigos” para pasar de tí, algunos para ponerte la zancadilla simplemente porque tienes la costumbre de llevar una sonrisa por bandera (aunque estés rota por dentro), pero claro, eso no lo saben ellos y les jode que te vaya bien la vida, que no estés amargada todo el día, que seas una “loca” a la que le resbala lo que piense el resto del mundo de ella.

Sólo te duele la ausencia de la gente que realmente te importa, tus padres que ya no están junto a ti, tus hijos, ahora cada uno va a lo suyo y no le dan importancia a las tradiciones, ni a los días en que las familias estaban juntas, y solo importaba eso, pasar esos días juntos, aunque discutiéramos, aunque durmieramos cuatro en una cama de matrimonio, aunque las casas no estuvieran acondicionadas para el frío de las Navidades. Nos juntábamos en casa de los abuelos, tíos, primos, hermanos, padres y eramos felices así, estando juntos, nos faltaban muchas cosas que hoy tenemos, pero teníamos cariño y amor por los nuestros, y no había nada mejor que aquellos días juntos.

Nada de lo que hoy tenemos, era importante, no teníamos teléfonos móviles, ni viajábamos como ahora, ni las casas tenían calefacción, ni teníamos el poder adquisitivo que tenemos ahora; pero lo pasábamos genial jugando a juegos de mesa, al veo veo, al escondite, contando historias de nuestros abuelos, o de nosotros cuando éramos más pequeños, junto a la chimenea en el pueblo, jugando con la nieve o haciendo planes juntos.

Hoy por no tener problemas uno planea y los demás se callan y tragan, no nos falta de nada, pero nos falta lo más importante, querer estar juntos. Las conversaciones entorno a la mesa, se han sustituido por cada uno con su móvil y en sus movidas, deseando que acabe la comida o la cena para ir a otro sitio, para huir de lo que realmente importa, por la inmediatez, en muchos casos por cosas que nada importan, y ya en los últimos días todos estamos cansados y hartos de que las ilusiones que habíamos puesto en las Navidades han quedado diluidas, por no discutir, por no enfadarnos, por no imponernos, y salimos con más frustración de la que teníamos al inicio de las mismas.

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