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Lisboa, “donde acaba el mar y la tierra comienza”

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análisis

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Antigua, señorial y acogedora, Lisboa, una de las capitales literarias del mundo, nos reconcilia con la medida humana de las grandes ciudades. Paseada o al ritmo de sus tranvías, la presencia de Fernando Pessoa, cuya huella nos aguarda en cada esquina, evoca y explica el alma lisboeta en toda su complejidad.

“Para el viajero que llega del mar, Lisboa, desde la lejanía, surge como una límpida visión de un sueño, recortada con precisión contra un cielo azul resplandeciente que el sol anima con su destello dorado”, escribe Pessoa. Sin duda, este fue el motivo, tal como recoge la mitología, por el que Ulises, tras recorrer el mundo, recalara en la desembocadura del Tajo y fundara la ciudad. En ella permaneció por largo tiempo hasta que regresó junto a la diosa Calypso que le había prometido la eternidad si se quedaba junto a ella.

Lisboa, la de la luz infinita, acoge no sólo a Pessoa y sus innumerables heterónimos, también, entre muchos otros, a Eça de Queirós, José Cardoso Pires, Eduardo Lourenço o Antònio Lobo Antunes y, por supuesto, a José Saramago, Premio Nobel de Literatura y el más leído de los escritores portugueses. Asimismo, autores de más allá de sus fronteras han plasmado la singularidad de la capital portuguesa, desde José de Espronceda, Hans Christian Andersen, Antonio Muñoz Molina o Antonio Tabucchi, entre otros. Por su parte, Miguel de Unamuno, incansable viajero y gran conocedor de la literatura lusa, siempre reclamó un mejor entendimiento y comprensión mutua entre los dos países de la Península Ibérica. Dejó clara su pasión en innumerables escritos: “¡Portugal, mi Portugal, ese gran pequeño pueblo que tanto me dio que sentir, que pensar y que soñar y que me inspiró tantas impresiones! Y es que muchas cosas, y de las más íntimas, de mi España no cabe comprenderlas si no se conoce Portugal.”

Asomada al Tajo, mirando al inmenso Atlántico que se pierde en el horizonte, la capital con más librerías del mundo en competencia con Buenos Aires, invita al paseo, a saborearla despacio, casi al recogimiento. Sus calles soleadas, empedradas y silenciosas, salpicadas de “casas agradables, con paredes cubiertas de azulejos brillantes con dibujos azules sobre fondo blanco”, en palabras de H. C. Andersen, rezuman saudade poética y existencial.

Irresistiblemente bella, Lisboa, repleta de rincones donde sentarse a tomar un buen café y observar el transcurrir de la vida, parece haber sido creada para el nómada eterno, el que busca y nunca está satisfecho, el soñador taciturno, el pesimista de espíritu que, a pesar de todo, continúa en la búsqueda de su Ítaca particular.

La princesa del Tajo, la ciudad blanca llena de ilimitados matices, trae a la memoria, a través de la brisa atlántica, los ecos de aquellos viajeros que arribaban a sus orillas para perderse en el bullicioso laberinto de sus empinadas calles. Comercios tradicionales, viejos edificios, modestas casas de comidas y un escondido rincón donde conmoverse con la música de un fado, son la mejor manera de captar el espíritu melancólico atribuido al pueblo luso.

Lisboa rima con Pessoa

El nombre de ciertos autores ha quedado irremediablemente vinculado al de una ciudad: Londres y Woolf, París y Baudelaire o Cortázar, Joyce y Dublín, Buenos Aires y Borges, Delibes y Valladolid o Praga y Kafka son algunos de ellos. Con toda seguridad, Fernando Pessoa ha sido uno de los que mejor ha conseguido plasmar el alma de su Lisboa natal.

Sus primeros años de vida transcurren en el piso familiar de la plaza San Carlos, frente al Teatro Nacional. La muerte prematura de su padre y el subsiguiente matrimonio de su madre con el cónsul portugués, le llevará hasta la ciudad sudafricana de Durban. Toda su formación de juventud será en inglés, cuyo conocimiento le será muy útil en el futuro como medio de sustento.

A partir de los diecisiete años, cuando regresa de África, prácticamente no volvió a salir de Lisboa y jamás viajó al extranjero. Como refleja de manera magnífica Miguel Ángel Flores en la Presentación de Lisboa: “En la capital de Portugal estaba su centro: ahí tuvo su principio y ahí se consumó su fin. Como un flâneur, tan caro a los simbolistas, vagó por todos los rumbos de la ciudad, recorrió una y otra vez sus barrios: habitué de los cafés y solitario caminante de los muelles. El río, las calles, las casas, las ruinas, la multitud, motivaron su inspiración”.

Omnipresente, en cada esquina o en las callejuelas estrechas que fueron testigo de sus pasos, el poeta, como si destilara la quintaesencia de su ciudad, se va empapando de su ánima y a través de la palabra, precisa y certera, la regala al mundo. Kafka decía que era muy difícil escribir una palabra capaz de contener a quien la escribe. Pessoa lo consigue.

Sus heterónimos, una especie de seudónimos pero dotados de carácter propio y de una biografía completa, reflejan la identidad del propio Pessoa cuando en el Libro del desasosiego escribe: “Con una falta tal de gente con la que coexistir, como hay hoy, ¿qué puede un hombre de sensibilidad hacer sino inventar sus amigos o, cuando menos, sus compañeros de espíritu?”. Uno de los heterónimos más conocidos es el de Ricardo Reis, al que José Saramago dedicó una novela donde narraba su muerte, ya que es uno de los pocos a los que Pessoa no le puso fecha de fallecimiento.

La Lisboa literaria adquiere, en el siglo XXI, la fisionomía de un espacio sugerente y moderno que invita a dejar atrás la imagen tradicional de siglos anteriores y a perderse, cual viajero imprudente, en busca de sus secretos. Autores como José Cardoso Pires (Lisboa. Livro de bordo. Vozes, olhares, memorações), Antonio Muñoz Molina (El invierno en Lisboa, Tus pasos en la escalera), Cees Nooteboom (La historia siguiente), Antonio Tabucchi (Requiem, Sostiene Pereira), Lobo Antunes (Memória de elefante, En el culo del mundo) o el propio Saramago (História do cerco de Lisboa, El año de la muerte de Ricardo Reis, Memorial del convento) retuercen y exprimen la ciudad añadiéndole elementos novedosos o ampliando las posibilidades narrativas hasta los límites de la ensoñación. En la escritura de Lisboa prevalecen la emoción y las ideas, y el resultado de esa victoria sobre la racionalidad es una urbe recreada a partir de las inquietudes de cada artista.

Un premio Nobel portugués

Nacido en 1922 en una aldea de Ribatejo, José de Sousa Saramago recibió el premio Nobel de Literatura el año 1998. Este galardón le convirtió en el primer, y hasta la fecha el único, escritor en lengua portuguesa en obtener tan alto reconocimiento.

Su familia, de origen campesino, muy humilde —“mi abuelo Jerónimo, en sus últimas horas fue a despedirse de los árboles que había plantado, abrazándolos y llorando porque sabía que no volvería a verlos”—, se instala en Lisboa en 1925 donde el autor vivirá hasta 1991, año en que decide cambiar su residencia a la isla de Lanzarote.

El motivo de su traslado fue la polémica surgida tras la publicación de la novela El evangelio según Jesucristo, cuyas críticas, procedentes de algunos sectores religiosos, impulsaron al gobierno portugués a vetar su presentación al Premio Literario Europeo alegando que ofendía a los católicos. Siguió visitando la ciudad con frecuencia y fue uno de sus más fervientes embajadores. De hecho, la capital portuguesa se convierte en un personaje más en alguna de sus obras.

Traducida a más de treinta idiomas, Memorial del convento, una de las novelas más famosas de Saramago, puede servir como guía para recorrer Lisboa. Baltazar y Blimunda, sus protagonistas principales, se conocieron en el corazón del barrio de la Baixa, en la plaza Don Pedro IV (Rossio para los lisboetas), en la que durante siglos la Inquisición celebraba sus autos de fe. A orillas del Tajo, en la plaza del Comercio, donde desembarcaban marinos y comerciantes llegados de todo el mundo, vivía fray Bartolomé de Gusmão, otro personaje fundamental del libro.

“Yo no escribo para agradar ni tampoco para desagradar. Escribo para desasosegar.” Su compromiso político y social le llevó a afiliarse, en 1969, al por entonces clandestino Partico Comunista Portugués. En 2002, fue considerado persona non grata en Israel por comparar la política de este país con respecto al pueblo palestino con los campos de exterminio nazis. Todos sus libros fueron retirados de las librerías israelíes.

El 13 de julio de 2010, un mes después de su fallecimiento, la mayoría de los concejales, de centro-derecha, del ayuntamiento de Oporto, votaron en contra de la propuesta para poner el nombre del escritor a una calle de la ciudad.

En el primer aniversario de su muerte, su viuda, la escritora Pilar del Río, depositó las cenizas del autor en un olivo traído de su aldea natal y plantado enfrente de la Casa dos Bicos, un precioso edificio del siglo XVI que alberga desde entonces la Fundación José Saramago.

Sin duda, una de las definiciones más bellas de Lisboa la hizo el propio Saramago: “El lugar donde acaba el mar y la tierra comienza”, apelando al carácter marinero de una ciudad que siempre mira al mar y que todavía conserva, tamizada por la nostalgia, la grandeza del gran imperio que fue.

Breve bibliografía

Andersen, Hans Christian. Una visita a Portugal. Funambulista, Madrid, 2018.

Pessoa, Fernando. Sobre literatura y arte. Alianza Editorial, Madrid, 1985.

_. Libro del desasosiego. Acantilado, Barcelona, 2013.

_. Lisboa. Casimiro libros, Madrid, 2013.

Saramago, José. El año de la muerte de Ricardo Reis. Alfaguara, Madrid, 1998.

_ Memorial del convento. Alfaguara, Madrid, 1998.

_ Viaje a Portugal. Debolsillo, Barcelona, 2022.

Unamuno, Miguel de. Por tierras de Portugal y de España. Alianza Editorial, Madrid, 2014.

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