Ley del "solo sí es sí": una norma tan necesaria como mal redactada

17 de Noviembre de 2022
Actualizado el 02 de julio de 2024
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Irene Montero, impulsora de la ley "solo sí es sí".

Este país anda escaso de buenos profesionales. No hay más que contrastar con la realidad para comprobarlo. Uno acude a la óptica a comprarse unas gafas y le meten un culo de vaso más propio del siglo XIX que de la era espacial en la que supuestamente vivimos; o lleva el coche al taller y se lo devuelven completamente inservible; o avisa a un fontanero para desatascar una cañería y convierte la cocina en el Lago Victoria. Quiere uno decir con esto que en cuestión de oficio y profesionalidad también hemos ido para atrás. La posmodernidad nos ha traído inteligencia artificial, pantallas de plasma, redes sociales, puertas que se abren solas y patinetes voladores, pero el trabajo artesanal y bien hecho se ha perdido para siempre. Las cosas duran lo que duran, la obsolescencia programada (gran estafa de nuestro tiempo) marca la caducidad de todo lo que compramos y cada vez resulta más difícil encontrarse con alguien que sepa lo que se lleva entre manos. En todas las actividades comerciales abundan los vendehúmos, charlatanes de feria, retóricos, camanduleros, especuladores, sacacuartos, petardistas e impostores de todo tipo, mientras que la chapuza nacional se ha elevado a la categoría de práctica profesional.

Viene esto a cuento de la ley del “solo sí es sí” impulsada por la ministra deIgualdad, Irene Montero. Nunca una legislación fue más justa y necesaria, ya que en teoría iba a servir para acabar con la impunidad, para terminar con la infame diferencia entre abuso y agresión sexual (una rendija por la que se escabullían no pocos acosadores) y para ampliar la protección de la libertad sexual de la mujer no solo frente a las manadas de salvajes hormonados y el machismo imperante en la sociedad, sino frente al patriarcado judicial (jueces machistas los hay, y no pocos, por mucho que quiera negarse su existencia). Y pese a todo, lo que tenía que ser una legislación pionera, avanzada a su tiempo y llamada a influir en el Derecho Penal de otros países europeos, se ha terminado convirtiendo en un fiasco, un auténtico agujero negro por el que van a escaparse de la cárcel psicópatas sexuales de todo pelaje y condición. ¿Por qué? Simple y llanamente porque, al igual que ya no hay zapateros, panaderos o electricistas como los de antes, tampoco hay juristas de altura o de nivel.

La política se ha convertido en un refugio de activistas voluntariosos, funcionarios o teóricos universitarios (muchos de los que representan a la izquierda) y de gente sin oficio ni beneficio que no ha leído un libro en su vida y que, cuando la sacas del discurso patriotero y del España se rompe, se pierde (ese es el perfil que abunda en la derecha, sobre todo en la extrema derecha, y no hay más que ver a Núñez Feijóo, que confunde la prima de riesgo con el tipo de interés y se queda tan pancho). Los políticos deberían ser gente mucho más preparada y formada hoy que hace cuarenta años y, sin embargo, cada vez quedan menos mentes preclaras del mundo del Derecho, menos manitas y expertos en la fabricación de leyes, en definitiva, menos juristas de prestigio como aquellos padres de la patria que fueron capaces de elaborar una de las Constituciones más redondas del siglo XX. Imaginemos que estos que están ahora hubiesen sido los encargados de redactar nuestra Carta Magna en 1978. No nos atrevemos ni a imaginar el bodrio infumable que habría salido de allí.

La ley es el andamio de la democracia y sin una buena técnica legal, sin unos buenos maestros de obra, delineantes del texto y encofradores de códigos civiles y penales es imposible construir un Estado de derecho serio, funcional y eficiente. ¿A quién le encargó Montero la elaboración de la ley del “solo sí es sí”, a unos Pepe Gotera y Otilio del Derecho? Y no será porque prestigiosos expertos y juristas no avisaron a la señora ministra de que esto podía ocurrir, no será que no la advirtieron de que cuando los abogados presentaran un aluvión de escritos ante los jueces pidiéndoles que echaran mano de la calculadora y revisaran las penas más favorables para sus clientes, muchos condenados se verían beneficiados por la reducción de condenas. La imprevisión de la ministra llegó tan lejos que ni siquiera le metió a la ley una disposición transitoria para garantizar el cumplimiento efectivo de las penas. Un auténtico desastre legal y jurídico.

Hoy los gurús de la derechona mediática se parten de la risa con el ridículo de Montero y su equipo de leguleyos principiantes, PP y Vox piden cabezas y los agresores sexuales agraciados con esta pedrea feminista vuelven a las calles para seguir acechando a sus víctimas. El bochorno se acrecienta cuando escuchamos cómo la ministra y Victoria Rosell, delegada del Gobierno contra la Violencia de Género, se quitan responsabilidades de encima alegando que todo este desaguisado es culpa de una serie de jueces machistas que se niegan a aplicar el espíritu de la nueva ley. Puede ser que esos magistrados sean machirulos, no lo negamos, pero seguro que no son idiotas ni toman decisiones penitenciarias a sabiendas de que mañana pueden ser acusados de prevaricadores, terminar inhabilitados y en la cola del paro. Si un abogado les pide algo que es justo y conforme a la ley ellos no pueden hacer otra cosa que concederlo y firmar la papela con la reducción de pena. Es así de claro y así de sencillo. Es de esa manera como funcionan los juzgados y tribunales y decir lo contrario, inventarse conjuras de la caverna, solo llevará a aumentar la magnitud de la chapuza y la indignación del siempre corporativista estamento judicial español. Irene Montero va camino de lograr lo que ningún ministro había conseguido: unir a los jueces conservadores y progresistas en una causa común. Y en una de estas hasta se lleva por delante al Gobierno de coalición (la tensión entre ambos socios aumenta por momentos y ya han surgido voces del PSOE asumiendo errores y exigiendo responsabilidades). Lo mejor que puede hacer Montero es ponerse a revisar la ley del “solo sí es sí”, tapar las goteras cuanto antes y devolver la cosa al Parlamento para su debida corrección. Antes de que las manadas salgan de sus corrales carcelarios dispuestas a asaltar a las mujeres que, hoy por hoy, siguen a merced de las bestias.

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