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Los informes económicos agoreros de la derecha ya no engañan a nadie

Todos los organismos conservadores han fallado en sus pronóstico de que la economía se hundiría si subían los salarios de los trabajadores

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análisis

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Lo ha sugerido Antonio Maestre tal que el otro día: los analistas de la derecha financiera española deberían irse todos a sus casas porque no aciertan ni una. Y añade el periodista: “Vamos a recordar que el Banco de España dijo que con el salario mínimo interprofesional (SMI) se destruirían 125.000 empleos”. Y no solo eso, habría que añadir a lo que dice el compañero periodista que supuestos prestigiosos organismos privados vinculados a la banca y a la patronal tomaron a los sindicatos por locos y manirrotos y advirtieron de que si se subían los sueldos más de lo debido el país se iría irremediablemente al garete. Hoy, ya sabemos que todo eso no era más que otra vulgar patraña.

El SMI es un claro ejemplo de que los economistas ultraliberales de la escuela de Casandra, esos agoreros que lanzan los presagios más funestos para proteger los beneficios del gran capital y los privilegios de clase, nos engañan vilmente. En el último lustro, el más generoso de la historia con los salarios, el SMI ha subido de 707 a 1.080 euros (un 47 por ciento más) y hasta donde sabemos el Estado de bienestar no se ha hundido todavía. Al contrario, se está creando empleo de forma razonable y el PIB creció un 5,5 por ciento el pasado año, un dato que superó las previsiones más optimistas del propio Ejecutivo de coalición. Guste o no a la CEOE, un trabajador bien remunerado es un empleado que rinde más y mejor y además tiene más dinero en el bolsillo para gastar, lo que reactiva el consumo y la producción. Con la medida ganan todos, no solo las familias que no llegan a final de mes por culpa de la crisis pertinaz, sino también los empresarios, que ven cómo sus obreros son más felices, se esmeran en el trabajo y mejoran la cantidad y la calidad productiva.

Son ya demasiados años de supuestos informes catastrofistas que solo tienen un objetivo: amedrentar y presionar al Gobierno para que no vaya demasiado lejos en sus reformas progresistas para mejorar la vida de la gente. Y no son pocos los ejércitos del apocalipsis. A los pitonisos derroristas del Banco de España se unen los de los bancos más prestigiosos, los de la Confederación Española de Organizaciones Empresariales, los de las agencias de rating y calificación (estos dan mucha risa, son un copia y pega año tras año), los de los fondos buitres, los de las fundaciones reaccionarias ultraconservadoras, los de Vox (el partido carece de economistas serios, pero le echa imaginación), los de los catedráticos de universidades privadas a sueldo de las televisiones y periódicos de la caverna, los de las grandes multinacionales extranjeras que ni siquiera saben dónde está España, los del gabinete de propaganda de Ayuso (que también tiene sus augures interesados), los de la Conferencia Episcopal (los obispos saben de todo, por eso a veces se meten a contables) y en ese plan. Todos ayudan a poner su granito de arena a la hora de lanzar los pronósticos más negros y desastrosos. Si el informe macroeconómico tiene o no una mínima calidad y rigurosidad científica da igual. Ellos lanzan el truño sin fundamento a la opinión pública y ya se encargarán las redes sociales de generar el pánico y el miedo al futuro de la población. Y así vamos, sufriendo dosieres, memorandos y boletines mensuales y anuales que parecen guiones de películas de terror con mucho zombi bolivariano y vampiro bolchevique asustando el personal.  

Las rotativas del infundio económico están a pleno rendimiento en los últimos días. Ayer tuvimos la desgracia de asistir a la intervención de un Feijóo más catastrofista que nunca durante su cara a cara con Pedro Sánchez en el Senado. Definitivamente, ese hombre ha terminado por creerse sus propias mentiras y hay que dejarlo en paz con sus cosas, sus ocurrencias y sus fake news. Ya no tiene remedio. El gallego es muy de sacar esos gráficos y supuestos informes sesudos que le cocinan sus terminales financieras y mediáticas. Pero ya no engaña a nadie. Un día está en contra de subir el salario mínimo interprofesional, otro dice que lo ve con buenos ojos. Un día es antifeminista, otro pide que se proteja a las mujeres. No hay por donde cogerlo. El líder gallego del PP es la viva personificación de la decadencia del ultraliberalismo, una corriente política que fracasó hace mucho tiempo y que, hoy por hoy, no puede dar respuesta a los problemas económicos de una humanidad necesitada de estados intervencionistas que corrijan los desmanes del dinero.

Todas las empresas del Íbex 35 están en beneficios récord (ganan 7 veces más hoy que antes de la crisis) mientras la patronal se niega a subir unas migajillas a sus trabajadores. No se puede ser más miserable e inmoral. Una empresa que no puede pagar 1.000 euros a sus empleados no es viable y tiene que cerrar, eso lo sabe cualquier alumno de primero de Empresariales. Pero al hombre de negocios de este país siempre le ha puesto cachondo el modelo del precariado, la economía sumergida y el curro de solo a sol por cuatro perras de mierda. También ese paradigma está cambiando. Así que se dejen ya de intentar asustar con sus cuentos de viejas. La opinión pública hace tiempo que dejó de ser aquella tropa aborregada de la Transición a la que se le convencía de la moderación salarial con un tocho de tapas duras con letras doradas rubricado por el banco de turno. El que más y el que menos tiene estudios, sabe cuáles son sus derechos y está informado de que en todos los países europeos, menos en este, suben los salarios hasta niveles dignos. Lo sentimos pero ya no cuela.  

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